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Confianza en la masa crítica

 

Pórtico Luna

El pensamiento de final de milenio ha sido apocalíptico. El posmodernismo, una tendencia de pensamiento que ya tiene algunos años y se empeñan en enterrar sin ofrecer por el momento ninguna alternativa de peso, se apoya convenientemente en esta premisa. Mientras tradicionalmente las tendencias éticas han definido una directriz bien como camino o bien como objetivo, el pensamiento contemporáneo, también escaldado por los correctivos que sufrieron movimientos anteriores, ha tomado una posición nunca vista, con toda la gracia que tiene la novedad.

La premisa es que por fin, después de varios siglos de posturas monolíticas en las que el grueso de la población mundial estaba esencialmente hecha unos zorros, la escolarización general y los aparatos reproductores —la imprenta, la fotocopiadora, el aparato de música,...— han permitido que el individuo pueda establecer su voz como consumidor y como autor. De este modo, más allá de las estrategias de marketing —que no nos paran de recordar que sólo funcionan o no funcionan según las sabias decisiones de los consumidores—, los movimientos de masas, la cultura popular y demás movimientos sociales de elección libre son perfectos reflejos de nuestra verdadera naturaleza como personas. Ya que el colectivo lo ha deseado, un mero cálculo probabilístico nos sirve para darnos cuenta de que nosotros como individuos hemos participado y participamos en cierta medida en su mecanismo. El hecho de que podamos comprenderlo —nos puede ser más o menos cercano, pero siempre es comprensible— nos involucra directamente.

En este estado de cosas, la mayor crítica que podemos hacer al posmodernismo es que analiza las cosas a toro pasado, o como diría mi padre, "después que la vi dije que era hembra". Uno tarda en darse cuenta —pero lo logra— de que el posmodernismo es en realidad la aplicación definitiva del "quien no conoce la historia está condenado a repetirla", incluyendo la historia de la última media hora. Lo que ha pasado nos identifica, y cuanto más reciente, más refleja nuestro carácter.

De esta forma, el pensamiento contemporáneo no defiende un horizonte ético que alcanzar sino una postura ética permanente, actual, que corresponda a las características del momento. Dadas estas circunstancias en las que estoy inmerso, y sabiendo que la pasividad es en sí misma una postura, ¿cuáles son las acciones que debo tomar para mejorar las cosas? Esta decisión a corto plazo es la que intenta solventar el pensamiento contemporáneo, caducando de manera implícita los objetivos a largo plazo. Sabemos que un movimiento de las alas de una mariposa puede producir kilómetros más allá un huracán, pero no podemos aletear teniendo en mente el provocar un tornado. En suma, la esperanza —que comparto— es que a base de movimientos individuales en el entorno personal, en algún momento y en algún lugar los factores alcancen la masa crítica y se conviertan en posturas globales éticamente correctas.

Con esta disposición de respuestas inmediatas y en ámbito corto, la tradicional tendencia de los ideales lejanos a los que nos tenemos que acercar paso a paso, tal vez una opa hostil a las creencias religiosas para combatirlas con sus propias armas, han caído en desuso y todo lo que nos lo recuerde, como la tendencia política que quieran elegir, nos produce una repugnancia inmediata. El paso de inalcanzables objetivos divinos a acciones manejables nos ha costado mucho y no tenemos ninguna gana de soltarlo a las primeras de cambio.

De hecho, basta con recordar el hippismo y compararlo con los beatniks. La filosofía de los primeros, el individualismo a ultranza, la bandera de "soy lo bastante mayorcito para hacer lo que quiera" ha sobrevivido con bastante más salud que la voluntad naturalista extrema, pese a que ambas han dejado un poso considerable. De hecho es frecuente que nos citen el multitudinario concierto de Woodstock y el célebre verano del amor en el 68 para darnos fe del abrumador seguimiento de la conciencia hippy. Lo que no nos cuentan es por qué desapareció toda esa masa homogénea. La excusa más habitual son las drogas y las historias ramificadas entre las personas con dinero que se fueron a casa después de la gran fiesta y las personas menos pudientes que terminaron enganchadas y sin sitio donde ser acogidos; ante esta excusa la pregunta inmediata es por qué acabó la gran fiesta. La razón, amigos míos, es que los supuestos cabecillas del movimiento social decidieron encarrilarlo en la dirección de lo que tradicionalmente ha sido un movimiento social, o sea, lo politizaron.

La politización fue lo que mató al hippismo; los beatniks han salido indemnes del proceso porque a ver quién es el guapo que politiza a Ginsberg, a Kerouac y a Burroughs. Dicho de otra manera, se politizan colectivos sociales, no individuos con voluntad independiente. Es curioso porque no se tiene conciencia a fecha de hoy sobre el derrumbe del movimiento hippy . De hecho se le mira con cierto cariño como opción personal pero, en cuanto a movimiento social, lo recibimos con un asco perfectamente transmitido por osmosis en generaciones siguientes.

Sin embargo, por deformación cultural o tradicional, a pesar de imponernos la premisa de no horizontes, tanto el pensamiento contemporáneo como el grueso de la población de hoy en día ha terminado creándolos, eso sí, en sentido inverso.

Bienvenidos al fin del mundo.

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La cuestión del objetivo del posmodernismo —que como les digo, aunque me convencía plenamente, me parecía una línea de pensamiento a toro pasado— me ocupó la cabeza durante mucho tiempo y con el tiempo llegué a la conclusión que les he incluido en estas líneas. Primitivo, al que envié este texto hace algunas semanas, me dijo que Deleuze y Guattari —dos popes posmodernistas— llegaron a una conclusión muy similar. En una parte es halagador y en otra es frustrante. Así que me siento en la obligación de incluir sus nombres al enviar este texto.

Espero mejores resultados la próxima semana. Al menos de momento no han identificado ningún equivalente. De momento.