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Los incomprendidos (I): El Rey y Yo

 

Pórtico Luna

Ahora se le empieza a reconocer el mérito. Manda cojones. En febrero del 2002, Stephen King anunció públicamente que lo dejaba, que se retiraba a su casa de Bangor, Maine, a ver las puestas de sol y a jugar al softball los sábados por la mañana, y de repente (como suele suceder en estos casos), han empezado a llover los parabienes hacia su persona, su obra, y su talento inagotable como escritor. Se le dedican documentales y artículos de prensa hagiográficos, se le cita como autor seminal para la narrativa moderna norteamericana, se le publica un libro en el que reflexiona sobre el oficio y la técnica del narrador de historias, se le hacen extensas entrevistas, en las que se tiene muy en cuenta su opinión cuando recomienda leer a autores tan dispares como Paul Bowles, Joseph Conrad, Graham Greene o J. K. Rowling, se le conceden premios honoríficos por su aportación al mundo de las letras... es decir, el pan y la sal que se le han venido negando durante 30 años de dedicación absoluta, enfermiza, y casi diría que esquizofrénica a la profesión de escritor.

Unos dicen que se jubila a causa de su ceguera progresiva (King, en un último giro macabro a su vida, que cada vez se parece más a la del protagonista de cualquiera de sus libros, sufre una enfermedad degenerativa en la vista para la cual no existe cura; puede quedarse completamente ciego de la noche a la mañana); otros piensan que en realidad es un truco, y que se está preparando para escribir por fin "una novela seria", con pseudónimo y fuera del género fantástico, para tomarse la revancha de todos los que le han puesto a parir. Sea como sea, el asunto es que, cuando finiquite los proyectos en los que está trabajando actualmente (las tres últimas entregas de su saga La Torre Oscura), el Stephen King que conocemos dejará de escribir. Probablemente, lo que más voy a echar de menos sean sus relatos ambientados en Castle Rock, ese pueblo ficticio (remedo del también fiticio Arkham de su adorado maestro H. P. Lovecraft), en el que King ha ambientado buena parte de sus historias de terror doméstico. En Castle Rock ha pasado de todo: ha sido acechada por psicópatas, espectros y monstruos preternaturales, y hasta el mismísimo demonio abrió allí un comercio de antiguedades y artículos de segunda mano (La Tienda).

Tras años de leer a King ávidamente, he llegado a la conclusión de que su obra se puede dividir sin dificultades en tres grandes categorías: un tercio de obras maestras, un tercio de "faenitas de aliño", efectivas pero sin excesivo brillo (casi todo lo que escribió bajo el pseudónimo de Richard Bachman), y un tercio de tostones, que sólo se comprenden como ejercicios puramente alimenticios. A primera vista puede parecer un mal porcentaje, pero viniendo de un escritor con más de cuarenta novelas a sus espaldas, nos sigue dejando una docena de libros imprescindibles; una credencial que queda bastante lejos de las que pueden presentar la mayoría de sus coetáneos del género.

Pues con todo y con eso, uno casi tiene que pedir disculpas por declarar que Stephen King es uno de sus escritores favoritos. King nunca ha contado con el beneplácito de la crítica ni de los lectores "adultos". Todo han sido varapalos (me recuerda, salvando las distancias, el caso de Hitchcock, cuya valía como cineasta no ha sido justamente ponderada hasta después de su muerte; el único reconocimiento que obtuvo en vida fue el ridículo título de "mago del suspense"). A King se le ha criticado por gratuitamente macabro, por escribir para el gran público en lugar de para los críticos (él mismo se hizo más daño que nadie a mediados de los ochenta al declarar alegremente "soy el equivalente literario de los MacDonalds", una frase que aprovisionó de munición a sus detractores durante las dos décadas siguientes), por adscribirse a un género literario menor, por declararse abiertamente politoxicómano ("jamás he probado una droga que no me gustase", le oí decir una vez; en sus tiempos de alcohólico furibundo, bebía incluso enjuagues bucales, si no tenía otra cosa a mano), y hasta por ser demasiado prolífico (un reproche sorprendente, que jamás he oído pronunciar, por ejemplo, sobre Johann Sebastian Bach o John Ford). No tengo noticia de ningún otro escritor que haya sido tan sistemáticamente vapuleado por quienes no le han leído nunca.

