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Ahora entiendo a los intelectuales

 

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Siempre me han hecho gracia las declaraciones de los pensadores, escritores, pintores, poetas, que, llegados a una cierta edad, convertidos ya en venerables ancianitos o ancianitas, y con una encantadora sonrisa, declaran abiertamente que no sienten ninguna vergüenza al apartarse de la Humanidad, al considerarse como entes aparte que no desean mezclarse con la sordidez de sus semejantes.

Pensé todo este tiempo, que se trataba de una pose simpática, como fumar en pipa o salir en las fotos de los libros con la cabeza apoyada en la manita. Ahora empiezo a ver que no, que no es ninguna característica adoptable, como la estupidez supina de los comentaristas de la tele o la actitud altiva de las estrellas de cine; es una conclusión, un descubrimiento, un “no-quedan-más-cojones-que”, la única salida, la mejor de las soluciones, el remedio a la soledad. Porque, ya lo dice el refrán, es mejor estar solo que mal acompañado.

Y lo he llegado a comprender, no porque yo sea una intelectual, pobre de mí, sino porque he cometido el gran error de ser una persona sociable, comunicativa e interesada en lo ajeno. ¿Habrá sido alguno de esos viejos intelectuales una joven cómo yo, dispuesta a bucear en lo profundo de los sentimientos y de la mente humana a base de práctica? ¿O, por el contrario, se dieron cuenta a muy corta edad, demostrando con ello la superioridad de sus cerebros, de que para encontrar miseria y mezquindad no hacía falta irse tan lejos? Puesto que una puede poner solución a las suyas propias, pero jamás a las de los demás.

Como resultado de este nuevo hallazgo, estoy muy triste. Mi naturaleza, inclinada al optimismo, se siente turbada al comprobar cuánta ñoñería y vacuidad, sandez y tontería, abunda en nuestra especie. Y no precisamente debido a la falta de educación o valores morales, sino a la propia incapacidad, a la estrechez de miras, a la imbecilidad, para ser más exactos. ¿Dónde queda, pues, la esperanza?

¡Ay de mí, que nunca podré mezclarme entre los grandes ni codearme con ellos como iguales, que nunca podré adaptarme a las memeces de la vulgaridad, qué tendré que vagar el resto de mis días en esta mediocridad pasmosa, en este desasosiego, en este punto intermedio entre lo brillante y lo asquerosamente opaco!

Ahora entiendo a los verdaderos intelectuales, a los verdaderos genios, que se quedan a un lado mirando porque se bastan, con sus libros y sus pensamientos, a sí mismos. Pero –suspiro–, ¡qué pena la mía!, que ya sabiendo todo esto seguiré insistiendo, confiando, buscando la inocencia y la alegría, la humildad, el contacto…¿quién sabe?, para siempre o tal vez hasta que sea una venerable, aunque refunfuñona, ancianita.

El consejo de belleza de hoy: No le teman, señoras y señores, a la soledad si ésta viene de la mano de la mejor de las compañías: la libertad. Que el imbécil no se conforma con serlo, sino que además pretenderá tratarlo a usted como tal, arrastrarla a usted hacia el abismo de la incongruencia y encima será ingrato a lo que usted pueda aportarle. Sólo así, luchando por la integridad propia y el derecho a superarse y a vivir la vida como elijan, les garantizo que los surcos de la edad podrán arrugar sus caras pero jamás su intelecto. Que yo me aplique mis propios consejitos, será otro cantar.