corner
a
 



 

 

 

 
Jugar con cartas marcadas

 

Pórtico Luna

Existen muchas palabras que impiden las discusiones, muchas, para las que cada persona tiene una definición diferente, una definición que es incapaz de enunciar pero sobre la que intuye perfectamente qué está fuera de ella, del mismo modo que se tiene el instinto de que los números pares son más redondos que los impares y que los números que acaban en cero son incluso más atractivos, excepto en tiempo de rebajas. Son palabras con las que los diccionarios se comportan conciliadores y ofrecen definiciones flexibles, adaptables como un guante, perfectas cómplices de la tertulia. El ejemplo más claro son las personas que gustan de invertir horas y horas en hablar de dios (o de dioses) con el pleno convencimiento de que la discusión va a continuar durante horas y horas porque la definición de cada uno es igualmente válida. Y es cierto que las definiciones personales tienen validez, pero no a la hora del diálogo, donde uno está forzado a que las palabras que se utilizan tengan el mismo sentido para todos los participantes. No tiene sentido que al decir mesa unos piensen que hables de una silla, otros de un jersey y otros de un presentador de televisión. Si Lewis Carroll avisaba de que las palabras significan lo que nosotros queramos, nos hemos de dar cuenta de que llegar a alguna conclusión en las tertulias, que se diferencian de las homilías en la voluntad de sacar algo en claro, tenemos que adoptar convenciones para ser comprendidos. Es decir, nos hemos de forzar a jugar con las cartas del otro, y tragar si -como es habitual- están marcadas.

Todo esto venía a colación por la palabra civilización, porque la civilización y sus consecuencias van a ser un poco el hilo conductor de esta columna, y por mi miedo inicial a caer en el bucle que comentaba al principio. Y de hecho no es preocupante sólo el que cada uno de los lectores tenga una definición personal que entre en conflicto con lo que planteen estas páginas, sino también la convención no escrita que es vendida sistemáticamente por la televisón, el cine, los suplementos dominicales para toda la familia y demás medios tibios de consumo masivo, en la mayoría de los casos por puro aburrimiento. Esta convención la tenemos mucho más clara si pensamos en lo que entendemos como amor, lo que practicamos como amor, lo que los filósofos discuten como amor y el punto de partida las revistas femeninas, cuatro esquinas que solo confluyen en los mass media, donde la convención para entenderse es la cuarta de las citadas, la version vamos-a-ponerle-azucar-a-Becquer-por-si-no-fuese- suficientemente- empalagoso.

Así que ya empiezan a darse cuenta de la situación: vamos a estar forzados a utilizar las convenciones para hablar de los temas, tomando como punto de partida -fijense- lo que del amor dicen las revistas femeninas; vamos a agitarlas un poco para ver qué parte se sostiene, con lo que vamos a entrar en conflicto con las definiciones personales, que son extrapolaciones hechas con la "versión comercial" de los temas hasta ajustarlos a la experiencia personal; y finalmente vamos a ver qué queda de pie, y qué podemos hacer con los trozos que se han caido al suelo, que no están los tiempos para tirar nada, preguntándonos qué hacían ahí, quién los ha puesto, para qué sirven en realidad -póngase "realidad" en otras comillas igual o más grandes- y dónde nos ha dejado todo esto, aparte de haber dejado el suelo hecho unos zorros. Que a veces sólo conseguimos eso y nos agarramos desesperados al punto de partida. Y puestos a predicar con el ejemplo de dar unas cuantas patadas a la base de las cosas, en la próxima columna miraremos la civilización, entiéndase el comportamiento contemporáneo, que es el sustento de esta columna, y veremos qué tiramos y con qué nos quedamos. Y a partir de ahí ya veremos donde vamos a parar.

Que tampoco tengo muchas esperanzas.

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>