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Arranque de filosofía barata

 

Pórtico Luna


Esta mañana he descubierto vida inteligente en mi cerebro y es mi deseo relatar aquí este hecho singular para justificar mi presencia en este mundo. Juro a quien quiera creerme que no soy un perturbado, y aunque sé que publicando tan vergonzante confesión voy a granjearme la incomprensión de mis semejantes, no puedo resistirme al morboso exhibicionismo de airearla a los cuatro vientos, para solaz de mi ego masoquista. Así pues, hoy, estoy en disposición de afirmar, que, en estas últimas horas, yo, Don tal de tal y tal, natural de la Tierra y astronauta de profesión, he adquirido el don del raciocinio. Felizmente, semejante maldición se ha evaporado con las últimas luces de la tarde; pero lo cierto es que he pasado todo el día exprimiendo mis meninges con una constancia que atribuyo más a lo novedoso del hecho, que a la suculencia de mis reflexiones. Y es que el pensamiento es un trastorno de la personalidad que suele provocar grandes catástrofes y mi caso no es la excepción. Aún y así, de entre la producción surgida de esta lucidez pasajera, hay algunas ideas que voy a fijar en el presente artículo, para provecho de mis congéneres.

Hasta el día de hoy he vivido en perpetua inocencia. Una bendita e higiénica hipertrofia de mis entendederas me tenía incapacitado para parcelar la realidad; y esa penuria mental, de la que siempre he hecho gala, protegía mi cerebro de las más insolubles contradicciones. Pero esta mañana he descubierto que todo este caudal de demencia irracional no basta, por que el ordenamiento lógico de la realidad acaba siempre por imponerse de forma rotunda, aún en las mentes más caprichosas, rebeldes y pasionales.

Y es que luchar contra la Lógica es una temeridad que sólo pueden permitirse algunos dioses; no todos. De nada ha servido esa milenaria tradición cultural que nos ha educado en la Fe, ni todos los espiritualismos que son y han sido; ni siquiera las traviesas perversiones de la ortodoxia que firmaron algunos de esos locos ilustres que querían librarnos del yugo positivo. El mundo, estructurado según la Lógica, ha sobrevivido a una bomba atómica, a dos guerras mundiales, a tres hermanos Marx, a cuatro Evangelios, a siete pecados capitales, a dieciséis jueces de un juzgado comiéndose el hígado de un colgado, a cientos de idiomas, a las mil y una noches, y a un millón de contradicciones por persona y día. En este batallar contra la Lógica el hombre ha hecho esfuerzos admirables blandiendo el arma del absurdo, que es una disciplina en la que muchas personas han alcanzado cotas verdaderamente sobresalientes; pero ni por esas. Hemos hecho gravitar civilizaciones enteras sobre el eje de un poema épico, hemos cocinado un caracol de veinte o treinta formas diferentes y nos lo hemos comido con gusto; hemos puesto patas arriba todo el Derecho Constitucional y todas las leyes de la sintaxis; hemos invertido estructuras moleculares y códigos genéticos; hemos construido cosas tan extravagantes como la fórmula de la gravedad, el calendario cristiano, la Sagrada Familia o el polideportivo de Navalcarnero. Algunos radicales de la sinrazón han elevado la demencia a cotas insuperables y con toda seguridad, antes de lo previsto, cualquier ciudadano de este planeta al que le sobren 25$ podrá, cómodamente, fusionar el átomo en el lavadero de su casa. Gentes de nuestra generación habrán de ver con sus propios ojos cómo quiebra la bolsa de Addis Abbeba, cómo se descubre la fractal de la provincia de Albacete u otra porción de aberraciones antropológicas, incluida la resurrección de Alan Ladd. Dará lo mismo. La Lógica es perfectamente inmune a nuestro sinsentido.

Así que, un día u otro, tenía que ocurrir; y ha sido esta mañana. Vayan por delante mis excusas. En un abrir y cerrar de ojos he perdido mi identidad. Mi naturaleza ignorante, de individuo bárbaro que disfruta chillando enajenado, que baila con frenesí danzas incongruentes, que articula sonidos ininteligibles, que modula carcajadas histéricas e interpreta llantos interesadamente perversos, que babea de deseo y exuda vida por los poros de su piel; mi genuina naturaleza, personal e intransferible, saludablemente incivilizada y brutal, ha abandonado esta misma mañana la subnormalidad más profunda y se ha puesto a pensar, así, a traición, sin previo aviso. Repentinamente, todo el mundo se ha reordenado, ha cobrado un nuevo sentido; la atómica infinidad de piezas que lo forman han comenzado a acoplarse en grupos cada vez más complejos y perfectos, pero a la vez más alejados de mí. Tan evidente se ha mostrado la realidad, que me ha resultado imposible reconocerme en ella. En sólo unas pocas horas he aprendido tantas cosas que he llegado a olvidarme de mí mismo. Pensando, uno se olvida de sí mismo; se abstrae de tal modo que acaba olvidando que existen los demás. Librémonos de esa tentación, regresemos al primigenio ensimismamiento del feto y chupémonos el dedo. Chupémonos el dedo, embobados hasta el paroxismo.

