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mayo 2002

 

Pórtico Luna

Querido van der Linden (antes diario):

He decidido teletransportarme. Lo he intentado varias veces pero no ha funcionado. Mi mujer dice que debería de ver menos la televisión. Pero a mi la idea de teletransportarme me gusta. Te evitas los aeropuertos, los autobuses y las estaciones de metro. Es limpio y seguro (está confirmado que sólo puedes sufrir un número limitado de mutaciones). Además, ¿A alguien le molesta si yo quiero desafiar las actuales leyes de la física? Bueno, seguro que mi cuñado no está de acuerdo. Pero mi cuñado no está de acuerdo en nada. Incluso hizo fecundar a sus hijos in vitro sólo para llevarme la contraria… Pero ese es otro cantar. A mi lo que me apasiona del teletransporte es que tu cuerpo pueda aparecer y desaparecer cuando y dónde desees. Muchas veces he tenido un deseo repentino de pasar las tardes en Roma. Pues con el teletransporte no sería ningún problema: en menos de cinco minutos estaría en plena Via Veneto. Con la vida sedentaria que llevo sería lo mejor…y sin retrasos. A veces, durante estos meses, a parte de escribir, no sé que hacer. Me aburro. A veces sé que me gustaría cambiar de ciudad, aunque sólo fuera momentáneamente. Pero sólo con pensar que tengo que hacer las maletas, las reservas y prepararme para el ritual anterior y posterior al viaje, me entran náuseas. Soy un hombre cómodo. Me molesta que para viajar antes tengas que hacer un proyecto de viaje (si eres conservador) o adoptar la actitud de bohemio aventurero si se te ocurre viajar sin reservas ni agenda programada. Eso no es viajar. El desplazamiento físico es un concepto en decadencia. Y lo digo yo, que tengo 54 años y uno de mis escritores favoritos es Baltasar Gracián. No me digas querido diario, o sea, querido van der Linden, que no sería maravilloso poder estar una tarde en Roma, otra en El Cairo y la siguiente en Sao Paulo. Por no decir en San Petesburgo o en Tokyo. Para mi sería mi modo de vida ideal. Pertenecer a mi barrio y al mismo tiempo a todo el mundo. Una vida libre y nada desarraigada, con menos sentimiento de claustrofobia y regionalismo. Incluso cabría la posibilidad de que por las tardes trabajara de gondolero en Venecia. Me gustaría mucho. A mi mujer también. A mis hijos creo que no tanto, pero bueno yo tengo mi vida y ellos la suya. Si no ven con buenos ojos que su padre sea gondolero, allá ellos. Yo tampoco les digo nada cuando dan gracias a Dios.