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Nuestro hombre en. Bahía

 

Pórtico Luna

La tarde, sí, otra pinche tarde y nada que hacer. Escuchar un disco. Por es que lo mejor que hay a la vista. No más playstation ni chaquetas mentales. Un disquito de esos suavecitos, de esos de cocktel de medio día. Un pianito, una mujer que languidece en un mullido sillón de esos que ya le apostaban al futuro hace 20 o 30 años, preferentemente tapizado en peluche a dos colores. Sincronía en blanco y negro, por decir algo.

Afuera el niño grita una y otra vez con su plagosita voz: mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá, mamá mamá, mamá, mamá, mamá, mamá mamá, mamá, mamá, mamá, mamá mamá, mamá, mamá, mamá, mamá mamá, mamá, mamá. Alguien, quien sea, que le retuerza el cuello por favor. No importa quién, alguien. El piano en la habitación sigue llevando la tarde, a pesar de todo, cálida. La cadencia en la melodía es un caminar de caderas cualquier tarde en Bahía (acento portugués, por favor).

El disco suena, el láser rasga su pulida superficie y magia, ahí están la guitarra y el músico que alguna vez la tocó vestido de blanco, uno, dos tres, cuatro acordes y entonces la flauta. Por encima del mullido fondo musical se adivina un beat repetitivo y una letra en español. ¡Ya empezó el vecino con su dosis diaria de OV7!, cierro la ventana y los oídos a cualquier otra cosa que no sea Astrud Gilbert y el piano y la guitarra y el sax y la flauta y el acompañamiento de Carlos Antonio Jobim. Y la cosa no para, muy a pesar de la infalible Piña Colada que no está.

Calor, acordes down y la recreación sistemática de una fiesta con actrices púberes que luego ya no lo serán, actores venidos a menos y un montón de extras en la casa de cualquier productor de Holliwood que hace más de dos horas que no se acuerda como se llama, pero tiene una tarjeta impregnada de polvo blanco por las orillas en la bolsa del saco y sonríe a todos, a todos.

Afuera el niños sigue gritando, alternando sus alaridos con los chillidos de la madre que responde que se calle, que la deje en paz y que se meta a la casa. A quién diablos le importa lo que ella quiere, no al niño al menos. Y nadie en la fiesta parece prestar atención en ella o en la mujer mulata que entorna los ojos, sostiene entre su dedos el cabello una flor y canta algo que habla de una mujer que camina por la calle y de un sol dorado en Ipanema que tuesta la piel.

Adentro la fiesta languidece.

 

días_extranos@yahoo.com