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Antena 3: ˇNo hacer prisioneros! (I)

 

Pórtico Luna

La historia de la televisión privada en España es un campo de batalla sembrado de cadáveres.

Comprensiblemente, el franquismo, que tenía en un puño la mayor parte de la radio (pública y privada: Quienes hoy blasonan de demócratas de toda la vida en el medio no echaron sus carreras a perder en aquel entonces, precisamente.), y aún buena parte de la prensa (los periódicos del movimiento, de cuya extinción o privatización sacaron buena tajada los actuales grupos periodísticos más influyentes, otra vez.), no iba a dejar escapar un medio de control y manipulación tan eficaz, limpio y apetitoso como la televisión.

Se murió el tirano, su corte se retiró a pastos más verdes o se recicló a demócrata de toda la vida (que el azul destiñe una barbaridad), hubo elecciones y las ganaron la más formidable coalición de oportunistas, timadores, chantajistas, modernos, meapilas, liberales, intervencionistas, aprovechados, empollones, cuñados, tíos y sobrinos, primeros de la clase y tontos del bote... pero eso sí, todos muy bien vestidos y elegantes como solo los sinvergüenzas pueden serlo... y de presidente pusieron a un ex-director de Televisión Española.

Como es normal, la Televisión siguió en manos del gobierno.

Años después, aquella coalición imposible saltó en pedazos y el ex-director de Televisión Española montó un partido que cabía en un taxi y aún había sitio para un votante (podéis calcular el número de votos que obtuvo el CDS tomando como base el número de trayectos en Taxi que hicieron sus miembros. ¡De verdad! He hecho las cuentas.)

Como el partido en el gobierno se había volado la tapa de los sesos, el segundo partido más votado sólo tuvo que esperar a que limpiaran la sangre de la pared para ocupar el sillón.

En 1982, el Partido Socialista ganaba las elecciones por mayoría escandalosa (que es más que la absoluta porque te puedes mear en la oposición... o algo así.) y por supuesto, la tele ni tocarla, que ahora que mandamos los buenos ya no es necesario preocuparse por la pluralidad ni la libertad de expresión.

Eso sí, los periódicos del movimiento que se pudieron salvar del cierre quedaron en buenas manos ( y si no eran buenas, por lo menos eran amigas. Que la amistad es lo primero.)

En estas estabamos cuando un señor llamado Manuel Martín Ferrand, periodista, que había participado en la fundación de El Periódico de Catalunya para el Grupo Zeta, y de Antena 3 Radio, para el Grupo Godó (competidores encarnizados), se propuso poner en marcha la primera televisión privada de España amparándose en la Constitución, que recoge el derecho "A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción" y "A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión."

Como el gobierno no le reconocía ese derecho, el asunto terminó en los tribunales que determinaron que "el derecho de difundir las ideas y opiniones comprende, en principio, el derecho de crear los medios materiales a través de los cuales la difusión se hace posible".

Así que en 1988 el gobierno se vio obligado a promulgar una Ley de Televisión privada para regular su funcionamiento. La ley era bastante mala y apenas abrió un poco la mano: se autorizaron tres televisiones privadas. Dos para gente de confianza y la tercera para ese follonero de Martín Ferrand. Así nació Antena 3 de Televisión, que a finales de 1989 empezaba sus emisiones.