corner
a
 



 

 

 

 
La legitimación de la calma

 

Pórtico Luna

La persona de referencia a la hora de plantearse la civilización como lugar donde las personas hacen cualquier cosa con tal de evitar una pelea es, lo creo evidente, Jesucristo. Ese señor que vete a saber qué aspecto tenía realmente, qué dijo realmente y cómo era realmente con todas las mentiras que se han construido, se construyen y se construirán con su nombre como excusa, no fue tanto uno de los grandes pensadores de la humanidad como una de las personas con más agallas —o menos instinto de conservación, son cosas equivalentes— que han pisado la tierra. El legado de Jesucristo, resumido a un solo axioma, es bien sencillo: no hace falta que nos matemos cada vez que no estamos de acuerdo en algo.

La idea, podemos estar seguros, no era ninguna originalidad en la época, pero los que la pensaron antes, o bien callaron ante la perspectiva de una espada estratégicamente introducida en su abdomen, o bien no tuvieron el carisma suficiente para que el mensaje perdurase conservando su nombre.

De hecho, para que las gentes tuvieran en consideración a Jesucristo se construyó espontáneamente —un poco aquí, un poco allá— una campaña de promoción adecuada al público del momento. Teniendo en cuenta que las imprentas tardarían siglos en aparecer, y los colegios públicos más aún, el nivel cultural medio de la población era digamos borroso, y, la verdad, no tenían gran admiración por los pensadores sino más bien por los hábiles con el hierro forjado. Así que para que tuviesen en consideración a una persona de la lógica hubo que inventarse que podía hacer cosas extraordinarias, que murió porque le dio la gana y no por bocazas, que era hijo/siamés triangulado del supuesto creador del universo —evidentemente, para las personas de la época si su jarrón estaba fabricado, también el universo tenía que estar fabricado, pensamiento hoy simplón donde los haya— y vete a saber cuantas cosas más. No vamos a hablar de cómo unos cuantos se han aprovechado de todo esto utilizándolo como método de control social, de prosperidad económica o de mordaza de censura —tiempo habrá para todo ello— sino que nos quedaremos con esa línea. De hecho, no nos ha de importar que a fecha de hoy haya gente que todavía se crea la multiplicación de los peces o a los paseos sobre el agua, siempre y cuando se hayan quedado con la idea esencial tras todo ese marasmo de mentirijillas. La primera persona —la primera vedette, para hacerlo más gráfico— de la que tenemos referencia en esto de "no hace falta que nos matemos" es Jesucristo.

Y es notable que la civilización, tal y como la entendemos a fecha de hoy, se ha construido en buena parte de acuerdo con este axioma, lo que no deja de ser en el fondo una buena noticia. ¿O no? Tal vez no, y esa es la tesis —retomando la columna de la semana pasada— del film El Club de la Lucha, pues igual que no es bueno el irse matando por cada trifulca por un kilo de manzanas, igualmente malo es el exceso de apatía y manierismo, la completa pasividad ante los estímulos externos que, de hecho, entra en contradicción con la naturaleza del hombre, que ya sabemos cómo se comporta cuando despiertan los instintos.

Hemos construido una sociedad en la que el comportamiento natural es el menos natural de todos, una sociedad que hemos diseñado partiendo del precepto esencial de Jesucristo pero en la que nos ha podido el exceso de celo hasta que hemos terminado —únanse conmigo en esta paradoja— siendo más papistas que el Papa.

En consecuencia estamos entre la espada y la pared, ante las puertas de la dama y el tigre. No podemos —de hecho no debemos— borrar la estructura que nos permite ser pacíficos, pero tampoco podemos cerrar los ojos ante la química que nos hace lo que somos. Como los jueces que valoran un proceso de acoso sexual, hemos de sopesar la naturaleza física y las normas de comportamiento. Estamos obligados a establecer un término medio, una estructura paralela y complementaria, un club de la lucha y del fornicio —nótese lo lejanos que estamos de un club del fornicio y lo cercanos de un club de la lucha—, una esquina para no terminar como el habitual asesino en serie descrito sistemáticamente por los vecinos como "una persona muy normal".

Créanme, no hay nada más peligroso que una persona normal.

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>