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Reflexionando enn tres partes (bajo los efectos del Tonopan)

 

Pórtico Luna

Primera Parte. Ese Pobre Vaquero Solitario...

Los dibujantes de cómic no se tendrían que morir nunca. Habría que clonarlos o algo. No sé porqué me sienta tan mal que se muera un dibujante de cómic, pero es un hecho. Cuando se me muere un director de cine o un escritor favorito también me toca las narices, claro, pero los dibujantes de cómic me dejan hecho mierda. Es como si se me muriera un conocido. Lloré como un capullo cuando me enteré de la desaparición de Schulz (ya saben, Charlie Brown, Snoopy y compañía), y el día que murió Franquín (Spirou, Gastón el Gafe...) me quedé toda la tarde tirado en la cama mirando al techo. Y ahora se ha muerto Morris. Y vuelvo a estar jodido. Me enteré mientras cenaba en casa de unos amigos, y no dije nada por no dar la nota y porque luego había que ir al cine, pero lo cierto es que se me hizo una pelota en el estómago que no me dejó digerir los espaguettis, y que me pasé buena parte de la película acordándome de Lucky Luke, de Rantanplán y de los hermanos Dalton.

Porque, en efecto, Morris era el creador de Lucky Luke. Junto a otro monstruo que también decidió abandonar nuestra dimensión hace unos años, el guionista René Goscinny, genio absoluto del humor, y estandarte de una de las mejores generaciones de cómic europeo de las que se tiene noticia. Una generación, además, que como apuntó un amigo mío hablando del tema, no tiene relevo a la vista. La salud del cómic humorístico franco-belga sigue siendo buena, gracias sobre todo a tándems como Tome y Janri (El pequeño Spirou), o a guionistas como Cauvin (un montón de colecciones; la más famosa quizás sea Pierre Tombal), pero les falta ese toque de genialidad de los álbumes de Astèrix, Iznogud, Gastón el Gafe, Spirou o, claro, Lucky Luke. Si tienen tiempo de rendirle un homenaje a Morris, háganme el favor de leerse El Pie Tierno, El Hilo que Canta, la Diligencia, o cualquier otra de sus obras maestras.

Pero volviendo al tema ¿Por qué me fastidia tanto que se mueran los dibujantes de cómic? Quizás es porque no suelen retirarse; se mueren trabajando. Y por lo tanto dejan tras de sí una pila de páginas en blanco, un montón de historietas que nos vamos a perder. Pero no, no es por eso. Creo que es porque, aún siendo maestros en lo suyo, y tras toda una vida de dedicación a una profesión completamente artesanal, nunca se les reconoce lo suficiente.

 ¿Cuándo se va a admitir de una puñetera vez que el cómic es una forma de arte con mayúsculas, que no tiene ABSOLUTAMENTE NADA que envidiar al cine, la literatura o la pintura actuales? ¿Qué demonios tenía Andy Warhol que no tenga Windsor McCay (Little Nemo)? ¿Está mejor narrado El Guardián entre el Centeno que el Watchmen de Alan Moore? ¿Es más eficaz como obra de denuncia La Lista de Schlinder que el Maus de Art Spiegelman? ¿Qué pintor de hoy es capaz de aplicar mejor la perspectiva, o de transmitir más emociones que Bill Waterson, en los 3x3 centímetros que mide una sola viñeta de Calvin y Hobbes?

Lo dicho, se ha muerto Morris. Y a nadie le importa un huevo.

 

Segunda Parte. Gimnasia Mental.

La serie de animación South Park es una pequeña maravilla, y además suele resultar un ejercicio de gimnasia mental la mar de terapeutico. El otro día pusieron un capítulo en el que Cartman, Stan, Kenny y compañía se iban de gira por Sudamérica con el coro del colegio, para cantar canciones de amistad, esperanza y buen rollito ante los deprimidos sudamericanos, y acababan en Costa Rica, perdidos en la jungla. El capítulo se cagaba y se meaba en todos los tópicos habidos y por haber referentes al tercer mundo: en el turismo de aventura, en los movimientos ecologistas y las ONGs, en la mala conciencia de la mayoría de los ciudadanos del primer mundo, que se suele esconder bajo la alfombra a base de dar donativos, apadrinar niños (o animales, que lo mismo da), grabar canciones como We are The World, u organizar festivales benéficos, y en esa visión que tenemos de los grandes espacios naturales, estereotipada, como si fueran parques temáticos.

La profesora era una cumba insoportable a la que Cartman no paraba de llamar "hippie hija de puta de mierda", el guía era una especie de seminarista de la Protectora de Animales que al ver una serpiente gigante en un arbol, decía "no os asusteis niños, que no os hará nada; las serpientes nos tienen más miedo a nosotros que nosotros a ellas", justo antes de que el bicharraco lo estrangulara y lo devorara ("sí, ya veo que a esa la tenemos acojonada", apostillaba uno de los niños). En un momento dado, el grupo escolar aparecía en un campamento guerrillero, donde el cabecilla les increpaba diciendo más o menos "a ustedes les sale el dinero por las orejas, y están todo el día dando el coñazo con salvar la selva tropical porque les gusta ver flores bonitas".

