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La eficacia dogmática de una ametralladora

 

Pórtico Luna

Recientemente contestaba a un importante diputado que había lanzado una soflama a favor de la educación sanitaria de los jóvenes, quejándose del descuido con que en esta materia está obrando el Gobierno. Para lo cuál, susodicha señoría, a la que a partir de ahora llamaremos Bianchi, acometía contra las Bandas Militares, en una comparación que no venía a cuento. La comparación no es, en cambio, gratuita.

Aunque a menudo haga gala de las malas artes de la Derecha, el señor Bianchi está afiliado a las Izquierdas. Ataca la música militar por que detesta el ejército.

Podemos tirar de hemeroteca para comprobar cuántas veces ha declarado su pensamiento a este respecto. Aboga por la supresión fulminante del Ejército. Dice estar convencido de que es imposible que su país vuelva jamás a entrar en guerra. Es una nación próspera, alejada de cualquier foco bélico relevante, al amparo de un pacto entre todas las potencias dominantes y protegida por el más fuerte.

Pero alguna vez el Señor Bianchi ha ido más lejos, proponiendo que desaparezcan todos los ejércitos. Así, tal cuál; de la noche al día. "Si no hubiera Ejércitos no podría haber guerras. Esta es una verdad universal". El señor Bianchi no se explica cómo es posible que aún no nos hayamos dado cuenta de esta incuestionable evidencia. El mundo tiene que abrir sus ojos, más tarde o más temprano. Debe pensar en su delirio, que cuando ese día llegue, crearemos el Paraíso en un cuarto de hora. Que simplemente es cuestión de que todos lo veamos así de claro y al mismo tiempo.

El señor Bianchi imagina un momento en el tiempo en el que de pronto todos los gobernantes de la Tierra entienden al fin esa verdad universal que él tardó tan poco en comprender, y que corren presurosos a convencer a sus militares. Y como esa verdad es tan universal, y tan evidente y tan incuestionable, resulta que un minuto después todos los militares del mundo abandonan sus puestos, se visten de paisano y salen a celebrarlo con la familia. Y con el Pueblo no puede haber problemas. Todos los que hayan alcanzado ya esa verdad universal, estarán encantados. Sólo aquellos pocos que recelen de algún país vecino se resistirán a admitirla. Pero en cuanto sepan que en el país vecino tampoco queda un solo soldado, se sentirán tan aliviados que también se pondrán a bailar. Seguirán sin creer en la luminaria evidencia del señor Bianchi, pero eso no empezará a preocuparles, mientras el país de al lado siga vacío de militares.

Y para no parecer demasiado ingenuo, el Sr. Bianchi matiza que en un principio sería necesaria una fuerza neutral (¿neutral?) que controlara la desmilitarización. Él lo llama Ejército de Paz. Como es lógico no nos vamos a poner ahora a montar un ejército así; sería inconsecuente. Habrá que echar mano, pues, de los que ya existen. Por supuesto que ese ejército ha de ser el más fuerte, pues ha de garantizar el éxito a la hora de atajar cualquier tipo de insurrección, y además, por que así, de paso, evitamos que a ese ejército le tiente la idea de perpetuarse por temor a un enemigo superior. Se sabe el más fuerte y con eso basta. Naturalmente, el Ejército de Paz del que habla el Sr. Bianchi es el mismo que protege al 95% de los países más decisorios en el gobierno de la Tierra. Pero, de esa coincidencia no tiene la culpa el Sr. Bianchi.

En el Plan del Sr. Bianchi figura una 2ª etapa en la que a medida que la paz, la amistad y la fraternidad se esparzan a lo largo y ancho del mundo todo, ese heroico ejército, velador de la seguridad de la raza humana, iría desapareciendo poco a poco.

Yo también detesto los ejércitos. Sin embargo, no soy tan optimista al extraer consecuencias de mi inquina personal hacia lo castrense.

"Si no hubiera ejércitos, no podría haber guerras", dice el Sr. Bianchi. Supongo que querrá decir guerras organizadas. Por que guerras seguirá habiendo. Y si me apuran, apuesto que también estarán organizadas. Posiblemente consiguiéramos que no las organizasen los mismos de siempre, si es que éstos asumen realmente la evidencia del Sr. Bianchi. Pero las organizarán otros.

Sr. Bianchi, permítame que le diga que su teoría es tan absurda como decir que si no hubiera armas, no podría haber ejércitos.

Yo creo que sería preferible eliminar algunas bajezas humanas. Seguramente entonces daría igual vivir rodeados de misiles. Pero si opera usted al revés y procura el exterminio completo de las armas en el mundo, el día menos pensado, cualquier cafre de su misma calle, podría abrirle la cabeza con una piedra, por el motivo más insospechado. Por que, ¿qué cree usted que es un arma?, le preguntaría yo al teórico absurdo.

