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Vida animal

 

Pórtico Luna

No he encontrado aún mejor sistema para echarse una siestita que despatarrarse en el sofá, encender la tele, poner el canal del documental y dejarse llevar.

En esas estaba el otro día cuando, a la vista de unos fieros leones una idea cruzó mi mente que me hizo observar la realidad humana desde otro punto de vista. La idea, nada más y nada menos, es que no somos más humanos por obedecer unas reglas, si no que, las reglas, en sí mismas, nos acercan más a las manadas de leones o las colonias de orangutanes que no a lo que nosotros llamamos Humanidad.

Pensé entonces en todas esas discusiones que surgieron en torno al estado de naturaleza y la formación de la sociedad. Por un lado están los que decían que el estado de naturaleza era una lucha de todos contra todos, y que tan sólo por el miedo a morir de forma violenta o perder los bienes, el ser humano se sometía al contrato con el otro ser humano y, gracias a este contrato surge lo que conocemos por sociedad. Otros dijeron que no, que el estado de naturaleza es el que nos hacía libres, iguales y que el surgimiento de la propiedad privada es la que hizo aparecer la sociedad civil.

No voy yo, ignorantilla de mí, a poner en entredicho las palabras e ideas de tan ilustres hombres. Pero bueno, algo me clarificó el hecho de que tanto leones, como monos o humanos, tienen una jerarquía, una ley y unas normas de conducta y que, tanto unos como otros, al violarlas, son castigados.

Ilustrémonos con algunos ejemplos y procuremos, así, no ser tan prepotentes y aceptar que la humanidad no es más que otra de las manifestaciones animales que encontramos por la Tierra; dotada, eso sí, de una capacidad de destrucción (y cuando así queremos, construcción) mucho mayor que la de los otros y por ello, mucho más peligrosa.

Como primer ejemplo veamos la distribución de los distintos grupos que forman los individuos humanos/individuos animales: el grupo con el que nos apareamos/reproducimos, el grupo con el que trabajamos/cazamos/recolectamos, el grupo con el que nos peleamos, el grupo con el que aprendemos/investigamos,... Tal vez la diferencia sea la complejidad, y es que el humano todo lo hace más complicado: así como el animal tiene claro que, cuando va de caza va de caza y no está para historias, el humano tiende a confundir los roles y se acaba apareando con el compañero de escritorio, con la consecuente bajada en el rendimiento de la actividad que supuestamente había ido a desarrollar ahí.

En fin, que dentro de estos grupos adoptamos un disfraz (el rol), que ha de ser bien concreto y que forma parte de las distintas facetas que conforman la imagen de un individuo.

Pero sigamos con el ejemplo del trabajo: uno desarrolla un rol dentro de una estructura empresarial, al igual que un león (en este caso leona), tiene un papel bien definido en el grupo con el que va a cazar. ¿Pero, qué es lo que ocurre dentro del grupo humano? Pues bien, que el que suele mandar no tiene por qué ser el más apto, ni el más inteligente o fuerte del grupo, sino que bien puede ser el más inepto, pero el que mejor "colocado" está, o el que más dinero tiene o el que más puñaladas traperas ha dado, no queriendo decir esto que para el puesto sea el más correcto.

Así, podemos asegurar que, todo y lo supuestamente inteligente que es el humano, no se rige por la razón y, por ello, en toda actividad humana existe un interés que no es exclusivamente el interés del grupo en el que se encuentra, sino el suyo propio, su propio ego es el que se alimenta, el que crece y le hace sentirse grande, poniendo constantemente en peligro la supervivencia del grupo. Esto, por lo general, el animal lo tiene más claro y es lo que me lleva a pensar que, a pesar del potencial humano, los que van a permanecer son ellos y que, si no nos lo llegamos a cargar todo antes, el mundo volverá a estar tranquilo sin nosotros. No creáis que esto me apena, no, lo que tengo claro es que no lo veré.

En fin, que podemos definirnos como parásitos orgullosos, pues vivimos a expensas de agotar los recursos y, por allí donde pasamos, todo queda podrido, para regocijo de nuestro depredador ego.

Pero bueno, os preguntaréis, ¿para qué me explicas todo esto?. Pues no lo tengo claro, os contestaré. Tal vez porque me resista a aceptarlo: la decadencia es difícil de asimilar para un ser orgulloso como soy yo, o todos vosotros.

Creo que la podredumbre radica no en la institución, no en la norma, no en la sociedad, la podredumbre radica en la persona misma, en la que crea esa institución, esa norma y esa sociedad no pensando en el grupo, sino pensando en el beneficio que le ha de reportar, aunque ese beneficio sea tan abstracto como la fama o la "posteridad", el recuerdo, el pensar que cuando ya no esté uno aquí los demás le recordarán y formará parte del bagaje de los que vengan. Así, lo que alimenta siempre el humano en última instancia es su propio orgullo, pues intereses hay muchos, pero lo que a uno se le llena cuando los consigue es el ego.

Las normas, la conducta social, el "protocolo" no nos diferencian del animal, sino que, al formar parte íntegra de cualquier grupo de semejantes, forman parte de la esencia de la persona y del animal.

El orgullo es lo que nos mata y el que nos diferencia del animal, no la racionalidad. Él es el que envenena cualquier actividad y hace que nos veamos irremisiblemente abocados a la agonía, él es el que pondrá punto y final a este fugaz paseo que nos hemos pegado por la Tierra.

No quiero ser apocalíptica, pero espero que sí entendáis que ese día no pudiese finiquitar mi siesta y que por ello, esté mosca y cabreada como una mona.

Es por culpa de la humanidad que ya no duermo a pierna suelta, o tal vez sea mi propio yo el que no me deja.