Al final, tras caer en unas arenas movedizas, ser perseguidos por una tribu de pigmeos caníbales, y estar a punto de ser devorados por una especie de versión mutante de King Kong, los escolares eran salvados por un grupo de taladores de árboles, que llegaban con sus tractores como el séptimo de caballería, y que resultaban ser los únicos personajes decentes de la historia ("Dios mío, hay que rescatar a esos niños", exclamaba uno). La maestra, cuando uno de los taladores (exquisitamente cortés), le preguntaba si no le importaba haber sido salvada por unos taladores que vivían de explotar la madera, gritaba harta "pero qué dice hombre, que le den por culo a la selva tropical; destruyan de una vez toda esta jodida mierda". El capítulo acababa con unos rótulos sobreimpresionados en la pantalla, en los que se podía leer: "las selvas tropicales causan más de tres mil muertes al año por ataques de animales salvajes. En las selvas tropicales se pueden encontrar más de setecientos elementos que provocan cáncer. Destruyamos las selvas tropicales antes de que sea demasiado tarde". Brillante. Trey Parker y Matt Stone (creadores de la serie) siguen en plena forma. Al fin encuentro a alguien que también odia a Green Peace, a la National Geographic y al club de amigos del escarabajo pelotero.

 

Tercera Parte. Dibujos Animados.

A mí los mundiales de fútbol me hacen llorar mucho (ya ven, soy muy llorón). Tienen una carga épica, como de guerra mundial pero sin muertos, que puede conmigo. Que yo recuerde, se me han saltado las lágrimas al menos tres veces con los mundiales. La primera fue en el '78, con motivo del mundial de Argentina. Yo era muy chiquito, y me hizo polvo ver como Argentina le mangaba a Holanda un campeonato que los orange se habían merecido más que nadie. Después de haber ido perdiendo todo el partido merced a un arbitraje infernalmente casero, la selección de Neeskens, Rep y compañía consiguió empatar con penas y trabajos, y a dos minutos del final Ressenbrink estrelló un testarazo en el poste de la portería de Fillol (por querer hacerlo bonito), que les habría dado el título. Luego, en la prórroga, Kempes les pasó por encima.

La segunda vez fue durante el mundial de España en el '82, cuando Alemania eliminó en semifinales a la mejor generación de futbolistas que ha dado Francia: Platini, Amoros, Tresor, Luis Fernandez, Tigana, Girese... Olvídense de los 22 mercenarios que llevan tres años ganándolo todo; serán unos atletas cojonudos, pero aquellos sí que jugaban al fútbol. Sin embargo, llegó Alemania, con su trote cochinero, su eficacia teutona y su total falta de talento, y les remontó un 3-1. La cara de desolación de Platini me dejó hundido.

La tercera vez, Argentina volvió a ser protagonista, pero esta vez para bien. Mundial de México, 1986. Mediaba la segunda parte de un partido de cuartos de final contra Inglaterra, cuando Maradona controló un balón en el centro del campo, se revolvió, apretó a correr, dejó atrás a dos jugadores ingleses con un cambio de ritmo que ni el puto Correcaminos, dribló a otros dos o tres defensas y al portero (Peter Shilton) a la velocidad de un misil Scud, y chutó a gol mientras se caía de culo. 2-1, y Argentina a semifinales. La jugada duró unos 10 segundos, que yo viví con todos los pelos del cuerpo de punta. No he visto un gol igual en mi vida.

Explico todo esto porque han vuelto a pasar el gol de Maradona en la tele, no sé por qué motivo, y me he acordado de todo lo que le pasó después al bueno de Diego Armando. De cuando se retiró del fútbol con más pena que gloria y empezó a hacer el ridículo, disparando a los periodistas, engordando como el muñeco de Michelin, y dejándose linchar por toda la opinión pública por, ya me dirán ustedes, fundirse los muchos millones que había ganado en fiestas, drogas y mujeres. Sin embargo, a mi me parece que hay momentos que, hagas lo que hagas después, te convalidan por toda una vida, ya sea inventar una bombilla de larga duración, componer una canción del verano, pintar Las Meninas o meterle un gol de dibujos animados a Inglaterra. Y cuando Maradona bajó aquel balón en el medio campo, se revolvió y apretó a correr hacia la portería inglesa como alma que lleva el diablo, se ganó el perdón por todas las presuntas tonterías que cometa hasta los ochenta años. Así que, por favor, a ver si le vamos dejando en paz de una jodida vez.