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El negro Baltasar

 

Pórtico Luna

Dejé de ver al negro Baltasar cuando descubrí los juguetes debajo de la cama de mis padres. Ayer, paseando, en la esquina del Corte Inglés, lo volví a ver repartiendo papelillos de un garito de comida rápida. Ostras, mi hermano, que hay de tu vida, le dije con tono jovial. Él me miró de arriba abajo intentando reconocerme. Viendo que su memoria no respondía a mi saludo, le comenté que yo era aquel niño que siempre le ponía una copa de anís debajo de la ventana para que pudiese paliar el frío de enero. ¡Ah sí ahora te recuerdo, me dijo, cómo no recordar aquel anisado que me ponía las pilas y más que camellear, volaba.

Joder cómo han cambiado las cosas, continué diciéndole, qué haces repartiendo papelillos en vez de juguetes. Dos lagrimones corrieron por la noche de su piel y empezó a contarme las peripecias de su vida laboral. Mira, me dijo enseñando sus blancos dientes, cuando recorría casa por casa repartiendo aquellos pesados bultos estaba como fijo discontinuo en una empresa que funcionaba de puta madre. Aunque siempre me tocaban las faenas más pesadas era feliz. Poco me importaba figurar después de Melchor y Gaspar, mis compañeros de fatigas. Las cosas empezaron a ir mal cuando la competencia apareció. De la noche a la mañana llegaron Santa Claus, Papa Nöel, San Nicolás y el Cagatió. Desde arriba nos dijeron que lo mejor era hacernos empresarios y montar, como autónomos, nuestra propia empresa. Eso fue lo que hicimos. Nuestros camellos no podían competir con los veloces trineos. Los gastos eran enormes y no pudimos soportar la acelerada competencia que el mercado imponía. La empresa se hizo añicos y las últimas noticias que tengo de Gaspar es que murió de cirrosis y me parece que Melchor se dedica a tocar el piano en un prostíbulo.

Después de aquel fracaso, aprovechando mi negritud y experiencia, me contrataron en unos grandes almacenes para recoger las cartas que los niños me daban. El trabajo era muy ingrato. Aquellos enanos caprichosos se vengaban de mí por no haberles traído el año anterior lo que habían pedido, dándome patadas en las espinillas y escupiéndome. Duré poco en aquel curro, aparte de no cotizar por mí en la seguridad social, el empresario me sustituyó por un rumano más rubio que la cerveza que, previa capa de pintura, soportaba las vejaciones con más resignación que yo. Ahora estoy de ilegal, no tengo papeles y laburo donde puedo. Durante los veranos vendo gafas de sol en la playa, abalorios en la ramblas de cualquier pueblo de la costa, corto rosas y claveles en los invernaderos, hasta he hecho de estatua humana representando a Jimi Hendrix. En invierno vendo castañas y boniatos que aso en un rudimentario barril, pongo en contacto al guiri barrigón con las putas nigerianas, limpio cristales e intento vender la farola en los semáforos, en fin todo aquellos que me puede proporcionar un dinerillo para poder pagar la pensión y una comida diaria. Pero la competencia entre los desheredados, también, es brutal. Ahora, como estás viendo, estoy repartiendo estos panfletillos para unos chinos que hacen comidas para llevar.

Como ves, mi querido niño, estoy sobreviviendo. A veces recuerdo aquellos tiempos felices con trabajo estable y me pongo triste, pero hay que continuar en la brecha pensando que en algún momento las cosas cambiarán. Por cierto, no tendrás veinte euros para prestarme, los chinos me van a finiquitar y me parece que les tengo que devolver dinero.