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El suicidio desde el estado del bienestar

 

Pórtico Luna

De toda la tinta que ha corrido a partir del atentado de Nueva York, probablemente lo que más me ha sorprendido ha sido el afloramiento de la ingenuidad moderna y la caída de la ingenuidad pasada. Sé que la frase no es muy reveladora, así que permítanme que les explique.

Me han llegado vía e-mail una cantidad considerable de mensajes acerca de los eventos de Nueva York, lo que me ha venido muy bien porque los analistas que tenía más interés en leer (Noam Chomsky, Gustavo Bueno,...) no los he encontrado en los periódicos y sí en mi buzón. Entre el marasmo de mensajes había unos cuantos que insistían en dar por falsas las informaciones que ofrecían los medios. Uno de los más sorprendentes decía que era imposible que los supuestos autores del atentado, alumnos de aviación procedentes de países islámicos, fueran islamistas radicales, porque varios testimonios daban fe de que se les había visto tomando el sol y bebiendo cantidades considerables de vodka. Cómo puede un creyente al pie de la letra violar de tal manera las directrices de su fe.

Este razonamiento ha aparecido de muy diversas formas hasta completar un espectro cuyo extremo final es el artículo del escritor y guionista Grant Morrison. Morrison cerraba su artículo sobre el tema –que, dicho sea de paso, lanzaba un par de propuestas muy interesantes- con lo que llamaba la aproximación Playboy para eliminar al enemigo. La propuesta consistía en, una vez atrapado el principal sospechoso radical islámico, encerrarlo no en una prisión convencional sino en la mansión Playboy, y permitirle lanzar comunicados a su pueblo, eso sí, rodeado de bellezas en bikini sirviéndole apetitosos cocktails. La visión de la imagen del líder sometido a los grandes placeres del consumismo y de la carne debería, en su opinión, ser suficiente para que el movimiento radical perdiese toda fe en el que era su guía espiritual hacia la batalla.

La base que respira todo ello es una sólida fe en el islamismo radical, concebido como el convencimiento absoluto de un individuo irreductible. Porque desde el lado del estado del bienestar no se concibe el suicidio, y mucho menos como vehículo de una idea. Las inmolaciones del nepal y el "morir matando" de la yihad sigue necesitando, desde el punto de vista de las personas que comen tres veces al día, una concienciación completa, cuando no un lavado de cerebro. El hecho de que los pilotos lleven a cabo su misión tras disfrutar de los trajes de baño y del alcohol se nos hace incomprensible. Nosotros somos débiles, pero confiamos en la fortaleza absoluta del ser humano como ideal.

Los aspectos difíciles de creer se establecen en dos: el primero, cómo puede romper las imposiciones de su religión en la que cree de forma inquebrantable, y el segundo, cómo después de romperlos puede retornar al estado inicial.

El primer aspecto atiende a una de las directrices de la guerra santa: irás al cielo. O lo que es lo mismo, serán perdonados todos tus pecados. Cuando tienes el convencimiento de que todas tus acciones prohibidas van a ser perdonadas, es el momento de transgredir todas las normas. Lo normal es que cuando tenemos carta blanca nos ocupemos de llevar a cabo todo aquello que hemos anhelado o todo lo que nos han prohibido. Recuerden las historias acerca de barcos que se hunden y personas que confiesan cosas que siempre habían querido decir o se abandonan a práctica sexuales sabedores de que la muerte les libra de las consecuencias. La promesa de salvación que da la muerte santa equivale a esa carta blanca. Es la propia fe la que emite el perdón. El pecado santo se limpia con la muerte santa. No se viola la religión cuando acepta una bula.

La segunda parte corresponde a las circunstancias en las que se ha formado la persona. Puedes disfrutar de los lujos, pero, si te has formado en un ambiente de miseria, el resquemor suena por detrás. Cuando se vive en un ambiente en las que la muerte está tan presente que se tiene el convencimiento de que uno va a morir, se busca que la propia muerte al menos sea útil. Y por muchos vodkas que tomes y muchos bikinis que frecuentes, la parte de atrás de la cabeza no puede olvidar cómo son las cosas en el lugar donde peor lo pasa la gente. Art Spiegelman, en su monumental obra Maus, cuenta como su padre, un superviviente del holocausto que vivía en la norteamérica del consumismo, guardaba una infinidad de tics de los tiempos duros. Si hubiera tenido una manera de librar a su gente del holocausto habría hecho cualquier cosa. Incluso subirse a un avión y estamparlo contra un rascacielos.

De este modo, la primera parte atiende al individuo, al disfrute personal, y la segunda a su responsabilidad con los que le rodean, incrementadas por la situación límite en la que éstas se producen. Desde el punto de vista occidental, sólo entendemos la primera, lo cual no es de extrañar.

El otro aspecto al que me refería al principio, la caída de la ingenuidad pasada, se refiere a la reacción en estados unidos. Todos los cabezas de familia que hace nada reconstruían el concierto de Woodstock y que en su época se autoproclamaron como la generación del amor, han enfebrecido enarbolando banderas y reclamando guerra, odio y muerte por el resto del planeta, no vaya a ser que caiga algún muerto en su país que no sea disparado por las millones de armas que tienen en manos de cualquiera.

La generación de la paz y el amor, con sus gritos, y los pilotos suicidas, con sus pecados de hoja caduca, demuestran que somos todos iguales: egoístas, revanchistas, y apocados hasta que conocemos el dolor en primera persona.

Y si alguien de verdad cree que el mejor camino es una guerra, que lea Maus y se vea dentro de cuarenta años. Si sobrevive.

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>