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Una y otra vez la misma historia

 

Pórtico Luna

Miércoles por la tarde. En la ciudad de México este día es conocido como el día del espectador. El fin de semana se encuentra aún lejos pero ya se avizora. La semana ha llegado a su justo medio y lo que resta es la cuesta abajo del jueves y viernes antes de llegar al merecido (sic) descanso de fin de semana. De hecho en muchos sitios y dependiendo de las obligaciones y el poder del bolsillo el jueves por la noche ya es noche de copas y el viernes es social y el sábado Distrito Federal.

Y estamos ahí, en ese día que divide equitativamente en cuanto a jornadas a la semana, a la entrada de cualquier sala de cine con la alegría de un medio precio que es muchas veces lo único que nos permite acercarnos a salas tan rimbombantes como las de Angelópolis y su ultrasofisticado equipo de sonido soundrroud, dolby stereo y THX (que pocas veces como con La guerra de las galaxias y Matrix a sido justamente utilizado). Sólo que ¡oh ingrata fortuna!, somos tantos los que aprovechamos el día para iniciar el fin de semana que cualquier intento de solaz y esparcimiento se vuelve un suplicio, un tormento chino (nunca mejor utilizada la palabra ante los ríos de gente). Pero y es que tal parece que padecemos una suntuosa necesidad felina del rozamientos de piel con piel para sentirnos a gusto y en forma, además de divertidos y relajados. Extraño sin duda pero así es.

Y ahí estamos (ella y yo), detrás de 40 como nosotros en fila india a la espera de nuestro turno para acercarnos a una tipa o tipo con un espantoso uniforme y una plaquita con el nombre (¿a quién puede importarle como se llame?) que detrás de un cristal nos mira con tanto fastidio y desprecio y una sonrisa de plástico colgada del rostro, que nos hace dudar no sólo de nuestra elección de sala y película (en caso de llegar ante él o ella con esa selección en la punta de los dedos) sino de nuestro sentido de pertenencia con el género (¿humano?). En fin, es miércoles de espectador recuerdo, la (lo) miro fijamente a los ojos y en tono lo más alto posible y con una firmeza un tanto hechiza pido dos boletos para la sala 7. Ella repite mecánicamente el horario, el número de sala y la película como si uno fuera discapacitado mental (estos tiempo de corrección política) que no sabe lo que quiere ni cómo ni porqué.

Dos boletos 50 pesos. Cualquier otro día esto equivaldría a poco menos de 100 pesos sólo de entrada (prohibitido para cualquiera que gane por debajo de los tres salarios mínimos y esta época de crecimiento cero), pero sonrío mientras pago y recuerdo que gracias a Dios (cualquiera que sea su religión, de nuevo la corrección política, pues con estos tiempos globalizados ya no se sabe) es miércoles. Ahora ella pagará las palomitas que yo detesto y el refresco de cola que es en realidad jarabe con colorante artificial disfrazado con un poco de gaseosa que tanto le encanta. Y nos acercamos a la entrada para descubrir que una vez más llegamos tarde y la sala ya está a oscuras y abarrotada. Pero era más importante escoger el sabor exacto del caramelos en ese maíz frito, que los comerciales de autos, bancos, bebidas refrescantes, casas de campo en Residencial la vista, y trailers de películas que de ningún modo veré, por más que las pongan en función doble y a 10 pesos la entrada en los gemelos del Paseo Bravo, pero sobre todo era más importante el vaso extragrande de su bebida favorita que encontrar asientos a la altura adecuada y no el ostracismo de ver la película en la orilla inferior izquierda, a dos filas de volverse ciego.

Pero estamos ahí, y como no hay retorno posible y lo único que queda es tratar de pasarla de la mejor manera dentro de ese mar de rostros las más de las veces enfurruñados (sin duda algo que admiro tanto de esas mujeres y hombres que acostumbran dicha plaza comercial es su capacidad de pasar la mayor parte de su vida con un gesto de todo me molesta en la cara), de sonidos de celulares que a pesar de el enorme letrero en la entrada de la sala y el anuncio que pasan justo antes de comenzar la película nadie apaga, de pláticas intrascendentes en medio de la sala por las cual nos enteramos que la chapis ya tiene nuevo galán o que el profe de calculo es un hígado o que la nueva disco inaugurada la semana pasada en la Juárez está de no mames, justo para no acabársela.

Y entonces, al llegar este momento y como cada miércoles, me hago la firme promesa de no volver a hacer ese largo recorrido y víacrucis para ver películas que luego ni me gustan. Y como cada miércoles acá estoy haciendo fila detrás de otros 40 como yo que esperan su turno de enfrentarse a un fulano vestido con un espantoso uniforme y con una sonrisa de plástico colgada del rostro. Finalmente somos seres de costumbres.

Ernesto Aroche

dias_extranos@yahoo.com