corner
a
 



 

 

 

 
Abominación

 

Pórtico Luna

Nada ni nadie está completamente a salvo de las consecuencias que de los actos humonos pueden derivarse. Ni siquiera sus propios vástagos, humanos indefensos e inocentes que son los primeros en sufrir los efectos de la acción combinada de sus desmejorados progenitores, familiares, vecinos, profesores y pedagogos, categorías en las que el humono genera, desde la profundidad de su inconsciencia, las mayores y más temibles abominaciones.
Para que sirva de prueba y de aviso, pongo como ejemplo ante los ojos de ustedes la que sin duda es una de las creaciones más espeluznantes que pueda concebirse, en la que toman cuerpo, en monstruosa estructura, las principales características del comportamiento humono.

Eso que acaban de ver, no es un juguete. Bajo su aspecto inofensivo y detrás de tanto colorín, este engendro esconde el germen que inicia la transición de humano a humono desde la más tierna infancia. Permítanme que les explique.

Es bien sabido que las crías de humano, una vez alimentadas y sabiéndose a salvo, dedican la mayor parte del tiempo a jugar. Jugando, las criaturitas empiezan a familiarizarse con el mundo que les rodea, ocupación que les divierte, les absorbe, y convierte de forma automática los objetos que caen en sus manitas en juguetes, herramientas de las que se sirven en su intensa y concienzuda jornada laboral. En las primeras etapas de desarrollo, gozan de especial predilección todos los objetos susceptibles de ser desmontados, chupados y mordidos hasta lo irreconocible, alcanzando cotas máximas de exaltación si además el objeto puede ser lanzado. Para los tiernos galopines, el lanzamiento de objetos es una actividad que les proporciona una satisfacción que sólo es equiparable con la que obtienen ante la posibilidad de lanzarse ellos mismos, actividad que emprenden con entusiasmo en cuanto se familiarizan con las delicias de la posición vertical. No sorprende, pues, que en estas tempranas edades dos de tales herramientas ocupen un lugar prominente en el panteón lúdico de nuestros cachorros: la pelota y el triciclo, resultando este último fundamental para la transición entre el andador o ta-ca-tá y otros vehículos más sofisticados para el ejercicio de la autopropulsión, como la bicicleta y los patines.

Poco se puede decir de la pelota que no hayan dicho ya desde filósofos presocráticos a balompédicos. La pelota, fuente inagotable de regocijo didáctico, permite al infante familiarizarse con los rudimentos de la trigonometría, la balística, la aplicación de fuerzas, y le sumerge en la causalidad dejándole descubrir, no sin cierta zozobra, las distintas consistencias de los materiales que componen la decoración hogareña.

Una vez erguidas, las criaturas encuentran caudal pedagógico comparable en el triciclo, que añade un grado cualitativo a la formación impartida por la sagrada esfera, pues siendo ellas mismas el objeto en movimiento experimentan con frenesí y sobre sus tiernos huesos las implacables leyes de la física newtoniana. En poco tiempo, y por la cuenta que le trae, el pequeño humano habrá podido asimilar de forma indeleble las técnicas y principios de la tracción por pedales, la aceleración, el derrape, la colisión y la vuelta de campana, sin olvidar la lección magistral sobre la relación esfuerzo-recompensa que supone enfrentarse a cuestas y pendientes.

Pues bien. Lo que cualquier ser racional reconoce como fuente de diversión y adiestramiento para sus vástagos, el humono lo considera un motivo de incomodidad. Para el humono, tener hijos es el resultado de una acción tan mimética como la de comprarse un coche, y, por supuesto, mucho más engorrosa. Siguiendo los dictados de la actitud que bautizamos como postura cómoda, el humono trata de reducir al mínimo cualquier responsabilidad que se le acerque en favor de que nada perturbe el sopor mental en el vive. Así pues, ¿a santo de qué va el humono a correr detrás de un niño montado en un triciclo, con la de incordios imprevisibles que conlleva? Acuciado por fastidios de esta índole, el humono sufre una convulsión mental que, sin que sepa bien por qué, se traduce en ocurrencia y ¡¡le pone un asa!!, convirtiendo así a un juguete rey en un vulgar carrito.

De este modo, el humono consigue limitar su esfuerzo a la vez que calma todo vestigio de reproche por parte de su conciencia, pues ha invertido una parte de sus ingresos en la compra de un estupendo "juguete", dedicando así a su criatura la atención que, según ha oído en algún programa de la tele, se le debe prestar.

Y de aquí se deduce que la cría humana en manos de un humono se verá privada no sólo de la diversión del juguete sino de las enseñanzas derivadas. La criatura, sea niño o niña, sometida a este artilugio crecerá imbuida de monotonía rectilínea, convencida de que toda ruta está trazada por una mano que le evitará en todo momento cualquier riesgo, de que las cuestas se suben porque alguien empuja, de que las pendientes son una ilusión óptica, comprobando que de nada sirve darle al manillar en busca de nuevos rumbos y que no vale la pena realizar esfuerzo alguno, pues —y ahí se inocula el veneno humono — es mucho más cómodo que otro lo haga por ti.

Si al principio dije que esto era un aviso, no exageré. Basta con que observen a padres haciendo pedacitos blandos bocadillos de jamón cocido que introducen en la boca de un niño cuyos incisivos podrían arrancarle los dedos de cuajo, o llevando resignados la cartera del colegio de su criatura, para adivinar que en futuras generaciones, muchos, además de humonos, serán unos perfectos inútiles incapaces hasta de pedalear.

Están avisados.

El Largo