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La tiranía de la perfección

 

Pórtico Luna

Puede apagar el televisor y no verlo nunca más, pero allí están las gigantescas vallas publicitarias, las portadas de las revistas en los quioscos y los anuncios en las paradas de autobús…
Sonrisas blancas, cuerpos estilizados y musculosos, peinados que aún huelen a laca, pieles lisas, zapatos de tacón imposible, triunfadores, elegantes, felices y perfectos.
El ejército de las caras perfectas nos ataca desde todos los flancos y nadie pone remedio.

Como es evidente, la inmensa mayoría, NO somos perfectos. Y aún así, nos comportamos como si lo fuéramos, exigiendo esa falta de defectos bajo cualquier excusa y en los lugares más insospechados.
Por ejemplo; ¿es necesario que la dependienta de una tienda tenga el tipo de una top-model?. Sería preferible que amara su trabajo y fuera una persona amable. ¿Es esencial que un presentador de la televisión tenga una sonrisa "dentiflor"? Preferiría que tuviera algún tipo de personalidad o…¿dónde pone que, para dedicarse a la política, es vital llevar corbata?, me gustaría comprobar que tras de ellas se esconde al menos una brizna de responsabilidad.

En cambio, nadie le pide al de "Jarabe de palo" que tenga una voz audible en todos los discos que vende, ni a Mercedes Milà que deje de comportarse como una profesora de catequesis, ni a Jordi Pujol que haga el favor de acabar su reinado y de paso, que lo haga con dignidad.

Me consta que a mucha gente se le niega un trabajo que podría realizar a la perfección, precisamente por no cumplir con unos cánones que cada vez están más demodé…el color de su piel, el idioma que elige para comunicarse, la edad, el género o los estudios.

Vamos, que ahora resulta que para vender ropa de segunda mano hace falta un título en astrofísica, y que para llevar y traer copas hay que ser como La Bombi.

El consejito de belleza de hoy: Observe detenidamente esas caras, esos cuerpos modelados con Photoshop, que amenazan desde los anuncios. Tenga en cuenta todos los detalles y, luego, sea todo lo contrario. Si lo hacemos a la vez, quizás logremos transformar la realidad y así poder ser, por fin, libremente feos.

 

 

Sandra Miralles