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Itinerario espiritual de un silogismo

 

Pórtico Luna

Quiero enmendarle la plana a un político de alto copete que en un arrebato de progresía acaba de alzar en el Parlamento una airada protesta contra la música militar. Este prócer del pacifismo se escandaliza del elevado contingente de Bandas Militares que hay que mantener a cargo del Erario público. Este derroche inútil le resulta todavía más sangrante cuando compara, indignadísimo, que los fondos destinados a mantener a tanta charanga marcial son, relativamente, mucho más generosos que los dedicados a la educación sanitaria de los jóvenes.

Es de una naturalidad indiscutible el que nuestros jóvenes deban crecer sanos y procurar que se mantengan sanos el mayor tiempo posible. "Un ciudadano enfermizo es una carga para las arcas del Estado", ha afirmado con rotundidad en su discurso. Aunque rápidamente se apresuró a matizar que el dinero queda en un segundo plano y que lo que verdaderamente importa es que el individuo disfrute de sus plenas facultades con buena salud, por que de ese modo el equilibrio económico vendrá por añadidura. En el criterio de este señor, un trabajador contento rinde mucho; y además está contento. Según su propio testimonio "una formación sanitaria precoz garantiza un futuro rico en contribuyentes satisfechos" y (esto lo añado yo) un contribuyente satisfecho no protesta. Liberado de la ingrata tarea de acallar quejas, el Estado puede ocuparse de asuntos mayores sin distraerse en justificar un aumento en las cotizaciones laborales, en idear trucos para frenar determinadas huelgas o en hacer malabares para desviar fondos de otras partidas con los que poder afrontar esos incómodos problemas de salud pública derivados de un irresponsable desconocimiento de la prevención sanitaria.

Antes de pasar a contestarle como se merece, me gustaría preguntarle en primer lugar cuál es la relación directa que él establece entre la salud de una persona y su responsabilidad social. Por que en su propia casa tiene el ejemplo de su padre, un hombre, que aún en el borde de la miseria física, se arrastraba cada trimestre hasta las dependencias de la Hacienda Pública para engrandecerla con su pequeña contribución. ¡Cuántas veces hemos tenido que oír en boca de este parlamentario el orgullo que siente su progenitor cada vez que paga sus impuestos!. Nos encontramos, pues, ante un contribuyente satisfecho que físicamente está hecho una pena. Y seguro que cualquiera puede citar varios casos cercanos de personas indiscutiblemente sanas que hacen lo imposible para evadir sus responsabilidades con el Fisco. Espero que este señor tan importante responda a mi pregunta en la próxima sesión del Congreso.

Pero aún puedo ir más lejos si fuerzo un poquito su argumentación. Por que su teoría parte de la presunción de que una sociedad de jóvenes saludables devendrá en una sociedad de maduros saludables. Es de suponer que se refiere a la salud mental, tanto como a la corporal, pues sería una imprudencia decir que está sano, un cuerpo que alberga una mente estropeada.

Bien, pues, yo le digo a este señor tan importante, que contrariamente a lo que él presupone, una sociedad en la que prevalezca la madurez mental es una sociedad poco propicia para la solidaridad fiscal. Si la gente cumple religiosamente con su deber es por que se lo imponen mediante una normativa fundamentada en la coerción. No me hable, pues, de madurez mental, ese señor. Nadie en su sano juicio acude a pagar sus impuestos con una sonrisa de oreja a oreja. Ni siquiera aquellas personas que deben su estabilidad mental a una concienzuda y pertinaz profilaxis de su somatismo, cultivada desde su más tierna adolescencia, experimentan ese "deber" de una forma positiva. No es propio de una mente sana, comprender que ha de deshacerse de buena parte de su peculio en bien de la Comunidad.

Diga lo que diga Kant, el sentimiento del deber no existe; salvo que uno tenga serios desarreglos cerebrales, y no es éste el caso. El deber es un concepto, y se inventó para movernos a hacer cosas cuando no había razones de peso que nos movieran a hacerlas por nosotros mismos.

Todos nos hemos preguntado alguna vez por qué tenemos que trabajar. Buscamos respuesta en nuestro fuero interno y no la hallamos. Preguntamos a quienes nos hacen trabajar, y es entonces, cuando la familia, los profesores o nuestro jefe de turno, tan faltos como nosotros de explicaciones convincentes, solventan la papeleta apelando al deber. Y para que este artificio tan útil no caiga en el olvido, siempre hay algún político dispuesto a recordárnoslo.

Pero mucho cuidado, señor político. Por que si, tal y como usted aboga, conformamos una sociedad de cerebros bien templados, estos acabarán percatándose del ardid.

Un cerebro bien templado es aquél que piensa con un mínimo de coherencia, y una reflexión coherente ha de conducirnos a la conclusión que, unas líneas atrás, yo mismo he plasmado; que el deber es un concepto; y que ese concepto ha sido inoculado en todo cerebro virgen, con nocturnidad y alevosía, agravantes a los que yo añadiría un tercero, aún más repulsivo, si cabe: la minoría de edad del desvirgado.

Cuidado, pues, le repito, con favorecer desde su poltrona una juventud escultural, ya que el sano uso de su raciocinio podría acarrear gravísimos problemas de orden público. Y le daré diez razones para facilitarle a usted la comprensión de mi teoría.

