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La integración de los insociables

 

Pórtico Luna

No sé a quién tenemos que agradecer la existencia de los Reyes Magos, pero hay que reconocer que es una aportación imprescindible para nuestro desarrollo como personas. Hay un momento de nuestras vidas en el que descubrimos que las personas con las que convivimos, las que teóricamente más nos quieren, nos han engañado como a idiotas y se han reído bien a gusto a nuestra espalda como hienas traidoras. Hay un momento en el que descubrimos que los Reyes no existen, que los regalos los ponen los padres, y por fin nos libramos del mayor peso que tiene la percepción infantil: que los mayores siempre tienen razón y que todo existe por algún motivo. Ah, no, nos engañan como a bellacos, con alevosía y nocturnidad. Todo, como las enormes cabalgatas con calles cortadas, puede ser –y es– una gran mentira.

Pese a ello, es cierto que muchas de las cosas que encontramos de pequeños se quedan agazapadas en la parte de atrás del cráneo como verdades absolutas, y cuando desaparecen nos deja una sensación de extrañeza difícil de despejar.

Recuerdo que antes se compartía más. Recuerdo que cuando era pequeño era más frecuente tener un invitado que ocupaba tu habitación, que dormía en una cama plegable en un rincón del salón, que tomaba el café y sonreía mientras entrabas en la cocina con el pijama luchando con las legañas. Y si he vivido las fiestas de pueblo ha sido porque primos, tíos y demás familia no tenían inconveniente en que ocupase la cama de arriba, en que bebiese su desayuno y en que llegase tarde después de que hubiese terminado el concierto para la juventud, nos hubiésemos perdido por las peñas, hubiésemos descubierto los picaderos de sacos rellenos de paja y sillones reciclados y hubiéramos despejado la pereza para volver a casa sucios y bebidos.

Y lo recuerdo porque ya no se estila, tengo menos invitados y soy menos invitado, y el comienzo de todo esto coincidió con la época en la que por fin tuve un tocadiscos y un televisor en color y la cuenta corriente estuvo un poquito más holgada y no había necesidad de compartir. Ahora escuchaba a Prince y a Bowie, pero ya no me sentaba en las cajas de cerveza a ver desde el balcón de la peña cómo los más borrachos del lugar esquivaban ebrios a las vacas del encierro de las tres de la madrugada.

Y pensaba en ello porque cuando he visitado los países civilizados, precisamente lo que he notado es un concepto muy particular, de hecho una evolución lógica desde lo anterior, del verbo compartir. En las fiestas de Suecia, me contaban los estudiantes Erasmus a su regreso, tenían un concepto muy curioso de fiesta: tu llevas la bebida que te apetece; y más vale que te apetezca, porque sólo tú vas a beber de ella. Extrañado por el comportamiento, Dani, amigo estudiante de ingeniería, decidió hacer una prueba: llevó una botella de vino de Rioja, la abrió, se bebió un vaso, se llenó un segundo, y marcó con la uña en la etiqueta la altura del líquido. Hecho esto, dejó la botella en medio de la sala y se fue con su vaso a charlar a otras habitaciones. Cuando volvió, mucho tiempo después, el vino estaba intacto.

En Holanda pasan cosas similares. "Sabemos que se invita a comer a la familia porque lo hemos visto en el cine, pero no es común aquí", me contaba Tanya en Rotterdam, insistiendo en la escasa riqueza gastronómica del país, donde lo común es la patata hervida y la carne frita. "Si quieren patata hervida que la coman en su casa", añadía con una lógica aplastante. Lo notable era que el concepto verdadero, el preparar un plato especial, una comida no habitual, no les entraba en la cabeza. El molestarte para ser anfitrión. El deseo de compartir.

De alguna manera la civilización tal y como la entendemos está reñida con el verbo compartir, por la sencilla razón de que la civilización –el modelo de comportamiento contemporáneos– es la democratización de los insociables. Antes tenías que ganarte el pan, ser simpático con el panadero, procurar quedar bien con la gente para volver a entrar en la peña en las fiestas del año que viene. Ahora está el sector servicios, en el que les guste o no han de ponerme otra cerveza, en el que no necesito sonreír a nadie para comprar una tarta de crema.

¿Compartir? Ya pago mis impuestos. Que acudan ahí quienes lo necesiten.

(También es verdad que los países civilizados tienen un concepto de los impuestos mucho más útil que los españoles. Por ejemplo, cuando no tienes dinero te subvencionan los estudios hasta que decides dejar de estudiar y ponerte a trabajar, momento en el que devuelves el préstamo con un impuesto sobre tu sueldo. Compárese con España y el desarrollo económico de los gestores de los fondos reservados. No es lo mismo.)

Ya tenemos una: la civilización es la integración de los insociables.

Continuamos para bingo.

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>