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Sexualmente justificado

 

Pórtico Luna

Puestos a resumir la naturaleza humana en tres palabras me viene a la mente Manuel Vicent, que decía que todo lo hacemos con el fin de poder practicar el sexo. Esta es una frase que todos entendemos, y por tanto esconde dentro de sí una realidad compartida. La frase "todo lo hacemos para instalar letras de plástico en un teclado" nos suena mucho más extraña. Mencionar el sexo es una forma relativamente sencilla para engatusar los argumentos más peregrinos. Las industrias cosméticas y las de cirugía estética se basan en esa premisa, pero si preguntas al gremio femenino jamás escucharás que se arreglen y se maquillen para acabar acompañadas en el dormitorio. El sexo es un tabú y en consecuencia un justificante. Igual que dios, amor y otras cuantas palabras de uso común, no tenemos ninguna definición estricta sobre ellas, y les podemos echar la culpa de lo que queramos.

Como ejemplo práctico, intenten rebatir este silogismo:"la culpa de todo la tienen las mujeres. Si para ligar tuviéramos que aprender húngaro y vestirnos de lagarteranos, lo haríamos. Si las mujeres decidieran que los soldados son repulsivos, con lo que estos no tendrían posibilidad de cariño más allá de los compañeros de ducha y los animales de compañía, no habría nadie dispuesto a acudir al ejército. Si los chulos de instituto fueran menos valorados que los gafotas amantes de la matemática, en las aulas se estudiaría mucho más. Si en lugar de embobarse con actores de cine y cantantes y deportistas se inclinasen por los filósofos y los químicos teóricos tendríamos una televisión sin entrevistas con videntes. Si quisieran, a base de tratamiento lisístrata, el mundo sería un lugar con mejores vibraciones." Estamos de acuerdo, este razonamiento es falso. Pero ¿lo es en su premisa, en su desarrollo o en su desenlace? Suponiendo un acuerdo general —algo que hemos logrado para cosas como, por ejemplo, no arrojar los excrementos por la ventana—, ¿cuál es el error del crucigrama?

El problema planteado asienta buena parte de su armazón alrededor de lo guay, que es ese concepto extraño que nos arrastra aunque no queramos —no tenemos en identificar las décadas de las fotos mirando los peinados y los jerseys— y que nadie nos quiere definir de dónde viene. Lo guay es, según la perspectiva, el horizonte o el vórtice: es la lejana referencia a alcanzar o la fuerza gravitatoria que no se puede evitar. La metáfora me viene que ni pintada, porque el objetivo de esta serie de modems no es identificar qué es lo guay sino qué lo provoca, del mismo modo que sabemos que la gravedad que nos pega al suelo la provoca la masa pero no tenemos ni idea de en qué consiste ese mecanismo de atracción. Estamos buscando causas a partir de ejemplos empíricos. Así que mírense y volvamos al laboratorio.

Hay una parte de nosotros que necesita lo guay. Quizá la ecuación completa se resume en que necesitamos ser aceptados por los demás y los demás nos aceptan según los parámetros de lo guay. Lo digo porque al hablar de lo guay la palabra operativa es "los demás", y lo divertido es que todos estamos familiarizados con las reglas. Comparen el ganar el Nobel de física con obtener un Oscar al mejor actor principal: sopesen qué tiene en su consideración personal más importancia y cuál es más valorado por "los demás". O mejor todavía, echen mano al bolsillo y publiquen dos revistas, una que tenga en portada al premio Nobel y otra que tenga en portada al actor y observen cuál de las dos vende más, en cuál "los demás" están más dispuestos a invertir su dinero. En suma, sopesen quién de los dos tiene más cosas que decir y a quién le ponemos el micrófono más a menudo.

El factor "los otros" desemboca inmediatamente en la valoración social. Así que vamos a ir mirando los ingredientes que mejoran nuestra valoración social y graduar su importancia a presión atmosférica. Y empezaremos con el sexo. Para ello vamos a acudir a la sala número uno, más conocida como —sorpresa— el bar de la esquina.

Deténganme si se lo saben: un hombre corriente y una mujer muy deseable por el grueso de la población (póngase Marilyn Monroe o la supermodelo de turno) naufragan en una isla desierta. La lucha por la supervivencia, día tras día, lleva de una cosa a la otra y acaban relacionándose sexualmente. El hombre está encantado hasta que unos meses más tarde cae en una profunda tristeza. La mujer le pregunta si puede hacer algo para ayudarle, y el le pide que se vista de hombre. Ella se viste de hombre y se sienta junto a él. Poco a poco, él esboza una sonrisa, la mira de reojo y empieza a decir: "no me vas a creer, macho, pero a que no sabes a quién he estado follándome los últimos tres meses..."

El chiste puede hacerles más o menos gracia, pero todos lo han entendido Y el hecho de que se repita de tertulia en tertulia —"es potestad del bufón decir verdades que los demás callan", decía el bardo— significa que toca una parte de nosotros que es común, que todos entendemos. El mensaje que lleva el chiste en su interior es de considerable magnitud: cuando el hombre por fin puede contar la aventura, modifica su posición en la escala de lo guay. Acostarse con la supermodelo es guay, pero contándolo el que logra ser guay es el narrador. El hombre pasa de tener algo guay a ser guay: ese es el salto cualitativo. Hay niveles de lo guay por encima del sexo. Así que nuestro ingrediente crítico debe encontrarse en otra muestra.

Eso sí, no vayan diciendo que hay cosas por ahí que son más influyentes que el sexo, porque van ustedes a dejar de ser guays (el sexo como gran justificante; una cortina de humo que, a su vez, disimulamos con la confusión). O si lo hacen, no mencionen mi nombre.

Bastante difícil lo tengo sin saber húngaro.