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El comercial que nos persigue

 

Pórtico Luna

Ha aparecido un buen número de veces. El personaje principal de la tira cómica Pogo llega junto a su amigo puerco espín a un bosque totalmente repleto de basura y espeta la que sería la frase más famosa de toda su trayectoria: "hemos encontrado al enemigo y somos nosotros". La serie de televisión "El prisionero" trata sobre un espía que abandona la profesión y despierta en un apacible pueblecito del que no puede escapar, que le bautiza como numero seis ("soy una persona, no un número") y que está maquinado por el nunca visto número uno. Finalmente, en un giro de guión rompedor para la época, se descubre que el número uno, creador y supervisor de la prisión, es nuestro conocido número seis. Nuevamente el enemigo era uno mismo. Lo curioso de los espejos es que la imagen que devuelven no nos inquieta. Nos pensamos inofensivos a nosotros mismos.

Cuando hablamos de ser nuestros peores enemigos no estamos hablando del célebre "el hombre es un lobo para el hombre"; no es una cuestión de cómo el vecino no tiene inconveniente en fastidiarnos para su beneficio, sino de cómo una persona se autoperjudica conscientemente. Eso sí, convencido de que es lo mejor para él mismo. Ahora bien, si no hace lo mejor para sí mismo, habrá que entender que lo hace por lo que el mundo político ha denominado el "bien general". ¿Cómo logramos que un individuo se abstraiga de sus intereses y ponga en primera línea otros totalmente diferentes? Convenciéndolo de ello. Cambiando sus criterios y sus escalas de valor. En las sabias palabras del humorista Jaime Perich: "si hiciéramos caso de los consejos de los demás, andarían mucho mejor las cosas de los demás.".

En contraposición con lo que venden como interés general, hay que notar las campañas de concienciación a las que estamos acostumbrados no corresponden con una ética. No se está transmitiendo una estructura, sino una serie de eslóganes puntuales. Por una parte se debe a esa mala costumbre de los cerebros de ir atando cabos —que no es muy recomendable que se extienda— y por otra porque la sencillez de ideas, la reducción al analfabetismo como tronco de comunicación, es una directriz esencial del marketing. El marketing para vender ideas, el marketing para vender productos, el marketing para justificar impuestos y nuevas directrices policiales. Ambitos tan radicales deberían tener asignadas palabras diferentes, pero todo es marketing. Todo es reducible al marketing. Si repites el estilo del último éxito, es marketing. Si haces justo lo contrario es marketing. Si te enfadas cuando te lo dicen es marketing —"hay mucho dinero en el público indignado"—. Si apareces en un programa televisivo para decir que has sacado un libro con respuestas a los misterios físicos es marketing. Besar a un niño es marketing. Sonreír es marketing. Estamos bien jodidos.

Esta aplicación del marketing a cualquier actividad imaginable nos parece normal y natural gracias, sonrían conmigo, a una estupenda campaña de marketing, que ha logrado también que nos hayamos olvidado de llamarlo mercadotecnia. Marketing es más guay que mercadotecnia, principalmente porque las palabras extranjeras no nos asaltan con las palabras raíz de las que provienen. Marketing es el arte de convertir todo en un mercado, exista o no exista, sea obra, palabra u omisión. Porque hay marketing de la omisión, amigos míos. Recuerden conceptos como "la mayoría silenciosa" para hacer justificar apoyos inexistentes o las actitudes de los supuestos grupos liberales hacia la abstención frente al voto en blanco. El marketing de lo inexistente está tan arraigado como las cifras de distribución.

Lo guay es el reflejo automático de nuestra total aceptación del liberalismo, por más que queramos disimularlo con excusas. Sonreír es marketing pero hay sonrisas sin mercadotecnia. Lo guay, sin embargo, es una figura que solo existe a partir de la mercadotecnia. Para entendernos, partimos de que hay niveles de la mercadotecnia que separamos según la cantidad de clientes potenciales. Lo que es guay en unos círculos no lo es en otros. La figura de lo guay, con ese nombre o con cualquier eufemismo, se repite a todas las escalas, y es un mecanismo del que todos somos agentes comerciales. Lo guay nos convierte en vendedores a puerta fría, en cool—hunters, en personas que enuncian que los chupetes rosas se van a llevar la siguiente temporada. Da igual que los pendientes, por misterios de la acupuntura, relajen el agotamiento; no es el efecto lo que interesa, sino el elemento, y terminamos teniendo pendientes en el ombligo y en las cejas.

En una página de Matt Groening aparecían dos abuelos muy arrugados, llenos de tatuajes y de pendientes por todas partes, y uno de ellos le decía al otro: "veo que tú también fuiste un gilipollas en los noventa".

Pongámonos pendientes y llevemos esos carísimos pantalones que se apoyan en el límite de las caderas y enfademos mucho a nuestra madre. Engañémonos y pensemos que somos diferentes de los demás, de los que atienden a las radiofórmulas y de los que practican interiorismo, de nuestro compañero de trabajo y de nuestro vecino y de nuestros padres. Hagamos las cosas diferentes para ir a ninguna parte.

Para llegar a un mismo objetivo, a una misma tesis, se pueden utilizar varios caminos. Lo guay es la adquisición sin la tesis. Y todos somos vendedores.

Hemos encontrado al enemigo y somos nosotros.