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Sobre aplicar la teoría hasta olvidarla

 

Pórtico Luna

Cuando en la columna anterior decíamos que la civilización es la democratización de los asociables, puede que algún lector viera en ella una reivindicación o una justificación para el enchufismo y el nepotismo, que manda narices como bandera a reivindicar. Esto es por la costumbre que hemos desarrollado al comparar -en casi cualquier ejemplo de la historia de la humanidad- el original con su base teórica, momento en el que nos damos cuenta de que, como dice la sabiduría popular, nos hemos pasado tres pueblos.

La teoría frente a la práctica lleva a procesos curiosos. Por ejemplo, en el reino animal, como durante miles de años en el hombre, rige la ley del más fuerte; visto de este modo, las armas son una forma de democratizar esa ley, y si antes se necesitaba una buena musculatura para manejar la espada (ríanse cuando en películas con caballeros vean que sujetan la tizona entre los dientes para trepar acantilados), la smith and wesson automática hace que el mas triste de los pusilánimes pueda colocarse bien arriba en la pirámide alimentaria. Esta teórica democratización se ve llevada a la práctica en Estados Unidos, un lugar donde los colegios tienen detectores de armas en la puerta. El humorista Bill Hicks, en su vídeo Relentless, enfrentaba las cifras de muertes por arma de fuego entre Estados Unidos e Inglaterra, país donde ni siquiera los policías de calle llevan armas. Mientras en un año en Inglaterra habían muerto catorce personas por disparo, en Estados Unidos ese mismo año se contaron veintitrés mil muertes. "No hay ninguna conexión entre tener una pistola y disparar a alguien, y no tener una pistola y no disparar a nadie", señala Hicks, "serías un tonto y un comunista si la hicieras".

Si saco el tema de las armas, un filón para extraer buenos consejos realizando el negativo, lo hago porque es un excelente ejemplo de un proceso habitual en el que, partiendo de una idea que está bastante bien, se construye una regla de convivencia que se va extendiendo hasta que se toma su propia directriz como un dogma inmutable que aplican con un exceso de celo ("las armas son un derecho para los americanos; ¿y si nos atacan en nuestras casas?") hasta olvidar que la norma base no es una verdad absoluta que se aplica a todo el mundo (se me ocurre como ejemplo la ley de la gravedad, si bien no es aplicable a todo el universo, cosas del misterio infinito que nos rodea), y que no necesita modificaciones periódicas conforme las cosas vayan cambiando.

Por alguna extraña razón -qué puñetas extraña, la codicia, y luego los otros seis, que son conseguibles con el éxito del primero- las aplicaciones de las ideas llevadas a gran término –estamos hablando de la civilización, poca broma- acaban con excesiva frecuencia en la ejecución loca, bruta y estrecha de mentes consistente en el viejo, axioma "no cambies nada que siempre hemos ido bien así", o mejor aún, "a mi me han dicho que". Supongo que les suena.

Como contraejemplo de aplicación que no ha pecado en exceso de celo podemos citar al sistema jurídico, o mejor dicho, a las leyes. Igual que antes mencionábamos la posición en la escala por la cultura muscular, durante mucho tiempo lo que se estiló fue la graduación utilizando la estirpe sanguínea: el hijo del rey era el rey, el hijo del campesino era campesino, y cualquier modificación requería el uso del artículo uno, o sea, la musculatura -con las prolongaciones metálicas pertinentes-.

La regla básica del comportamiento en la época era esencialmente aquella que en ese momento se inventase el jefe, entendiéndose como jefe cualquiera a partir de nuestro inmediato superior. Los que estaban abajo, ya un poco cansados de tanto cambio y de aquello de "y mi palabra es la ley", deciden cortar unas cuantas cabezas para aplanar la pirámide al ras. Cuando las cosas fluyeron y algunos de los de abajo empezaron a subir sintieron de sopetón un intenso apego a sus pescuezos. De ahí que retomaran la vieja idea de las leyes, para el pueblo, pero -eso sí- sin el pueblo.

Así que, bajo esta luz, las leyes son, reconozcámoslo, una buena idea. Están pensadas para procurar que las personas discriminadas disfruten de una serie de derechos, que por muy mal que le siente a los poderosos del lugar, se defienden con el simple acto de señalar una línea de texto. Por otra parte, estamos muy acostumbrados a que los poderosos cambien las leyes o, si son sutiles, hagan lo justo para engrandecer la sabia máxima de "hecha la ley, hecha la trampa". Pero aún con todo nos las hemos arreglado para tener un buen número de derechos inalienables. Como tiempo habrá para comentar dónde se ha quedado tan buena idea, nos quedaremos con que el concepto de arranque no está nada mal y que la aplicación es, dentro de lo que cabe, incluso decente.

Pero obviando excepciones como la comentada, en el caso general, seamos sinceros, nos vamos de madre a la hora de aplicar las reglas hasta olvidar la función para la que fueron creadas y al final terminamos edificando moles considerables sobre un acto de fe que, bien mirado, lleva bastante tiempo carcomido y necesita un buen barniz y un par de cambios de consideración.

Y de hecho, cada vez que alguien señala con el dedo las cosas que fallan, uno no se preocupa en exceso porque suele ser un tío gafas pesado que escribe libros para tíos gafas pesados. Afortunadamente, no todas las denuncias necesitan ser así y de vez en cuando son entretenidas, espectaculares, brillantes, y a esas hay que aplicarles el hacha; y si logran torear la censura, hay que soltar a los intermediarios.

Ah, los críticos. En quince días.

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>