Y sin embargo, King ha sumado los suficientes méritos como para que se le guarde, al menos, el debido respeto. Utilizando el terror como vehículo, King ha terminado por ofrecer retratos demoledores de la sociedad que le ha tocado vivir. Como ya hicieran Balzac, Wilde o Dickens (y muchos otros), King se ha convertido en un cronista de su tiempo, tocando temas como la pérdida de la inocencia (uno de sus arquetipos típicos es el niño desencantado, que se ve obligado a madurar a marchas forzadas para sobrevivir a una situación de crisis), la desintegración de la familia (las familias de las novelas de King son siempre un fracaso en ciernes, un polvorín a punto de estallar), el miedo al fracaso (sus libros están llenos de escritores cuyo bloqueo mental, cuya obsesión por escribir "la gran novela americana", acaba por destruirles), o el pánico a la muerte, que nunca había sido tan acusado como en nuestros días (en realidad, es el pánico a cualquier tipo de cambio drástico, y a la pérdida de control sobre el propio destino que ello conlleva).

A menudo se ha dicho que uno de los principales hallazgos de King es explorar el terror que invade el espacio de lo cotidiano. Creo que es una apreciación inexacta. King ha explorado el terror DE lo cotidiano mismo. La vida real está llena de rincones oscuros mucho más escalofriantes que cualquier casa encantada: el apacible y bonachón San Bernardo de Cujo, que un buen día contrae la rabia y se convierte en una máquina asesina; el pasado alcohólico y violento de Jack Torrance, que propicia que los fantasmas del Hotel Overlook le dominen fácilmente en El Resplandor; el escritor de Misery, que tras un accidente de coche se convierte en víctima del comportamiento sádico de una fan despechada… En este contexto, el elemento sobrenatural (cuando aparece) acostumbra a servir como la espoleta que hace que los acontecimientos se precipiten, que las piezas del dominó empiecen a caer. Además, King siempre trata "lo fantástico" con un rigor y un nivel de realismo encomiables (incluso en sus manifestaciones más delirantes). Si los fenómenos paranormales y las criaturas fantásticas existiesen, probablemente serían como las describe King.

Lo cierto es que King ha dignificado el best-seller, ha dado oxígeno a un género literario moribundo (a principios de los setenta no quedaban apenas escritores de terror; hoy el género vive un periodo de bonanza que no se recordaba desde finales del siglo XIX), ha experimentado con los formatos editoriales, al volver a popularizar la novela por entregas (El Pasillo de la Muerte), o al ser el primer autor en estrenar una de sus obras en Internet (Montado en la Bala), ha sido imitado hasta la saciedad (cualquiera que haya leído a Clive Barker o Dean R. Koontz, por ejemplo, convendrá en sentarlos en el banquillo de los acusados), y sobre todo (y ¡ay!, me temo que ese es el mayor de sus pecados), King ha tenido un éxito desmesurado, monstruoso, avasallador y sin paliativos; un éxito que dura ya más de tres décadas, y que le situa entre los personajes más ricos del mundo (44 millones de dólares de ingresos anuales). La mayoría de escritores suelen cobrar en torno al 10% de royalties por las ventas de sus libros. Por su novela Un Saco de Huesos, publicada en 1997, King cobró el 75%. Eso significa algo, creo yo. Significa, por ejemplo, que en cuanto a aceptación popular, Stephen King es probablemente el autor más importante del último cuarto de siglo. Y eso, claro, a más de uno le escuece.

En fin, al infierno con todos vosotros. Soy plenamente consciente de que la batalla está perdida de antemano. Las probabilidades de que este artículo haga mella en la opinión generalizada de que King es un mero "entertainer", un autor de kiosco y de grandes almacenes, un fabricante de best-sellers adaptables a películas de éxito, son menos que cero. Así pues, he pensado que la mejor manera de terminar este panfleto es ceder la palabra al rey en persona, para que dé sus propias explicaciones, su versión de los hechos. En definitiva, al rey lo que es del rey. Lo que sigue es un fragmento extraído del prólogo de su libro Las Dos Después de Medianoche:

