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La inmortalidad relativa

 

ENAMORADO DE MI MODEM JUVENIL

La obsesión del pensamiento apocalíptico es el punto de no retorno, el punto de fuga, el horizonte más allá del cual no existe nada. Los pensadores de hoy en día acogen entusiasmados cada carga de profundidad colocada sobre cualquier disciplina humana conocida, celebrando esos puntos críticos en los que las actividades han entrado en contradicción con las características que lo definen; cuando un acontecimiento así se produce las disciplinas se ven obligadas a renunciar a sí mismas y ser diagnosticadas como muertas. O obligadas a cambiar su definición, que es matar el modelo y construir uno nuevo. La cuestión es poder darlo por terminado, levantar acta de su extinción.

En un acto de sadismo un servidor de ustedes incluyó con mala fe hace unas semanas la frase "los diálogos han alcanzado el horizonte en sus temáticas, han llegado al fatídico punto de no retorno", a pesar de que este texto, que ya estaba abocetado, iba a entrar en conflicto. Si lo hice es para hacerles ver lo ilustrativa que es la metáfora, o mejor dicho, lo cercanos e incluso felices que nos encontramos al descubrir los puntos límite. Se citarán los puntos de no retorno muchas veces a lo largo de estos textos porque el objetivo de las metáforas es ilustrar y definir un marco. Lo importante es que a ninguno de ustedes les pareció una idea descabellada.

Esperen unas líneas y no se sorprenderán tanto.

Si se dan cuenta, la muerte de lo que nos rodea encaja con el muy humano deseo de inmortalidad. Durante siglos la inmortalidad se conseguía o bien mediante obra -con la célebre creación una y trina de árbol, hijo y libro-o bien mediante no morir, una disciplina en la que, hasta que se demuestre lo contrario, los humanos hemos fracasado miserablemente. No por ello hemos dejado de fantasear sobre el tema y hemos llegado a una cuantas figuras con las que, por diversión o precaución, nos hemos acabado familiarizando: zombies, criogenización, el elixir de la eterna juventud, el traslado de la mente a cuerpos ajenos, los rayos del doctor Frankenstein...

Seguro que todas les suenan.

La cuestión es que, si se fijan, la inmortalidad a través del arbol-hijo-libro depende de los demás, mientras que la inmortalidad-ficción depende de uno mismo; soy yo el que bebo el elixir, soy yo el que me meto cual espinaca envasada en la cámara frigorífica. En general, el árbol es cortado, el hijo nos ignora (bastante problema tiene con ser inmortal él), el libro es masacrado por la falta de ventas, y la ley de vida junto a la falta de espacio tira las libretas y las fotos al contenedor. La única forma de inmortalidad es aquella que dependa sólo de uno mismo, pero hasta el momento eso es imposible... ...o tal vez no.

La inmortalidad es un sentimiento puramente egoísta, una respuesta desesperada del yo ante lo inevitable. No queremos que sea inmortal todo el mundo, no si eso incluye a la vecina gritona con voz de pito. El yo se hace plural en los casados y en los enamorados, pero sigue siendo, aunque dual, un yo: sólo no moriremos nosotros dos. No nosotros dos y todos los que acudieron a la última fiesta de cumpleaños. La inmortalidad egoísta no es seguir vivo para que nos sigan llamando por teléfono, sino no morirse para ver la próxima serie de televisión, hojear la próxima novela, degustar el próximo cómic... para no perderse nada. La base de la inmortalidad es que no queremos faltar cuando lo siguiente suceda. No puedo permitir que la película de la vida siga sin mi.

Y para no perdernos nada lo que estamos haciendo es acabar con lo que nos rodea. Matamos el arte para saber que ya hemos visto todas las obras magnas; matamos las conversaciones para saber que no echaremos ninguna a faltar; matamos los simbolismos para no tener que afrontarlos y asimilarlos... A base de matar las disciplinas estamos acabando la película de la vida; aparecimos en el mundo a mitad de película pero la vamos a ver terminar aunque -qué fatalidad para nuestro orgullo- ninguna hecatombe destruya el universo. Cuando anunciamos la decadencia de tal o cual elemento cometemos la extrema sutileza de conseguir que todo muera cuando morimos nosotros, manteniéndonos a la última hasta nuestro último suspiro.

Esta es la inmortalidad que sostiene de forma subyaciente el pensamiento contemporáneo. Una inmortalidad con todas las cualidades para ser perfecta ya que depende de uno mismo hacerla perfecta. Soy yo el que mato las actividades conocidas hasta el momento y me despreocupo de las que nazcan de sus cenizas; termino mi película e inauguro la siguiente, que, horror para mis sucesores, no me tiene a mi como actor principal. Con un solo pensamiento, logro acabar con todo.

Para ser inmortal, realizo el crimen perfecto.

 

La frase "los diálogos han alcanzado el horizonte en sus temáticas, han llegado al fatídico punto de no retorno" aparece en el Enamorado de mi modem juvenil número 9, titulado ‘La opinión inofensiva’.