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Una de fantasmas

 

Pórtico Luna

Dicen que cuando tenía poco más de 4 años aseguraba que de grande quería ser Papa (y hasta la fecha ni siquiera he conseguido ser papá.). Había quienes decían que en realidad mi destino era presidente de la república, que tenía mirada de presidente. Varios años tomé esto como un halago, después cuando la señora se negaba a devolvernos los balones que caían en su casa intuí que algo iba mal, no tendría por que negarle algo a quien en unos años llegaría a dirigir los destinos de la nación. Poco a poco con el trato diario llegue a comprender que la señora nunca tuvo intenciones de halagarme, comprendí que lo suyo tenía un filo especial, bueno en realidad ayudó mucho que un compañero en clase dijera que el presidente era un pendejo, porque eso decía su padre siempre que lo veía aparecer en televisión, que a él no le vinieran con esas mamadas de tener fotos suyas en las escuelas, en los salones y que se hablara de él como el "Señor Presidente, benefactor de la sociedad". Mandaron a traer a su papá y no volvió a regresar a la escuela, pero me dicen sus hermanos que lleva carrera prominente en la política, quien sabe, al mejor en unos años consiga ser el pendejo que su padre siempre dijo que era.

Pues sí, quería ser Papa y lo soltaba a quien se pusiera enfrente, sin demasiados aspavientos, como quien sabe que tiene su vida planeada y por ello no se preocupa demasiado. Pasaba, entonces, mucho tiempo con mi abuela, una beata de cara enjuta, siempre vestida de negro, llevando un luto eterno a pesar de estar casada. Supongo que era el luto por la muerte de Nuestro Señor Jesucristo. En realidad nunca se lo pregunté, pero puedo suponer que esa sería su respuesta. Cuenta mi padre que él fue monaguillo y que cuando la abuela era joven solía pasar varias tardes de la semana metida en la Iglesia pensado en obras piadosas. Supongo que entonces no fuera tan raro que yo quisiera ser el preciso de la Iglesia, aunque no entendiera lo que eso significaba.

La casa de los abuelos era grande y poco iluminada con un largo patio con árboles frutales y al final un establo donde las vacas vivían una muy monótona vida, ya saben, comer todo el tiempo, cagar como desesperadas, dejarse ordeñar dos veces al día, volver a rumiar la alfalfa, volver a cagar y así hasta el infinito.

Ahí pasaba mis tardes, metido en la casa de los abuelos viendo televisión en un enorme aparato que funcionaba con bulbos (encenderla era un logro de varios minutos que implicaba esperar que los circuitos del televisor se calentaran lo suficiente) y corriendo de los malos humores del abuelo por la necia costumbre de brincar sobre el forraje que servía para alimentar a los animales. Entonces, lo único posible era refugiarse en los brazos de la abuela para eludir el cinturón vengador. Pero a cambio de la protección física había que sufrir el acoso ideológico de Doña Ester, lo que irremediablemente me llevó a resoluciones tan tajantes como aquella que de grande quería ser Papa. Esos discursos de la abuela, que poco pudieron hacer en la practica de rezar rosarios y saberse persignar mucho consiguieron en mi concepción del bien y del mal como dos entes bastante bien definidos. Por supuesto el más atractivo era el mal, encarnado sabrá Dios en cuantas personalidades, todas ellas horrorosas. Y claro las legiones de fantasmas, aparecidos, brujas y demás fauna nocturna que no tenía otra misión en la vida que no fuese horrorizar a los niños bien portados como yo.

Las noches con la pobre iluminación de la casa transformaban el patio en sitio de condenados, con aullidos de naguales, llantos de lloronas y ojos bisbiseantes de uno que otro demonio menor, que al parecer de la abuela no tenían cosa más importante que hacer que estar al acecho, esperando el momento para saltar sobre uno. De horrorizar al menor descuido. Era muchas y largas las horas que pasaba frente a la puerta escudriñando la oscuridad para tratar de encontrarlos, ahí agazapados, entre los arboles. Escuchando el silbido del viento llevarse los lamentos que más parecían mugidos y cacareos que verdaderos llantos. Nunca lo conseguí.

Años después, fascinado por la oscuridad de las salas de cine comprendí que la abuela tenía razón, que ahí estaban los demonios agazapados en los miedos colectivos esperando los resquicios de cordura para colarse y alimentarse de las pesadillas. Sí, ahí están ahora los demonios y fantasmas, llámense como se llamen.


Ernesto Aroche

dias_extranos@yahoo.com