Hoy, yo, Don tal de tal y tal, he pensado, largo y tendido; he escondido el dedo de chupar y he succionado un bolígrafo He inutilizado el dedo de señalar y tras ese dedo, nadie, ni siquiera yo mismo; sólo la oscuridad de un bolsillo, negra y etérea como la nada; sólo la perfecta redondez de un mundo perfecto que siempre esta ahí, del otro lado, por mucho que te acerques… un mundo total y completo que no admite interpretaciones. Reflejarlo en el espejo plano de la Ciencia positivista; cuantificarlo, medirlo en sus mismas proporciones es nuestro único consuelo. Debemos borrar de nuestras seseras la absurda pretensión de definirlo. El hombre actual conoce estas limitaciones. En el siglo XX no se debe buscar el quid de las cosas. Hoy, ya, sólo piensan en "esencias" las mentalidades retrógradas y culturalmente ancladas en la vacuidad de la Metafísica; estetas trasnochados, papanatas, casposos reactivos... Los hijos de Hamlet. El ciberpositivismo triunfante, con sus proclamas ideológicas saturadas de pragmatismo y esa megalomanía globalizadora, tan propia del etnocentrismo occidental, aspira a la indefinición total. Los prohombres que arrastran el carro del saber no esconden su aversión por el hecho distintivo. Y detrás de todo ello, el progreso tecnológico, ese matón que cubre las espaldas de la raza blanca, con la mesiánica voluntad de unificar a la humanidad toda, al amparo de la gran madre Ciencia. Su ideal sería coger a todos los pueblos de la Tierra y ponerles uniforme, como si el mundo fuese nada más que un coro gigantesco, un colegio religioso, un ejército o una penitenciaria. Estos tiempos corren a la velocidad del vértigo, que creo que no ha sido calculada todavía, pero que debe ser enorme. Cualquier persona sin más ocupaciones que las derivadas de sus caprichos, puede hoy afirmar, sin temor a ser quemada, al menos en público, que la razón sirve sólo para calcular. La Razón, aquella Razón con mayúsculas con la que nuestros antepasados especulaban, imaginaban, se equivocaban o mentían; aquel precario entendimiento con que jugaban y reían; con el que se construían lenguajes y se fabricaban literaturas; tan capaz de proyectar belleza sobre la materia huera como de regular la conducta de las sociedades o incluso de inventarse divinidades ad hoc; esa, ya no existe. Ahora la razón ha limitado su quehacer al cálculo estadístico. Pensar, lo que se dice pensar, cae fuera de sus competencias. Las personas que, agonizando este siglo, pululamos por estas latitudes siderales deberíamos ir acostumbrándonos a pensar con otras partes menos sustanciales de nuestro organismo. Hoy se piensa con el estómago, se piensa con el hígado, se piensa con los bíceps, e incluso, los que pueden, piensan con la entrepierna, musculosa o cavernosa, que tanto da. Y en última instancia se deja que piensen los demás.

La vida moderna, de la que, dicho sea de paso, yo no reniego, más que nada por que argumentar contra ella me hace sentir trasnochadamente imbécil; esa vida moderna, con su comida enlatada, con su permisividad hacia el alcohol o con la farmacopea psicotrópica que nos endosa la casta médica para curar males cuyo origen no es rnédico, le pone ias cosas francamente difíciles a nuestros estómagos, a nuestros hígados, a nuestros bíceps y a nuestra líbido. Así que si algún desarraigado tiene inutilizados los órganos del pensamiento moderno, que no piense, que nadie se ha muerto por eso, o si no que piense con los pies y eche a correr al galope hacia ningún lugar y preferiblemente sin mirar atrás. Pero que nadie a las puertas del siglo XXI tenga la temeraria ocurrencia de pensar con la cabeza, so pena de que se la corten, que hoy existen técnicas avanzadísimas para separarla del tronco sin agredir la sensibilidad de los bienpensantes. No, no; la cabeza está para otros menesteres. Es receptáculo del cerebro, que es el órgano en que reside la razón. Bastante faena tiene con razonar, como para andar mareándola con pensamientos, reflexiones, meditaciones, creaciones artísticas y otras fantasías igualmente peregrinas. Que mesure, que compare, que sume, reste y multiplique, que clasifique y ordene, pues al fin y al cabo es Io que le hemos enseñado a hacer a la perfección.

Estas son algunas de las solemnes tonterías que han ocupado las últimas horas de mí vida. Atrapadas quedan en el papel, en espera de que el tiempo las pudra para siempre. Pero hay muchas más: el siglo que llega, el siglo que nos deja, la Estadística, el tabaco, los Estados Unidos de Norteamérica, el ajedrez, teutones en vacaciones... Seis u ocho horas estrujándose los sesos dan para mucho. Prometo recopilar todas cuantas sandeces vayan paseándose por mi cabeza, si es que la desdicha quiere que otra chispa de inteligencia prenda en la materia gris (gris oscuro) y que el fuego sagrado del Entendimiento permita que nuevas y delirantes ideas encuentren acomodo en el interior de mi testa. Por hoy basta; la brasa se ha consumido; sólo quedan ya unas pocas ascuas y escarbar en las cenizas es una guarrada Además, marear la cabeza del prójimo es tarea harto fatigosa y si continúo filosofando acabaré sumido en el cretinismo más agudo. De modo, que con su permiso, o sin él, voy a redondear este infecto libelo, con la rotundidad de alguna frase impactante. Con ella persigo la malsana intención de engañarles, disfrazando este discurso, de manera que puedan despedirse de él, con la sólida convicción de que su contenido no es tan barato, como su autor, modelo de cinismo e inmodestia, les ha hecho creer. Sea:

"Y entonces la Tierra se saldrá de su órbita, Y abandonada a su propia
iniciativa se lanzará a vagabundear por esos espacios siderales de Dios,
rebelde y desbocada; ebria de insensatez, como un niño problemático…
...hasta que algún meteoro, con poco talento y ninguna educación, la haga trizas."

Fin

Ion Tichy