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Yo también quiero un clon

 

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A mí que no me vengan con pamplinas. Yo quiero un clon. Y lo quiero financiado por la Seguridad Social. Quien dice un clon , dice un implante, un ajuste en aquel gen que desafina, un batallón de nanorrobots recomponiéndote las entrañas, o un frasquito de ese jarabe que te quita 20 años de encima. Nada, nada, déjense de excusas y prohibiciones, que ya deberían saber que prohibir no trae más que corruptela y chanchullo.

Aunque no nos dé esa impresión cuando vamos sentados en el autobús, los humanos llevamos miles de años dejándonos la sesera en busca de mil y una formas de alcanzar un objetivo esencial: salvar el pellejo. Luchar contra el dolor, contra la enfermedad, luchar, a fin de cuentas, contra la muerte. El conjunto de la especie, siguiendo las cláusulas de un contrato que, por cierto, habría que revisar, ha trabajado y soportado lo bastante como para que ahora vengan unos con la intención de prohibirlo, así sin más.

Tratar de prohibir las nuevas vías de experimentación que la especie tiene a su disposición es, además de una miopía preocupante, materialmente imposible. Valgan de muestra las declaraciones de intenciones que pudieron escucharse en un congreso* en el que representantes de las religiones más importantes se reunían para debatir el asunto. Allí, los representantes judíos, budistas e hindúes se mostraron favorables a la clonación de seres humanos, basándose en algo tan sensato como que había que aceptar y ser receptivos con aquellos logros científicos que pudieran ser beneficiosos. El representante de la comunidad judía señaló que "No sólo permitimos la clonación, sino que Israel es el primer país del mundo que está aportando dinero para que se realice.". La representante hindú, comentó con humor que a una religión en la que su diosa tiene cabeza de elefante no le impresionaban las posibilidades de la manipulación genética.

Así que mejor será que lo asumamos y lo hagamos como es debido, en lugar de perder el tiempo en maniobras económico-político-jurídicas para ver cómo se reparten el pastel de las patentes, o con campañas del cristianismo tratando de contrarrestar a un competidor que viene vendiendo "vida eterna" de laboratorio a la vuelta de la esquina. Si no se hace aquí se hará allí.

Y como se hará de todas maneras, mal negocio habremos hecho como especie si después de tanto trabajo al final sólo se benefician los de siempre. Así que cuanto antes empecemos a exigirlo, mejor. Por si acaso.

* Congreso Nacional de Hospitales. Barcelona, mayo de 2001.