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La revolución constante

 

Pórtico Luna


A veces tengo la impresión de que el alma es un complicado mecanismo que no se detiene nunca.

Sus engranajes se oxidan igual que los de cualquier otro aparato, y hay que parase a engrasarlos o a cambiar alguna pieza que ha quedado anticuada por una más actual, que permita que este circuito interno continúe su marcha.

Hacia dónde se dirige con ese movimiento es un misterio. Pero qué duda cabe que, si se mueve, es que tiene una función. Tal vez ese delicado eje sea otro de nuestros motores motrices, que en vez de transportar un cuerpo, soporte una carga más sutil pero igualmente pesada.

Se hace ejercicio gimnástico para mantener el cuerpo en forma, se usan complementos y maquillajes para adornar nuestra personalidad y con el alma, ¿qué se hace con el alma?...o bien se permite su oxidación hasta que los engranajes queden obstruidos y paralizados en una repetición que puede convertirse en una parodia de si misma, o se practica una revisión que muchas veces significa un doloroso reconocimiento de lo inútil de algunas de las piezas que tan efectivamente parecían servirnos.

Desnudar el alma para revestirla de nuevo hasta que vuelva a reducirse a harapos, es un ejercicio de revolución constante y totalmente personalizado. Parece como si nuestros pensamientos se declarasen en huelga, como si nuestros sentimientos se manifestaran con pancartas de protesta y hubiera que convocar precipitadamente una reunión para volver a escribir los estatutos de nuestro bienamado equilibrio interior. Si no hacemos caso de esta tendencia al cambio, caeremos en la dictadura de lo caduco y con el tiempo se produciría un golpe de estado de alguno de los pensamientos o sentimientos que mandaría despóticamente sobre todo lo demás.

En perfecta anarquía y manteniendo el individualismo de las piezas que, brillantes y magníficas, son útiles engranadas entre sí, se revoluciona el alma con la intención de continuar su viaje hacia lo desconocido.

El consejito de belleza de hoy: ¡pongamos al día, señoras y señores, el vestuario de nuestras almas!