corner
a
 



 

 

 

 
Peliculones

 

Pórtico Luna

The Filth and the Fury

The Filth and the Fury es un biopic, tan desquiciado como necesario, sobre los Sex Pistols. Un documental absolutamente brillante dirigido por Julien Temple, que ya se encargó de rodar hace unos años The Great Rock 'n' Roll Swindle, a la mayor gloria del manager de la banda y experto vividor Malcom McLaren, que en aquella ocasión se atribuía en exclusiva todo el mérito del éxito de los Pistols. The Filth and the Fury es una película importante, en primer lugar porque viene a equilibrar las cosas, dando en esta ocasión el punto de vista exclusivo de los miembros del grupo (McLaren sólo aparece para ser repetidamente llamado estafador, saco de mierda y otras lindezas por Steve Jones y compañía). Y aunque ya fuera solo por este aspecto, como testimonio de primera mano de aquel momento y aquel lugar a cargo de sus máximos protagonistas, ya no tendría precio.

Pero además, The Filth and the Fury también es importante porque, inconscientemente, deja al descubierto todas las miserias de un movimiento social sobrevalorado en todos los frentes, que nació a partir de una simple sarta de coincidencias bien puestas. Un movimiento que se las dio de auténtico, y que aun hoy se nos vende como "la última revolución auténtica del rock", pero que (y eso queda claro en el documental, testimoniado por el propio John Lydon) en realidad tuvo mucho de prefabricado, de trampa y de cartón. Un movimiento cuyo principal mérito, aparte de los estrictamente musicales, fue reivindicar algunas líneas de pensamiento que, si bien es cierto que llevaban mucho tiempo criando polvo, ya estaban todas inventadas. Y un movimiento que, en fin, perdió toda su razón de ser en cuanto se esfumó el elemento sorpresa y fue asimilado por los grandes medios. Cuando pasó de ser una actitud, a ser una pose (la película pone de vuelta y media a los punks ochenteros).

Como la mayoría de buenos documentales, The Filth and the Fury es bastante maniqueo. Aparte del sistemático maltrato a Malcom McLaren (la verdad es que se lo tenía merecido), la película es profundamente misógina. Todas las mujeres que rodean al punk aparecen como personajes trágicos, negativos (Nancy Spungen es pintada como una especie de coco que llevó al pobrecito e inocente Sid Vicious al matadero) o ridículos (Siouxie Sioux queda como una groupie gilitonta). El montaje de la película es un collage frenético que mezcla actuaciones en directo, entrevistas, anuncios y programas televisivos de la época, y diversas apariciones de Lawrence Olivier interpretando a Ricardo III (el freak shakespeariano por excelencia), como una especie de narrador involuntario.

Con los Pistols desaparecidos de la escena, y el punk convertido en una mera radiofórmula más, The Filth and the Fury queda, principalmente, como una reivindicación del derecho al pataleo, al nihilismo y a la individualidad, como una película divertidísima llena de anécdotas sobre cuatro gamberros que lanzaron unos cuantos ladrillazos bien dirigidos contra el sistema (impagable la actuación en barcaza por el Tamesis, tocando God Save the Queen en pleno jubileo de la Reina; o su concierto en un colegio infantil, donde la primera canción que tocan habla sobre una chica que se provoca un aborto; hoy en día parecen inocentadas de fin de curso, pero estamos hablando del año 1977), y como un lúcido fresco de la época y las condiciones sociales que rodearon a uno de los movimientos musicales más perdurables del último cuarto de siglo, y que dio lugar al que, aún hoy, sigue siendo el mejor disco de rock'n'roll (porque al final, musicalmente todo se reducía a eso) de la historia: Never Mind the Bollocks. Una película imprescindible, tanto si te gustan los Sex Pistols como si no.


A.I. (Inteligencia Artificial)

¿Mis momentos favoritos del cine de Spielberg? Buff, hay muchos: los primeros 22 minutos de Salvar al Soldado Ryan (claro), la escena de Tiburón en la que Quint (Robert Shaw) explica la anécdota del buque "Indianápolis", Indiana Jones descerrajándole un tiro al vacileta de la cimitarra en En Busca del Arca Perdida, toda la secuencia del desalojo del guetto en La Lista de Schlinder... y posiblemente la primera hora de metraje de Inteligencia Artificial. Enterita. No tiene desperdicio. Debería ser materia de estudio obligada en las escuelas de cine. Después de esa hora inicial el nivel desciende un tanto, es cierto, pero todavía atesora el suficiente número de grandes momentos como para seguir siendo una película sobresaliente.