De vez en cuando alguien me pregunta: "Steve, ¿cuándo vas a cansarte de esas historias de horror y a escribir algo serio?
(…) El hecho es que casi todo lo que he escrito –y eso incluye muchas cosas humorísticas-, lo escribí con seriedad. Recuerdo muy pocas ocasiones en las que me haya sentado ante la máquina de escribir riéndome incontroladamente de alguna historia absurda que acabo de esbozar. Nunca seré Reynolds Price o Larry Woiwode, porque no soy como ellos, pero eso no significa que no me preocupe seriamente por lo que hago. (…)
Si su definición de algo serio es algo real (es decir, ¡ALGO QUE PUEDE SUCEDER REALMENTE!), no se encuentra usted en el lugar apropiado y debería salir del edificio, por supuesto. Pero, por favor, mientras sale, recuerde que no soy el único que tiene intereses en este lugar específico: Franz Kafka tuvo un despacho aquí, y también George Orwell, y Shirley Jackson, y Jorge Luis Borges, y Jonathan Swift, y Lewis Carrol. Una mirada al tablero del vestíbulo le demostrará que entre sus actuales inquilinos se cuentan Thomas Berger, Ray Bradbury, Jonathan Carroll, Thomas Pynchon, Kurt Vonnegut Jr., Peter Straub, Joyce Carol Oates, Isaac Bashevis Singer, Katherine Dunn y Mark Halpern.
Hago lo que hago por razones muy serias: amor, dinero y obsesión. El relato de lo irracional es el medio más sano de que dispongo para reflejar el mundo en el que vivo. Estos cuentos me han servido como instrumentos de metáfora y moralidad; siguen ofreciendo la mejor ventana que conozco para asomarnos a ella y contemplar cómo percibimos las cosas y cómo nos comportamos en base a nuestras percepciones. He explorado estas cuestiones lo mejor que he podido dentro de los límites de mi talento e inteligencia. No soy un ganador del Premio Nacional o del Pulitzer, pero soy serio, de eso no cabe duda. Aunque no crean ninguna otra cosa, no duden nunca de esto: cuando les cojo de la mano, amigos míos, y empiezo a hablar, creo cada una de las palabras que digo.


Stephen King, lecturas recomendadas:

Carrie: El peor defecto de King es que, en los últimos tiempos, se ha acostumbrado demasiado a escribir en quinientas páginas lo que podría contarse tranquilamente en trescientas. Carrie es todo lo contrario. En esta historia sobre una adolescente con capacidades telekinéticas maltratada por una madre histérica, no sobra una coma. La película de De Palma estaba bien, pero esta novela hiela la sangre. La primera obra de King y probablemente la mejor.

El Misterio de Salem’s Lot: La novela de vampiros más auténtica desde Drácula. Una demostración de cómo los mitos clásicos pueden ser renovados y puestos al día con criterio (Anne Rice no entendió nada). El capítulo en el que el niño vampirizado rasca con las uñas la ventana de su casa para que le dejen entrar, invita a seguir leyendo el resto del libro con las persianas bajadas.

El Resplandor: afeada por la película de Kubrick, que le saca varias cabezas de ventaja, ésta es sin embargo una muy estimable revisitación de las clásicas historias de casa encantada, aderezada con un tratamiento en profundidad de la psicología de los tres personajes protagonistas, que King no ha vuelto a igualar en ninguno de sus trabajos posteriores.

Misery: sin la necesidad de sembrar el relato con artificios sobrenaturales, de hecho despojándolo de cualquier adorno innecesario (un único espacio y dos personajes: la víctima y el verdugo), King logra uno de sus trabajos más escalofriantes (la escena del hacha y el soplete es de auténtica dentera), a la par que denuncia un fenómeno desconocido para nosotros, pero que en Estados Unidos ha alcanzado cotas preocupantes: el de los fans psicóticos (el propio King sufrió la intromisión en su casa de un fan loco que decía llevar una bomba; y son conocidos los casos similares sufridos por Spielberg, Joe Haldeman, Isaac Asimov o Harlan Ellison, a quien un aficionado llegó a dispararle durante una conferencia).

Cujo: Una novela menor, pero muy atractiva por dos motivos fundamentales. Primero, porque King la escribió completamente bajo el efecto de las drogas y eso se nota en el tono, sobre todo en los periodos alucinatorios que sufre Cujo (el San Bernardo que da título a la obra) a medida que la enfermedad de la rabia le va consumiendo. Y en segundo lugar, porque las cien últimas páginas son una lección de tensión narrativa "in crescendo", usando como únicos elementos a una madre y su hijo atrapados durante varios días dentro de un coche sin batería, en medio de un descampado a pleno sol, mientras Cujo los acecha para matarlos.

El Umbral de la Noche: Su mejor antología de cuentos cortos, una categoría en la que King es un maestro de la inventiva y la síntesis. Esta recopilación es un cajón de sastre donde cabe de todo: un epílogo de Salem’s Lot (Un Trago de Despedida), un par de homenajes a Lovecraft (Los Misterios del Gusano, Los Chicos del Maíz), y diversos zarpazos de horror psicológico marca de la casa, entre lo cotidiano y lo surrealista (Camiones, Basta S.A., Yo Soy la Puerta...). Ideal como primera toma de contacto con la obra de King.

 

Chema Pamundi y su Yeti