Bien, pues eso mismo le preguntaría yo al Sr. Bianchi, respecto de su luminosa evidencia. ¿Qué cree usted que es un ejército?. Con su antipatía y desconocimiento, usted se imagina uniformes, desfiles, cañones, construcciones estratégicas. Pero un ejército, Sr. Bianchi, es cualquier grupo de personas con voluntad de ser un ejército. En su mundo ideal, alguien con tiempo y una piedra podría aniquilar la especie humana. Y si faltan piedras, se coge cualquier otra cosa: piñas, palos, animales adiestrados…cualquier cosa es un arma. ¿Tal vez piensa usted limpiar la superficie de la Tierra de objetos contundentes?. Y no olvide usted el brazo humano ¿o acaso alberga también la idea de amputarnos las extremidades?. En ese caso, extienda su acción a los apéndices inferiores, para que nadie pueda patear a su semejante. Sepa que muchos de sus congéneres tienen una especial inclinación a soltar coces.

¿Entiende que su teoría no lleva a ninguna parte?. La Paz de usted sólo es posible en un mundo de mutilados. Y eso sin contar que hay objetos livianísimos que sólo necesitan del descuido del oponente para darle pasaporte a mejor vida. La Reina Bitova, sin ir más lejos, estranguló al joven regente con un pañuelo de tafetán.

La guerra, Sr. Bianchi, no es un intercambio de disparos, fuego y bombas. La guerra es matar al enemigo. Y un enemigo puede morir de muchas maneras: envenenado, encerrado hasta la asfixia, ahogado. ¿También piensa dejarnos a todos sin agua?. ¿Cree que el control de la distribución del líquido elemento, destinando las cantidades oportunas para el aseo y la nutrición, e impidiendo que una sola persona acumule agua suficiente para ahogar a otra, solucionará usted el problema?. El que desee de verdad la muerte de su prójimo, no tendrá el menor reparo en pasar un poquito de sed y en oler mal, si así acaba con el vecino. ¿O va a adjudicar a una determinada casta de funcionarios la tarea de recoger a diario el agua excedente de cada hogar?. ¿Y las Mafias?, ¿ya ha pensado usted en las Mafias?, ¿sí?. Pues aún así, vaya con cuidado, ya que cualquiera que no le quiera a usted bien, podría darle boleta en un santiamén, con sólo 2 miligramos de agua y una jeringuilla. En fin, no sigo.

Y es por todo esto, por lo que el Sr. Bianchi se ha metido con las Bandas Militares, y no ciertamente para justificar la racanería del Ministerio de la Sanidad. Un político de relumbrón debe pisar con pies de plomo, y usted, Sr. Bianchi, usted ha resbalado. Y ha resbalado por partida doble, pues la comparación entre gastos sanitarios y militares, además de ser odiosa, está mal traída.

La crítica vertida por su señoría acerca de las Bandas Militares está completamente injustificada. Pero no crea que voy a discutir esto con usted. Por lo dicho hasta ahora se puede deducir que es inútil discutir sobre estos asuntos con usted. Es una pérdida de tiempo que yo no estoy dispuesto a concederme. Entre usted y yo hay diferencias de base absolutamente insalvables. Me resultaría imposible convencerle de la más insignificante evidencia, sin antes derribar lo esencial de su fundamento a priorístico, que usted ha convertido en cuestión de fe. Desde la fe no puede haber diálogo.

Usted y yo hablamos diferentes idiomas. Nada que hacer, pues.

Si he traído hoy a colación este asunto es por que me ha sorprendido alguna declaración de cierto prohombre, en las antípodas ideológicas del Sr. Bianchi. El susodicho, hobbesiano nato, también se quejaba de las 100 Bandas Militares y del coste excesivo de su mantenimiento. Y como a mí me resulta mucho más fácil sintonizar la frecuencia de este caballero que la del Sr. Bianchi, puedo permitirme el replicarle convenientemente. Ahora bien, que nadie piense que soy afín a su talante. De hecho, si este país se hundiera y cayera en manos de sus correligionarios, este caballero no tendría inconveniente en firmar él mismo la orden de mi fusilamiento. Por fortuna, hoy por hoy, lo único que puede hacerme este señor es llevarme a los Tribunales, y aunque ésta es un opción que me causa terror, voy a rebatir la premisa mayor de su perorata.