  1. Una mente sana no siente el deber por el deber.
  2. Y no puede sentirlo por que no sabe qué es el deber.
  3. Una mente a la que se le explica el concepto del deber, si es verdaderamente sana, está incapacitada para comprenderlo.
  4. Por tanto, una mente sana no paga impuestos por deber, sino por una imposición ajena a nuestra voluntad.
  5. Una mente sana no se pone contenta cuando salda sus deudas con el fisco.
  6. Una mente sana, en cambio, sí que está capacitada para hacer comprender esto a otras mentes sanas.
  7. Una mente sana es una mente predispuesta a no pagar, ya que no encontrará ni un solo motivo para hacerlo.
  8. Una mente sana dispone de recursos suficientes para evitar el mal trago trimestral (o anual) o cuando menos para reducirlo a su mínima expresión.
  9. Una mente sana no puede alienarse en ese elemento ajeno y perturbador, quedando, por tanto, completamente impermeable a sus perniciosos efectos morales.

10. En una mente sana, el incumplimiento del deber, no produce nunca remordimientos de conciencia.

Conclusión: Cuando a una mente sana le descuentan de su salario el porcentaje estipulado, jamás se le ocurre exhibir una sonrisa de oreja a oreja, ni experimentar el más mínimo acceso de orgullo, como parece ser que acontece con el papá de usted. Lo que siente una mente sana es mucha mala leche, y además no le da la gana de disimularla.

Espero, señor, que haya comprendido mi argumentación.

Pero, le seré sincero. Tengo para mí que usted es consciente de todo esto desde hace mucho tiempo, algo que seguramente le habrá facilitado su escalada en la política. Y me produce temor acertar; por eso he decidido escribir este artículo. Por que temo que usted, y otros como usted, estén criando una juventud sanísima por que saben mejor que yo que, en realidad, un cuerpo perfecto sólo puede admitir un cerebro-ladrillo, y que esa lucidez intelectual tan peligrosa para sus intereses depende proporcionalmente del grado de deficiencias físicas del sujeto. No, no es una estupidez lo que acabo de afirmar. Conservar el cuerpo en perfecto estado de salud requiere tanta dedicación, que al interesado no le queda apenas tiempo para engrasar la mente.

A mí no me engaña usted tan fácilmente. Recuerde que mi aspecto es el de una piltrafa andante, consumida por el abuso de estupefacientes, y que por tanto pienso con una agudeza difícil de quebrantar. Ustedes, a lo que verdaderamente aspiran es a forjar futuras generaciones de atletas, que devoren comidas insulsas, hiperequilibradas e hipervitaminadas, esas comidas que sólo fabrican tres o cuatro multinacionales en todo el mundo, por que así no hay nada que temer. El culto al músculo les mantendrá ciegos.

A ese nuevo hombre siempre pegado a un gimnasio, le dirán que debe pagar y pagará encantado. Y si tú intentas que vea la luz, te contestará con su cerebro mal entrenado, que, al fin y al cabo, cotizar a la Seguridad Social resulta más barato que seguir una de esas dietas.

En el fondo, y sibilinamente, lleva razón el politicastro. Si despreocupamos la salud de nuestros jóvenes, podría ocurrir que creciesen medio enfermos y medio feos, y que no les quedase más remedio que practicar mucha de esa gimnasia mental que tanto asusta a la clase dirigente. Se hace necesario educar a la juventud para que ésta sepa cuidarse. Pero si yo tuviera alguna responsabilidad en semejante tarea, me aseguraría de que esa educación no tuviera su desarrollo por la vía del estudio reflexivo, ya que en dicho caso correría con el riesgo de que, entre tanto, al chaval le fallara la voluntad y acabara claudicando. Sería mucho más efectivo provocar en su pequeño cerebro, aún tierno, un automatismo inconsciente que le arrastrara irremisiblemente a la praxis gimnástica y naturópata. De ese modo no cabría que el joven excitase su curiosidad, ni que le diera por hacerse preguntas inconvenientes. Con una juventud sana pero alobada, el Estado tendría mucho adelantado. Y, claro está, al menos para ustedes, que el Estado somos todos nosotros. Es cierto. El estado somos todos nosotros, pero en global. Por que nadie, desde Luis XIV, se ha sentido Estado, él sólo. (En España, país situado al norte de Gibraltar, se ha dado un ejemplo, menos contundente, pero mucho más cercano en el tiempo; el de un político de "talla" que se creía que la calle era suya, y sólo suya.)

Es coherente el señor político. Pide que se emplee dinero, para ahorrar dinero. Oculta sus auténticos motivos, pero da lo mismo; la cosa funciona igualmente. El dice que los jóvenes sanos serán ancianos que necesitarán muy pocas medicinas. Y yo digo que los jóvenes sanos, antes de alcanzar la sana vejez, serán adultos con graves perturbaciones mentales. Ahorrarán mucho dinero a ese fondo común del que "bebemos todos", eso sí; pero en el mejor de los casos será por que no tendrán valor para pedirlo, y en su mayoría, por que ni siquiera sabrán que pueden hacerlo.

En mi opinión, que dicho sea de paso, no tiene más valor que la de una ardilla, únicamente los chicos "problemáticos" tienen alguna oportunidad de convertirse en adultos interesantes. Pero dice el señor político que un joven descarriado está condenado, de viejo, a ser una máquina de gastar dinero. Estoy convencido de que a nuestro político le preocupan más los `adultos interesantes´ que los `viejos tragaperras´. En cualquier caso, el señor político sabe, tan bien como yo, que la mayoría de jóvenes rebeldes no llegarán a viejos, y que, una vez muertos, nos ahorrarán mucho más dinero que los viejos sanos; y que en cambio, aprovecharán al máximo su interesante madurez, para mantener a raya a la clase política.

Apreciado dirigente: en cuanto político-persona esta usted obligado a pensar en el bien común y a decirle a sus votantes que hay que controlar el gasto público… pero en cuanto político-político, lo que realmente le preocupa es conseguir una juventud con buenos musculitos y con el cerebro perfectamente adaptado para adquirir, sin rechistar, todos los automatismos que usted, y otros como usted, tengan a bien inocularles.

Atentamente:

Ion Tichy