corner
a
 



 

 

 

 
La dictadura de los intermediarios

 

Pórtico Luna

La crítica de arte es importante cuando cumple una función de desarrollo. Es posible encontrar obras en las que los críticos hayan sido un elemento esencial que, mediante su participación, hayan empujado la obra hasta lograr que superase el nivel común y se convirtiese en una obra de referencia. En literatura, el ejemplo más famoso lo encontramos en "La Tierra Baldia", de T.S. Eliot, que sin la participación del crítico literario Ezra Pound no habría tenido el mismo calibre. Del mismo modo, críticos pictóricos han dado base teórica a los artistas plásticos más heterodoxos, dándoles una explicación formal de lo que buscaban instintivamente y allanándoles el camino de la caza a ciegas. Igualmente, Alan Moore, gran capo del comic cerebral de los ochenta, confesaba su lectura regular de la sesuda The Comics Journal. Así, en todas las disciplinas artísticas la aportación de los críticos es valorada, asimilada y potenciada, excepto en aquellas donde no ayudan para nada. Por ejemplo el cine.

Es bien sabido que no se puede dejar el cine en manos de los críticos. Y a pesar de la tremenda publicidad que se da a las películas, con sus entrevistas y sus making of, aún estoy por descubrir el primer director de cine que se lleva regularmente a un crítico al plató de rodaje -o mejor aún, a la sala de montaje- para mejorar la calidad cinematográfica de la cinta. Mientras en la literatura o en la pintura o el comic el crítico pregunta si es necesario ser tan naturalista, si no se puede ser más radical, si no podemos cambiar de cabeza en cabeza de los personajes a mitad de frase, trabajando con texturas ásperas con objetos insertados en los lienzos, o combinar ambas cosas -esa es la potencia del cómic-, en el cine se considera que las cosas raras son para salas pequeñitas llenas de universitarios con pelos teñidos y que las películas deben ser como La Diligencia y Cleopatra y esas superproducciones que se ven siendo jovencito en el cine de barrio donde Gary Cooper acababa besando a la chica recortado contra una puesta de sol en el gran Cañón del Colorado.

Desde mi perspectiva de "invierto dinerito en el billete y espero sacar algo a cambio", una de las películas más interesantes del final del milenio ha sido El Club de la Lucha, de David Fincher, basada en el libro homónimo de Chuck Palahnuik que quizá ha tenido menos repercusión porque -afrontémoslo- no aparecía Brad Pitt. La película ha sido bombardeada por la crítica porque defiende -dicen- las prácticas de los grupos neonazis. Claro. Igual que Delicatessen defiende el canibalismo o Garganta Profunda la ubicación del clítoris en la epiglotis.

El problema se encuentra en dos direcciones complementarias: la primera es que la crítica de cine es una crítica no para el cine sino para los espectadores, que es algo así como hacer críticas de juguetes para los niños -cosa innecesaria porque los niños ya saben lo que les gusta sin que se lo diga nadie: aplíquense el cuento-; la segunda consiste en que, basta leer la prensa, los críticos de cine ven demasiado cine, o, mejor dicho, no se molestan en consumir otras cosas. Es poco habitual que haya alusiones a otros medios -la fusilada que The Matrix cometió sobre el cómic The Invisibles es aterradora, por mentar una cinta que nadie pueda pasar por alto- y menos aún que se acuda a pensadores contemporáneos para interpretar lo que la obra dice en lugar de lo que muestra, probablemente porque los libros de filosofía no tienen actrices maquilladas y no se terminan a la hora y media de proyección, curiosa medida de potenciar la creación equivalente a obligar a todas las novelas a tener una longitud de cien páginas. Así, todos los referentes en las críticas de cine son películas y no salga de ahí. Como mucho algún libro, eso sí, best seller, no vaya a ser que empecemos a ver de donde salen las supuestas originalidades del cine de última generación, cuyos autores sí que se molestan en buscar por ahí para ver qué se cuece, y demos el crédito a quien en realidad lo merece. Por otro lado, todo esto no es nada nuevo. En el tardofranquismo, me contaba Luis Carandell, los contenidos incendiarios en revistas definidas como "para intelectuales" eran hasta cierto punto permitidos, pero cosas peligrosas que pudiera ver el público general eran atacadas por todas partes. Quiero decir que ahora que no hay dictadura de gobierno, hay dictadura de intermediarios, y los mecanismos son idénticos.

Así que, para ver si podemos aportar luz sobre lo que llevamos hablando en esta columna desde sus inicios, echaremos mano de eso que los críticos han tildado con preciosos "eso no se hace".

Pero con tanto hablar de la esclerosis de la crítica de masas en prensa, me he quedado sin espacio. En siete días.

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>