Sepa usted, que es un error creer que la música no tiene relación alguna con la guerra. Usted, cuyo espíritu puedo tachar de marcial sin que se me ofenda, debería al menos admitir que cuando un ejército gasta tantísimo dinero en mantener a sus Bandas, no lo hace por capricho. Cien Bandas son aún pocas Bandas. O si no píenselo bien. Filas y más filas de muchachos, un bosque de fusiles bien erecto, el sonido de unas pisadas que suenan como si fueran las últimas que vamos a oír de esos desdichados, balcones repletos, pelotones de madres llorando como mangueras, hijos que parten hacia un futuro incierto, e hijos, que sin saberlo, tienen ya su futuro marcado por la muerte…Y ¡hete aquí¡, que la Banda rompe a tocar una estridente marcha militar. La alegría inunda todos los corazones. Esto es ya otra cosa. La música hace que los soldados parezcan héroes. Las madres sustituyen sus desgarradores llantos por un acceso subido de orgullo. Hasta parece que una guerra es algo mucho menos terrible de lo que se dice por ahí.

A lo mejor es que usted no ha pensado bien en la eficacia belicosa de una buena Banda. Le disculpo, por que es muy poca la gente que ha pensado en esto. Pero este descuido me parece imperdonable entre la casta militar, por que por él, obtenemos de las benditas Bandas, mucho menos de lo que ellas podrían dar.

No hay más que colocar esas 100 Bandas alrededor de la ciudad sitiada, una de esas ciudades habitadas por individuos exasperadamente tozudos, que alargan su agonía inútilmente, ya que al final acaban por rendirse, a la vez que hacen perder un tiempo precioso al ejército conquistador.

Usted es buen conocedor de la historia de las guerras y sabe que hay pueblos resistentes y tenaces hasta la obsesión. Hace falta mucha paciencia para doblegarlos; a veces, el sitio dura varios meses, incluso años. Bien, caballero, pues ponga usted a esas 100 Bandas a aporrear sus tambores y a soplar sin descanso "Paquito el chocolatero". Le contaré lo que ocurriría.

Al primer día los sitiados organizarán bailes públicos, felicitándose de que la orquesta la pague el enemigo. Al día siguiente no quedará nadie en la ciudad que no tararee, en contra de su voluntad, "Paquito el chocolatero". Al tercer día, los efectos devastadores empezarán a hacerse notar, y el día cuarto, podrá usted ver cómo algunos centinelas se van arrojando al foso desde lo alto de las torres de vigilancia. A los sitiados les dará por golpear cualquier cosa con tal de ahogar el sonido de aquel horrible "paso doble"; piedras, latas de petróleo, cacerolas, matasuegras, bocinas…

Tres o cuatro días más, y todos aquellos que aún no hayan enloquecido, abrirán las puertas de la plaza, de par en par, para entregarse sin condiciones, y con un indisimulado gesto de alivio en sus rostros.

Ahí habría que parar. Obligar a la Banda a seguir difundiendo tonadas significaría atentar contra el honor militar, por que eso ya no sería guerra, sino tortura. Una Banda entrenada para soplar durante un mes seguido es capaz de difundir la desesperación entre el género humano.

Hace casi un siglo, en aquella absurda guerra que montaron unos pocos jerarcas en sus despachos, su admirado ejército se lanzó a batallar sin tener cubiertas las mínimas necesidades que garantizasen una victoria fácil, rápida y limpia. Los soldados dormían en el suelo, vivían en el suelo, eran curados en el suelo…Podía no haber mantas, podía no haber medicinas, pero existían esas mismas 100 Bandas, caballero. Y no era por mala organización, no. Se pensaba, y no sin parte de razón, que a falta de armas, buenos eran los saxofones.

Y todavía le diré más. Si en algún lugar brilla la disciplina, la diligencia y el buen hacer dentro del ejército, es en las Bandas. ¡Cuántas veces nos hemos lamentado de que nuestros jóvenes llegaran al frente sin saber cargar un fusil!. En cambio, aún es la hora en que un músico de una de esas Bandas que usted ha denostado, se presente a filas sin dominar el manejo de su instrumento.

!Ah¡, si pusiéramos una pianola en cada trinchera. La pianola es un artefacto notoriamente dañino. Cierto que ya no se fabrican y que adquirirlas como piezas de coleccionismo resulta algo caro. En cualquier caso, yo estaría atento por si a alguna potencia extranjera le da por desprenderse de unas cuantas, a precio de saldo. Yo mismo, caballero, pagaría con mucho gusto, aunque para ello tuviéramos que prescindir de mantas, de quinina, de vacunas e incluso de médicos…

Yo abogo por la cría y engorde de cuantas Bandas sea posible. Aunque, eso sí, tengo que dejar muy claro que para mí, no hay nada como la eficacia dogmática de una ametralladora.

 

09 septiembre, 2001

Ion Tichy