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Nuevos tabúes para nuevas eras

 

Pórtico Luna

No voy a negarlo. Piqué como cualquier otro adolescente. Empiezas a rebuscar en los primeros balbuceos de las cosas que te gustan y llegas al principio del siglo veinte y te enganchas con los surrealistas —que por alguna extraña razón, tal vez por puro extraños, son irresistibles a esa edad para sumergirte en ellos— y te convencen de que es el subconsciente la parte sobre la que trabajar porque es la común a todos los humanos, y te presentan a Freud, el gran Freud, y acabas sin comerlo ni beberlo acometiendo ese volumen enorme titulado La Interpretación de los Sueños.

De hecho, en mi opinión no es necesario acabarse el libro para tomar como propia la apuesta de Freud. Y calcularía a ojo que el setenta por ciento de la tinta corresponde a la presentación, desarrollo e interpretación de los casos, y que sólo el treinta restante corresponde literalmente a la formulación de las teorías. Tanto es así que recomendaría a los curiosos en el tema que se sometan primero a Introducción al Sicoanálisis, una recopilación de conferencias impartidas por Freud y recogidas en un volumen considerablemente más delgado. Más aún, si nos limitamos a la interpretación de los sueños librándonos de los otros dos grupos de conferencias (los actos fallidos y las sicopatías) nos quedamos en unas escasas y sabrosas cien páginas. Pero no está de más echar un ojo al volumen original —hablo de la Interpretación— para ver que los casos en los que se apoyó Freud están considerablemente bien identificados, y poder hacer una extrapolación para poder sicoanalizarse a uno mismo, una práctica que considero imprescindible para comprobar lo rastreros y repugnantes que somos como individuos, convivamos con ello y no seamos más felices. Lo digo en serio.

Saco a Freud a colación porque en la época en la que vivimos los siquiatras se están haciendo de oro con los instintos reprimidos, que es una de las directrices de nuestra sociedad. Evitamos, pese a que nos lo pida el cuerpo, hablar solos, porque igual piensan que hemos perdido la cabeza.

Cuando vemos a los mendigos gritar a nadie en particular por la calle pensamos que están locos, mientras que en los bufetes de analistas se potencia la terapia del grito para liberar nuestras zonas más contritas, eso sí, pasando por caja. Los mendigos —es lógico— están locos porque gritan gratis.

Y Freud en particular es muy revelador por la fama que le persigue, y que un buen número de ustedes han despertado con la sola mención de su nombre: Freud es sexo, sexo, sexo. Que si cigarros, que si volar en sueños, todo es un polvo o un falo o un oscuro fetichismo. ¿Cuántas veces han oído eso? ¿Se lo han acabado creyendo? ¿Han leído sus textos sobre sicoanálisis y se lo han creído? Sucede.

Lo que se nos escapa es el pequeño detalle de que la sociedad que rodeaba a Freud era una sociedad represiva sobre el sexo, y que la gran mayoría —no la totalidad— de los problemas que enfrentaba eran casos en los que el sexo no expresado era la pieza crucial. En otras palabras, el sexo no es crucial en la obra de Freud, es un accidente. Y si sabemos mirar más allá de ese pequeño escollo podemos ver que la mayor parte de sus hipótesis son aplicables a fecha de hoy si sustituimos la frustración sexual de la época por la represión que nos afecta en cada época. En la nuestra, los más suspicaces ya se han dado cuenta, es la que nos ha venido ocupando todo este tiempo: la del único pensador en cuyo nombre levantan templos, que hemos aplicado hasta más allá de lo necesario y que la película de Fincher —el Club de la Lucha, para los recién llegados— propone como excesiva (hasta el ecuador de la misma, momento en el que toma cuerpo otro planteamiento igual de básico e interesante pero que comentaremos en el futuro con ayuda de Grant Morrison): hay que reprimir los instintos. Vivimos en una época de frustración —porque no hay ningún segmento que la permita— de la violencia: violencia física, violencia sexual, violencia sicológica... y terminamos con sicopatías —que las llamamos "comportamiento normal" para no desentonar— idénticas a las descritas por Freud. El autosicoanálisis nos demuestra que estamos llenos de basura, pero sólo es basura bajo la luz de lo que nos han metido en la cabeza.

Así que esto es la civilización. Una estructura montada sobre una directriz que es antinatural, que somos obligados a hacer nuestra hasta convencernos de que es la natural. Un lugar en el que no somos lo que somos para no ser hipócritas, curiosa paradoja, y en el que nos dedicamos a atacar a todo aquello que nos indica que no es necesariamente imprescindible llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Igual yo soy el único que se sorprende.

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>