corner
a
 



 

 

 

 
Ventas a granel

 

Pórtico Luna

Hace unos días, rompiendo las profundidades de mi merecida siesta, sonó el teléfono. A trompicones e improperios me acerqué al maldito aparato. Pensé, para paliar la mala leche que llevaba encima, que el destino me podría deparar alguna bondad con nombre de mujer. La voz que me recibió si que era de mujer pero lo que me ofrecía no era precisamente una cita con aquel gorgorito inhóspito y atildado que parecía salir de un disco rallado. Buenas tardes, me dijo con tono monocorde, está la señora Gómez. No, le dije, con tono rancio y de pocos amigos, aquí no vive ni la Gómez ni la señora. Bueno pues si me lo permite hablaré con usted, continuó aquella sirena (no de mar, mas bien de policía); le llamo en nombre de la empresa "El último sueño" y estamos ofreciendo una oferta especial para el postrero día. Disculpe señorita, le quise decir, pero se anticipó con el rollo que tenía bien estudiado. Hay que ser previsor, piaba aquel loro, y regalarnos con los mejores complementos y servicios en un día tan especial, por la módica mensualidad de, no me acuerdo cuantos euros, le proporcionamos su último viaje en un mercedes gama alta con vidrios ahumados para ahuyentar a lo curiosos; además el féretro será a medida con pasamanos de nácar, y por si esto fuera poco le regalamos la mortaja que tenemos en varios modelos y gustos: alto ejecutivo con un traje a medida, tradicional al estilo momia, o último grito confeccionado por artistas de la vanguardia europea ¿Qué le parece? Un corto e intenso silencio llenó los cables. Estaba cabreado, primero porque me había jodido la siesta, segundo porque no era quien yo esperaba y tercero y último porque estaba y estoy hasta los cojones de que me vendan de todo y a todas horas, lo de menos era el producto, es más tenía su gracia eso de que te vendiesen todo lo relacionado con la muerte. Lo que iba a ser un bronca de órdago, se quedó en un: No me interesa señorita ¿De verdad que no le interesa, se lo ha pensado bien? Si señorita, me lo he pensado bien, créame, le he dicho a mi familia que cuando me muera me deje debajo de un árbol y así por lo menos serviré de abono para una criatura agradecida; encantado de conocerla y colgué para que la susuodicha no mirará en el manual de clientes y buscara los argumentos y respuestas para un espécimen de mis características.

Y no se crean que este es un hecho aislado, seguro que a ustedes también les habrá pasado que al descolgar el teléfono les empiezan a vender desde un seguro de vida a un cepillo que riza el vello de las axilas; desde una enciclopedia en cualquier color para hacer juego con el tono del mueble bar hasta un curso de inglés a pagar en cómodos plazos; y que me dicen de los apartamentos, casas, y pisos chollo. Hay algunos días que cuando llego a casa el buzón está a rebosar de propaganda de todos los super, hiper, días, y colmados de la ciudad y parte del extranjero, sin contar con las pizzerías y chinos que sirven a domicilio, todo ello junto a la dosis de anuncios que nos suministran en la televisión y distintas emisoras de radio. Todos me dejan en verdadero estado de gracia para recibir el remate telefónico de las características antes citadas.

No se dan cuenta, todos los que venden de todo, que estamos saturados de tantos productos, de tantas gangas y mentiras, de tantas necesidades creadas precisamente por la publicidad y no por el sentido común, que son supefluas y efímeras. No se darán cuenta que la gente, si no se empeña (que lo hace), no puede adquirir tan ingente batería de cosas inservibles y pasajeras. No se dan cuenta que la sobreoferta (no sé si existe el palabro) a lo que nos lleva es a cerrarnos en banda y decir que compre su prima.