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Punto de partida

 

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Dicen que todo proceso de cambio produce un desasosiego y una angustia vital cuando menos incómoda para el individuo. Mucha gente, ante la novedad, se sume en las más profundas depresiones y temores, ánimos que mortifican a los que los padecen y alegran el día a psiquiatras, psicólogos y empresas farmacéuticas. Pero a mí, lejos de deprimirme, esto de cambiar de era me tiene como a un niño con zapatos nuevos. Ser testigo presencial de cómo termina una época y empieza otra me parece un privilegio, una propina generosa que, además, pone ante mí un caldo de cultivo perfecto para dar rienda suelta a mis pasiones más arriesgadas: curiosear, buscarle los tres pies al gato y, por si fuera poca perversión, contárselo a los demás. Reconozco que tal comportamiento puede resultar infantil, un tanto gamberro y, sobre todo, poco práctico para transitar entre los círculos sociales de moda, en los que parece ser necesario cierto tono apocalíptico y grave para codearse con lo más comprometido del momento, pero les aseguro que es mucho más divertido. Y lo que te ahorras en farmacias.

Así que con optimismo temperamental y escepticismo práctico pienso afrontar los dilemas y retos que la nueva Revolución Bio-tecnológica y su incipiente cultura digital nos deparen. En esta columna que estos lunáticos imprudentes han puesto en mis manos, les invito a que me acompañen a pasearnos por este vertiginoso presente sorteando y enfrentando miedos, angustias y desazones, poniendo en evidencia a agoreros, adivinos, cuentabotones y revolucionarios de opereta, haciendo caso omiso de especialistas, modas y discursos políticamente correctos, destripando y hurgando en las entrañas de lo que se nos ponga delante, mirando al futuro de frente con el descaro propio de nuestra especie. ¿O es que piensan que el humano neolítico prosperó desfalleciendo ante la visión de un arado?

Aquí os espero, valientes.