El filme toca muchos temas (quizás demasiados, de ahí su excesiva duración). Es una película sobre la familia, sobre el significado de la palabra "humanidad" (¿Cómo puede una criatura inmortal asimilar la muerte de su creador?), y sobre la naturaleza de la inteligencia (¿dónde está la línea que separa la mera programación de la inteligencia real?) A.I. puede verse, incluso, como un análisis psicológico de los cuentos de hadas (Freud estaría encantado con ella), con continuas referencias a Pinocho (la película es de hecho, más un remake de Pinocho que otra cosa).

Pero lo que más parece interesar a Spielberg es plantear que la capacidad de los seres humanos para experimentar emociones profundas está directamente relacionada con su inteligencia (según Spielberg "sentir" es probablemente lo más inteligente que hacemos). De hecho, cuando los seres humanos intentan imitar esta capacidad en un robot , solo consiguen crear un sujeto paranoico y obsesionado, una especie de yonqui emocional con una capacidad ilimitada para sufrir (en A.I., como en 2001, la mayoría de seres humanos son una pandilla de cabrones, y los personajes más humanos son las máquinas).

Spielberg aborda estos temas desde su propio sentido humanista y su percepción de "lo maravilloso", mezclado con otros enfoques más propios de Kubrick, como la mirada analítica sobre una sociedad aparentemente ordenada y normal, pero desquiciada en el fondo, y los personajes moralmente ambiguos (totalmente desconocidos hasta ahora en la obra de Spielberg). El resultado es la película más oscura, pesimista, cruel, desesperanzada y en resumen "kubrickiana", que el director de E.T. haya filmado jamás.

Spielberg, que a menudo ha sido tildado de superficial y maniqueo (muchas veces con razón), nunca había retado a su audiencia de tal manera. Nunca les había dado hasta ahora la oportunidad de pensar. Les había hecho horrorizarse (La Lista de Schlinder), asustarse (Tiburón), vibrar (la trilogía de Indiana Jones) o llorar a moco tendido (El Imperio del Sol), pero siempre de forma unánime, con un mensaje bien claro y masticadito. En A.I., en cambio, por primera vez da al espectador la oportunidad de escoger, de reflexionar sobre lo que ha visto y sacar sus propias conclusiones. Y todo esto sin perder ni un ápice del sentido del espectáculo que es de esperar en una superproducción. Desde un punto de vista puramente cinematográfico, A.I. es impecable. Es un festín para los sentidos (Spielberg es incapaz de facturar una película mal rodada; lo lleva en los genes). El diseño de producción es de baba, y los efectos especiales (muy ajustados a la narración, sin caer en la tentación de convertir el filme en una orgía de luz y color) son perfectos.

Con todas estas premisas, si A. I. no entra directamente en la categoría de las obras maestras, es por un patinazo argumental (propio del cine de Spielberg, por otra parte), que rebaja el nivel del conjunto. Me refiero, claro, a toda la secuencia de la feria de la carne: burda, gratuita y torpe, que banaliza el discurso y nos devuelve, por unos minutos, al peor Spielberg (al Spielberg de Always y Amistad, por poner dos ejemplos lo bastante sangrantes). Por suerte, el mal trago pasa rápido, y la película no tarda en recuperar el buen pulso.

El epílogo de A.I., tan vapuleado en general, también me parece sensacional. En primer lugar, porque Spielberg se mantiene fiel a si mismo y rueda el final más arriesgado, kafkiano e incomprendido de su carrera; un final complejo, con múltiples lecturas, y nada complaciente. Un final con el que Spielberg sabía que se echaba encima a la gran mayoría de la crítica y del público presuntamente "culto", que hubiese preferido que la película acabase un cuarto de hora antes, y sobre todo, que acabase mal (aunque, bueno, si hay alguien que considere que el final de la película –un robot observando como otro robot vela a un cadáver– es un final feliz, que me lo explique porque no he entendido nada). Sin embargo, Spielberg necesita redimir a su personaje protagonista (por cierto, Haley Joel Osment está descomunal), necesita que alcance un objetivo, que sea consciente de su propio progreso moral, que se haga más sabio (al fin y al cabo, A.I. es un cuento, y los cuentos siempre tienen moraleja).

Finalmente, me gustaría dejar algo claro sobre el presunto maniqueísmo y sensiblería del cine de Spielberg. Es cierto que Spielberg sabe perfectamente como atornillar al público con todos los trucos y golpes bajos posibles para asegurarse de que, al final de la película, se hayan agotado todos los kleenex en la sala; sin embargo, eso es sólo una técnica narrativa, tan lícita como cualquier otra. Es algo que ya hizo en E.T., El Color Púrpura, El Imperio del Sol o La Lista de Schlinder. Y es lo mismo que ya habían hecho, mucho antes, películas como Lo que el Viento se Llevó, Casablanca o La Heredera. Eso, queridos, no es otra cosa que cine en estado puro.

Chema Pamundi y su Yeti