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Penicilina en un azucarillo

 

Pórtico Luna

Déjenme que les hable de las cosas bien hechas.

Tuve ocasión de ver uno de los mejores programas de la historia de la televisión. Era un programa concurso, diseñado por reputados creadores de concursos televisivos y presentado por una pareja habitual de las pruebas catódicas, que a efectos nacionales podríamos equivaler a Joaquín Prat y Mayra Gómez Kemp. Tenía un lujoso decorado, un enorme estudio, publico en directo,... todos los ingredientes obligados del entretenimiento en hora de máxima audiencia. El programa, que se emitía en el cuarto canal de la televisión nacional inglesa, se llamaba "¡Adelante, Indigentes!". En él, tres personas sin techo participaban para conseguir el gran premio del programa: una casa con jardín. Y era evidente que iban a dejarse las uñas para hacerse con ella.

A fin de que vean la mecánica del programa, les voy a narrar lo que sucedió específicamente en el programa que vi. Comenzaba presentando a los tres concursantes, que eran respectivamente un obrero en paro, una mujer embarazada de su segundo hijo a la que la familia expulsó cuando se embarazó del primero, y un reputado arquitecto que, tras llevar una vida de excesos, cayó en desgracia cuando su empresa quebró. Las preguntas que nos permitían conocer estos datos eran realizadas y respondidas sin ningún tipo de sensacionalismo. Eran personas contando sus vidas, y era evidente que no estaban contentas con ellas.

La primera prueba, presentada como es normal con cabecera y fanfarrias, era una prueba de cámara oculta: al primer concursante un policía falso le obligaba a dejar de pedir limosna y le pedía una documentación que el indigente no tenía porque el gobierno no se la concedía; a la segunda concursante una siquiatra y una agente femenina de policía le quitaban la custodia de su hija porque había caducado el plazo de estancia en una casa social y no había encontrado una casa propia; al tercer concursante le habían cancelado el subsidio de desempleo por una falsa ley recién aprobada y el falso funcionario no quería saber nada de las objeciones del parado y hacía oídos sordos a sus quejas. Tras cada escena de cámara oculta, el público aplaudía intermitentemente —por puro horror y asombro ante la crueldad de lo visto— y se hablaba con el concursante, que nos hacía saber que lo que había aparecido en pantalla o bien lo habían vivido en carne propia, o bien lo habían visto con sus propios ojos. No había más crueldad en la broma que la que se les ofrecía diariamente. La votación del público concedía los primeros puntos a los concursantes.

La segunda prueba (aparece la cabecera, suenan las fanfarrias) era un test sobre los porcentajes de personas sin techo y mendigando en Inglaterra: su número, sus ingresos, los porcentajes acogidos en centros de ayuda. Apenas hubo aciertos porque las cifras que inicialmente parecen más desmesuradas son las correctas, y la clasificación apenas se movió.

La tercera prueba (cabecera, fanfarria) consistía en, a partir de dos palés de madera, tres tablones, un poco de cartón y un forro de plástico y utilizando un tiempo máximo de un minuto, construir una chabola. Pasado el minuto, aprovechado para la publicidad, se comprobaba la chabola primero regándola y viendo que el agua no entraba al interior y después dándole una patada para comprobar su resistencia. La de la mujer cayó con la patada; la del obrero —que tenía curiosos detalles de originalidad, como un buzón y una chimenea falsa de cartón— filtraba agua; la del arquitecto aguantó ambas pruebas. Los puntos concedidos colocaban al arquitecto en cabeza de la clasificación, y la satisfacción iluminaba su rostro.

Tras tres pruebas, era el momento de eliminar a un concursante. Le preguntaron al arquitecto si conocía el golf. "Sí", dijo él, "¿por qué?". "La tarjeta más alta pierde", dijo la presentadora poniendo cara de qué se le va a hacer. Al hombre le crecía la indignación mientras los ayudantes del programa le conducían fuera del plató y sonaba la fanfarria de eliminación. Había luchado lo mejor posible tal y como le habían ordenado para conseguir la casa y ahora se la quitaban para siempre.

Este programa concurso era un programa único emitido en un día en el que las veinticuatro horas de emisión del canal británico se dedicaban a sensibilizar a la audiencia sobre la situación de los sin techo. Los concursantes eran actores, pero ni el público ni los televidentes lo sabían. Llegados al ecuador del programa, sin efectos sobreactuados, sin lentos textos documentales y sin tediosos gráficos comentados por expertos nos habían descrito no sólo lo difícil que es la vida de los indigentes sino lo activa que es la creatividad de la sociedad para hundirles en cuanto intentan levantar cabeza.

Ante mis ojos tenía uno de los mejores programas de la historia, uno que llegaba a la sensibilidad del espectador con un lenguaje actual, en el que formar, informar y dar espectáculo se fundían para conseguir el verdadero objetivo: movilizar a la audiencia. Nadie podía quedar indemne tras ver el programa. El mensaje había sido transmitido en un formato que todo el mundo comprende. Como a los burros, nos habían dado la penicilina metida en un azucarillo.

Por si alguien tiene curiosidad, el concursante que llegó a la última prueba —el obrero— tenía que elegir entre tres puertas. Eligió la tres, pero tras la insistencia del presentador se decidió por la puerta dos. La casa estaba tras la puerta tres. El concursante se llevó un conjunto de mesas y butacas de exterior para un jardín que no tenía. Fanfarria final y créditos.