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El mundo está loco

 

Pórtico Luna

Dicen que el mundo se está volviendo cada vez más loco, y no voy a llevarles la contraria. Tal vez se trate de una catarsis colectiva para desatarse de los lazos que nos encadenan a las costumbres más bárbaras: como la pena de muerte, la violéncia doméstica, el armamento, la corrupción, las mafias y el analfabetismo. Una especie de último aletazo del monstruo submarino subconsciente. O tal vez no sea más que el final, el final de todo, un lento, angustioso, patético y salvaje final.

Por que, ¿qué significa que un futbolista que no sabe hablar gane al año lo que cualquier otra persona, quién sabe si más trabajadora, más creativa aunque menos fashion, gana en toda una vida? Y, ¿por qué la gente sigue comprando esa basura de música aullada por un gigoló de medio pelo en vez de conformarse con reirse de él a través de la inofensiva pantalla del televisor? Y ¿qué pensar cuando, después de quemar sujetadores y dejar de depilarse los sobacos, las mujeres siguen esperando a un principe azul, o a un princesa con camisa de cuadros, que las saque del tedio? O de los señores que aún le piden a mamá que les abroche los zapatos. O de una cueva sin lavabo que vale lo que un palacio rodeado de jardín. O de un pobre diablo que piensa que gobernar el mundo es apuntar con el dedo hacia unos enemigos. O de un centro comercial abarrotado de productos manufacturados en serie por pequeños deditos huesudos.

Definitivamente, será que el mundo se está volviendo loco y ahora resulta que todos los mesías no eran más que psicoanalistas que al final nunca bajaron de los cielos.

Yo creo que en realidad lo único que pretendemos dejando que ocurra todo esto es, por un lado, poder achacar las culpas siempre a otra cosa: la sociedad, la educación, los gobernantes, los empresarios, la plebe, la televisión. Así, a lo grande, disparando siempre al pájaro más voluminoso, al que nuestro tirachinas ni alcanza ni hiere. Porque al fin de al cabo el pajarito de al lado se parece demasiado a nosotros.

Y por otro lado, poder seguir manteniendo la oscura esperanza de que siempre habrá alguien que esté peor. Y entonces poder regodearnos en la fantástica miseria de una vida sin sentido que no llenó más que un nicho.

El consejito de belleza de hoy: apunte en su libretita la fórmula definitiva contra la locura planetaria:deje de quejarse y haga algo, lo que sea con tal de romper todas esas insignificantes barreras que juntas dibujan la frontera entre la libertad y el miedo a dejar de formar parte de una tendencia que si bien resulta más cómoda no hace más que acentuarle las arrugas de la frente.