corner
a
 



 

 

 

 
Buenos y malos

 

Pórtico Luna

Como en la novela de George Orwell, "1984", los enemigos tienen nombres, caras y nacionalidad y con el tiempo se hacen aliados, luego enemigos de nuevo. La fórmula es siempre la misma, la cuestión es alargarla en el tiempo.

Las personas que habitan una parte de la tierra odian, temen y son odiadas y temidas a su vez por las que habitan otra parte. Este debe de ser un absurdo muy conveniente, puesto que no solamente se mantiene y se alimenta, también se busca, se promociona, se controla y se utiliza.

Se señalan enemigos, se potencia la venganza y la destrucción, se lanzan acusaciones y amenazas. Y luego vienen el hambre, el dolor y la muerte. Después, la calma. Una supuesta calma durante la que la guerra continúa en la memoria y se canaliza a través del rechazo, los prejuicios y el odio. Siempre el odio.

Los terrícolas se odian los unos a los otros y mueren en guerras que sirven a un puñado de megalómanos para resituar su poder en el planeta, para sacar el polvo a unos aviones muy caros, para vender armas que se oxidan en los almacenes, para poseer en nombre de un dios, de una patria, de una verdad subjetiva.

En esta guerra, como en cualquier otra, la bondad y la maldad son asunto económico y el precio a pagar son las vidas de quienes tuvieron la mala pata de nacer en el lugar y el momento menos oportuno.

El Nobel de la Paz, lo quedaría yo en una vitrina cerrada con llave.

El consejito de belleza de hoy: Si no hace frío, pasee su cuerpo desnudo, señora, caballero, sin ropa, sin banderas ni amuletos. Luzca con orgullo el único uniforme que nos representa, el de ser humano.

 

Sandra Miralles