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Donde va Vicente

 

Pórtico Luna

Puede sonar a paranoia, pero hay algo extraño con lo guay y lo que mola. Por una parte, he estado largo rato rastreando el diccionario en busca de un sustituto más clásico y con menos impedimentos para los lectores latinoamericanos. Huelga decir que no ha valido para nada. Por otra parte, el corrector ortográfico de mi procesador de textos subraya insistentemente todas las apariciones de la palabra guay y todas las conjugaciones del verbo molar, como si fueran palabras peligrosas que es necesario mantener en los bajos fondos del vocabulario.

Pero la cosa no termina ahí. Basta una pequeña incursión en los kioskos y en los bares para comprobar el veto secreto. Ocurre en todo tipo de publicaciones. Sucede igualmente en las revistas de diseño, en las rockeras, en las de mujeres inseguras, en las revolucionarias alternativas, en las literarias, en las cinematográficas,... ustedes escojan. Ocurre en las revistas más elevadas y también en las más subterráneas; en las que señalan las tendencias de los más modernos y en las que recomiendan actividades para amas de casa. La idea se expresa permanentemente en cada uno de los textos, pero con palabras diferentes, con eufemismos para evitar mostrar abiertamente lo que se quiere expresar. Todas quieren decir lo mismo, pero la palabra guay no está en ninguna parte. El verbo molar está sometido a un marcaje, si cabe, más duro. En suma, cualquier uso escrito de la palabra guay, perdonen que sonría, no mola nada, nada.

Esta complicación es importante a la hora de afrontar este artículo, porque quiero mirar hacia dónde nos dirigimos, qué es lo que seguimos cuando no hay ninguna fe que nos guíe de la mano. Ahora que todos tenemos recursos suficientes para averiguar que las religiones no son sino refranes desarrollados, debería ser en un principio el momento idóneo para el anarquismo intelectual. Craso error. Cuando estamos ante una persona nueva no esperamos encontrar una forma radicalmente diferente de concebir el mundo, precisamente. Mas bien partimos de la idea de que vamos a encontrar más de lo mismo. Más de lo que nos rodea. Y es normal, porque la experiencia manda. Si amanece todos los días, lo que esperamos cuando llega un nuevo día es que amanezca.

Y tampoco hay sorpresas porque todos estamos familiarizados con el molde, o mejor dicho, con el camino. A intervalos regulares nos enteramos de cuáles son los nuevos referentes. La pregunta entonces es inmediata. ¿Cuál es el camino? ¿Qué forma el camino? Baste que intentemos identificarlo para que se nos escurra entre los dedos, porque no estamos siguiendo una via sino -y esto es lo verdaderamente interesante- estamos siguiendo a unos guías. No seguimos un trayecto, sino que vamos detrás de unos cuantos individuos en los que ponemos, digámoslo así, nuestra confianza. Y que siendo sinceros nos llevan por donde les da la gana. Somos un grupo del Inserso en vacaciones comentadas. Síganme por aquí. No se pierdan.

Estos guías son los que llevo algún tiempo intentando discernir a la luz de los textos que les he presentado las últimas dos semanas. En ambas, hablábamos del integrismo de biblias grapadas, de los que encuentran la vía de la perfección en los sagrados escritos de las revistas de papel satinado, los que se adelantan al resto de los mortales para saber el siguiente paso lateral de nuestros profetas. Estamos siguiendo a otra persona porque nadie nos sigue a nosotros. Si nadie nos sigue a nosotros, tampoco nosotros seguimos al primer colgado que se cruza y hace algo diferente. No, amigos, somos muy quisquillosos para elegir la gente a la que seguimos. Eso sí, si preguntas, cada uno te dirá que sigue a alguien diferente. Los cool-hunters no siguen, dicen, a los mismos exploradores que la fauna del chupete rosa. Y sin embargo, los dos procesos -¿lo recuerdan?- eran idénticos. Lo mismo pero muy distinto. La obsesión por ser diferente nos vuelve detallistas con las fotocopias.

Ahora, un poco de lógica: si los dos casos son iguales, ¿por qué van a ser diferentes las formas de señalar a los lideres? En otras palabras, igual estamos todos siguiendo al mismo grupo. Piensen en ello como en una multinacional: sección espectáculos, sección textil, sección interiorismo, sección compramos-emisoras-y-periodicos. Cambiamos de jefes, pero la empresa sigue siendo la misma. Pero en cierta medida, los jefes los elegimos nosotros. ¿Con qué criterio?

Déjenme que les cuente un chiste...