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La lente en el ojo ajeno

 

Pórtico Luna

Para cuando el desarrollismo permitió un televisor en cada casa ya se había asegurado la conversación del día siguiente. La parrilla de emisión era cortísima y los programas para elegir eran tan escasos como para, precisamente, no tener que elegir. Antes del océano de horarios, canales y ofertas ya teníamos definido el tronco compartido. Lo bueno estaba ante nuestros ojos o no estaba en ninguna parte. Y como no había con lo que comparar, no cabía valoración posible. Resumiendo: veíamos lo único y era —por definición— lo bueno.

A día de hoy, entre la selva del canales de la televisión digital y por cable escondemos nuestras falsas esperanzas. Aunque estemos viendo basura en estado puro en el canal sintonizado, tenemos la fe convencida de que en alguna parte están poniendo algo interesante, o de que está a punto de comenzar.

Todos tenemos un amigo que vive permanentemente en este estado. Cuando está en casa se aburre una barbaridad y está convencido de que debería ir a un bar; cuando está en el bar se aburre inmediatamente y quiere estar en otra parte. La idea subyacente en todo el proceso es que tiene la seguridad de que están pasando innumerables cosas interesantísimas, pero todas ellas siempre suceden en otra parte. La vida de los demás —ese es su criterio— es siempre más interesante que la propia.

Estas dos instantáneas gemelas definen y acotan, en positivo y en negativo, el arrollador éxito del programa Gran Hermano, una aberración televisiva en la que —para los que vivan al otro lado del Atlántico o que acaben de despertar de un coma profundo— una decena de individuos neutros son recluidos en una casa infestada de cámaras que retransmiten su convivencia veinticuatro horas al día.

(No es del todo cierto; hasta muy recientemente, sintonizar su canal temático a altas horas de la madrugada no servía para sorprender a sus habitantes durmiendo el sueño de los justos; aunque sea reemitiendo aventuras grabadas, el espectáculo debe continuar).

El persistente espectador de Gran Hermano cae en la trampa del glamour de lo bidimensional. Marilyn Monroe impresa enorme en un cartel de reclamo, proyectada en una pantalla de cine o expuesta concienzudamente en el televisor es mucho más excitante que cualquier mujer tridimensional que pase por nuestro lado, aunque sea la propia Norma Jean. La Marilyn plana tiene la estatura apropiada, el porte adecuado, el gesto exacto elegido entre treinta tomas. La televisión nos ofrece elementos que adecuamos a nuestra escala. Lo emitido es justo lo que necesito, y es intrínsecamente mejor que yo.

Abundando en esta dirección del glamour de la pantalla se hace evidente que al espectador regular de Gran Hermano le sería inmediatamente insoportable el encontrarse en esa casa sin libros ni música, en esa prisión insoportable en su tridimensionalidad. Pero el consumirlo como espectador es una tentación irresistible, la posibilidad de enfrentar, de escalar la vida de uno a la medida de esas vidas retransmitidas que, a la vista de los resultados y con un poco de visión crítica, podrían ser perfectamente cualesquiera otras. Por el hecho de aparecer en pantalla, más allá de su patente vulgaridad, sus vidas son dignas de ser vistas porque —piensa el consumidor compulsivo— mi vida retransmitida no les interesaría a ellos, del mismo modo en que tenemos la seguridad de que, a pesar de ser reproducidos a tamaño gigante, no lograríamos despertar las hormonas de Marilyn.

Pero no todos son televidentes adictos y de hecho la gran mayoría de los 11 millones de interesados son espectadores centrados en los especiales de resumen. Para comprender su posición comencemos con una visita a las tiendas sofisticadas de hoy en día, en las que, junto a las regaderas de diseño y las bolas de espejo con rotor, se venden, para ayudarnos en la lucha contra el estrés, cintas de vídeo que durante sesenta minutos nos ofrecen el permanente espectáculo del fuego de un hogar. La visión de una hoguera, nos dicen, relaja nuestros nervios: más aún una hoguera a la que no es necesario alimentar con leños, no impregna nuestro techo con humo de combustión y no nos sofoca con sus olas de calor. La idea puede parecer, en nuestras horas de menor lucidez, incluso sensata. En Japón, aunando el factor chimenea y la retransmisión permanente, existe el canal pecera, otra acción antiestrés con la que podemos disfrutar de un nutrido acuario al que no necesitamos alimentar, limpiar ni cambiar el agua.

Gran hermano es, para su espectador promedio, el canal pecera, el canal bueno por falta de comparaciones y baremos, la nueva raíz común para las conversaciones banales. Pero frente a los peces, tiene la incomparable ventaja de que comprendemos sus actividades. Sabemos quienes se llevan bien, quién es sociable o arisco, quién tiene qué tics de comportamiento. Y nos interesa del mismo modo que hablamos de nuestros perros cuando juegan entre ellos como delgado aunque sólido hilo de comunicación con desconocidos ("mi perro y el suyo se lo pasan muy bien juntos"). Los habitantes de Gran Hermano —no tenemos otras mascotas que se insulten y se hagan bromas entre ellos— son las mascotas globales de principios de milenio. Hacemos nuestras cosas, levantamos la vista y ahí, en el monitor, están nuestros animalejos, haciendo su vida: satisfechos, podemos volver la vista a la mesa.

Esta estructura nos integra a los no televidentes en la posición de dueños de animales, con una postura a elegir entre fingir que nuestras mascotas no nos de nuestra incumbencia o hacer el feo de que las mascotas —o pongan los hijos para hacerlo más transparente— de los demás no nos interesan. Ambas actitudes, que de hecho son la misma, entran en conflicto con la buena educación. Más aún, la disyuntiva es parecida a la que planteaba Albert Monteys en El Jueves ante el caso de las mascotas muertas: "¿la tiro a la basura y quedo como un ser insensible, o la entierro y quedo como un imbécil?"

La existencia de los seres de Gran Hermano, al ser retransmitida, nos involucra por activa o por pasiva. Cuando salgan definitivamente de plano tendremos que seguir interesados del mismo modo que preguntamos regularmente en el caso de que nuestro gato se lo haya quedado un amigo, y cuando haya nuevos habitantes habremos adoptado a nuestro pesar nuevas mascotas que serán obligatoriamente de interés general y —de nuevo— nos incluirán por palabra, obra u omisión.

La salida de este bucle pasa por romper la programación única —donde no hay que elegir y todo es bueno— e introducirnos en otra selva de canales de vidas tediosas, en la que haya suficientes mascotas como para perder el tronco común de conversación banal.

Pero los canales de nueva oferta entrarían en una dinámica en la que el objetivo no sería obtener audiencia sino disolver la mole de seguimiento de la casa de muñecas actual. Lo que en ajedrez se llama gambito, sacrificar elementos para obtener una posición ventajosa o eliminar la del adversario. Ningun beneficio propio a menos que haya perjuicio ajeno. Excepto, ojalá, el beneficio global.

Con todo, las primeras mascotas son las que se recuerdan y, vistos los honorarios que les acompañan, vamos a seguir alimentándolas largo tiempo. Han nacido iconos pop a los que, finalmente, no sabremos si enterrar o tirar a la basura.

 

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>