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El refinado gusto de los aguafiestas

 

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No hay fiesta sin orquesta. Nuestra deuda hacia las orquestas es enorme. Siendo sinceros, la mayoría de nosotros estamos aquí gracias a que nuestros padres "festejaban", pues el ejercer como novios siempre se dejaba para las celebraciones populares. Se presentaba entonces la ocasión para arrimar los cuerpos al ritmo de las canciones del momento y arrancar el proceso que la naturaleza lleva hasta lo que ustedes ya conocen. Al menos eso espero.

Las orquestas, por exigencias alimenticias, recurren a diferentes repertorios según el lugar y las circunstancias de la actuación.

Personalmente me siento muy cercano a las orquestas cuando ejercen el repertorio de fiesta de pueblo -no confundir con las de sala de fiestas-, a las que tocan en el casino a la sombra de las parras junto a las mesas corridas donde apuras el carajillo. Hay en ellas un componente lúdico, a veces muy oculto entre la tosquedad y la sal gorda habitual, que encuentro muy próximo, a pesar de mi resistencia a tocar palmas al son de Paquito el Chocolatero-. Cierto es que el aspecto de la orquesta típica es lamentable: trajes de telas brillantes con claves de sol bordadas en las solapas, la inevitable corista en minifalda y, misterios de la música contemporánea, el bajista como director musical, cantante principal, líder del grupo y finalmente objetivo primordial de los impactos hortofrutícolas.

Atroz.

Pero una vez inmunizado ante esa imagen dantesca, las orquestas son para el ojo entrenado un ejercicio de antropología de la diversión.

No debemos confundir churras con merinas, a pesar de que la orquesta sea la misma. No debemos confundir el repertorio clásico, dirigido básicamente a los matrimonios, con esa otra rama, más infecta, que en terminología de programa de festejos se conoce como "música para la juventud": una actividad consistente en interpretar, o mejor dicho ejecutar, piezas de éxito reciente para dar cancha a las nuevas generaciones y a sus cada vez más extraños bailes. Como consejo base, si tras su sesión de boleros y salsas la orquesta anuncia que va a comenzar el repertorio para la juventud, apuren sus copas y abandonen el recinto cuanto antes. Los músicos han sido poseídos por el diablo e insisten, a base de intentar agradar a todos, en no contentar a nadie.

Desde siempre, el infierno han sido las orquestas con sus temas para la juventud, patéticas en su selección musical y limitadas en su capacidad interpretativa -que permite la intercambiabilidad de las orquestas; igual da esta que aquella-, incapaces de conseguir un solo momento de disfrute.

Las bandas de rock, las formaciones independientes y demás grupos musicales de sala de concierto son evidentes herederos de las orquestas, y tras una evolución no precisamente ideal. En lugar de conservar las orquestas en el terreno de lo lúdico y retomar la diversión como el centro de los conciertos -¿quién va a un concierto a amargarse?-, a fecha de hoy la práctica totalidad de las actuaciones musicales se producen en la estirada tradición de la música de cámara: se requiere la atención plena del asistente, que se ve obligado a atender lo que sucede en escena y debe reprimir sus instintos más urgentes sobre la groupie más cercana, que ha acudido también a abstraerse mirando un escenario sin novedades. La extroversión en los conciertos, el promover la diversión desde los micrófonos incluso en las actuaciones de grupos de última ola, ponen particularmente de los nervios a los comentaristas musicales que gustan en sus artículos en revistas especializadas de defender la pureza en los sonidos, de alabar la formalidad en la escena y, genéricamente, de hacerse

los duros en sus columnas.

Afortunadamente no está todo perdido y hay -al menos- una banda que ha

recuperado la tradición de las orquestas, pero esta vez dando verdadero sentido a la música para la juventud.  Primero haciendo gala de un brillante gusto en las piezas, que deben ser naturalmente de éxito para disfrute de los asistentes. Y después modificándolas, por un lado para aumentar la diversión de los asistentes y por otro para que su orquesta sea diferente de todas las demás. Ya no contratas al grupo que intenta tocar las canciones como aparecen en el disco, sino al que coge el tema y lo transforma, lo enriquece desde el conocimiento y el respeto, transforma éxitos en canciones propias, convierte su actuación en personal, única, no reemplazable con cualquier otra.

Por supuesto, los comentaristas musicales no han dudado en marcarles con el estigma de lo hereje. Los aguafiestas vuelven a gritar a la multitud que deje de pasárselo bien con lo que de veras les divierte y que atiendan a lo que los intermediarios de lo divino les dicen que es espectáculo. Insistiendo e insultando porque no nos divertimos como la gente estirada y aburrida. No se revuelvan, no se rían, no bailen agarrado. Los gafapastas convertidos en agrios sacerdotes de perilla y colgante.

Olvídenlos y acérquense a bailar. Parece que empiezan...