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La opinión inofensiva

 

Pórtico Luna

Deténgase en la máquina de café de la oficina y escuche. Preste atención al esperar turno en la carnicería. Los diálogos han alcanzado el horizonte en sus temáticas, han llegado al fatídico punto de no retorno. Ya se han revelado los obeliscos culturales definitivos de la interacción humana. Los puntos de referencia de la cultura contemporánea a pie de calle son tres, y si obviamos la televisión —que va perdiendo entidad a base de empaparse de sus iguales— las biblias actuales se reducen a dos: el Marca y el Lecturas.

Ahora bien, y he aquí la pregunta del millón, ¿qué es lo que tienen en común estos dos mundos? Muchos dirán que el acceso gratuito a la información, pues la televisión cubre exhaustivamente tanto el deporte como la prensa rosa. De ser ese el motivo esencial, la televisión no tendría necesidad de recurrir a esos temas para incrementar la audiencia: la propia programación, de puro gratuita, sería el tema de conversación base; pero la oferta de las 365 líneas está aprovechándose del tirón de sus vecinos. Otros lectores, más inflados de ego, dirán que la clave está en el mínimo esfuerzo intelectual que necesitan. Eso son ganas de insultar: basta echar una mirada a los contenidos de los suplementos semanales de cualquier periódico para confirmar que estamos rodeados de cultos a la idiocia. Y de todas ellas, dos son las claras ganadoras. Es justo respetar a los campeones.

Lo que une al deporte y a la prensa rosa, lo que lo diferencia de los demás temas, es que nos permiten nadar y guardar la ropa. No hay muchos temas que no nos impliquen. Cuando hablamos de política, si uno defiende posturas del marxismo queda marcado como un rojeras para el resto de su vida; si defendemos los derechos de los homosexuales, el detalle será recordado fácilmente; si insistimos en la dudosa financiación de la Iglesia se nos guardara en la agenda negra con frecuencia. En la mayoría de los temas somos marcados para siempre por la postura que reflejamos en un momento determinado. Si durante una época practicamos el sadomasoquismo y luego volvemos al habitual sexo heterosexual, no podremos deslindarnos a ojos de los vecinos de nuestro pasado. Los oportunistas que cambiaron de chaqueta con el sol que más calentaba nos han herido de muerte: o somos siempre lo que dijimos que fuimos o los demás se encargarán de mantenernos ahí. Toda declaración es un baño en arenas movedizas.

Pero el Marca y el Lecturas son dos ámbitos en los que se nos permite cambiar de opinión cada semana, incluso cada diez minutos. Podemos decir que tal equipo de fútbol es un grupo de mantas y dos goles después clamar llenos de orgullo que son lo mejor que ha parido madre. De la hija del marqués podemos opinar el viernes que es una pelandusca y el jueves reclamar su beatificación. Nadie nos va a tener en cuenta lo dicho.

Solo unos minúsculos sectores de los mundos atlético y rosa nos llevan de nuevo al sectarismo: por un lado está muy mal visto que uno alterne las preferencias blancas y blaugranas; por otro, comentar las actividades extraescolares de la familia real nos puede crear las antipatías más diversas. Existen temas que de nuevo nos sumergen en el lodazal de la apreciación de los demás. Lo importante es denotar que el lodazal en el que nos sumergimos es social, es creado por los demás en el perfil que se crean de uno mismo. Un lodazal que sólo podemos evitar comentando aquellos temas que no nos comprometen.

Y como hay conversaciones todos los días, hay que nutrirse regularmente con novedades sobre los temas protegidos. Para qué si no iba a pagar nadie un periódico cuyo contenido básico es la crónica del entrenamiento de ayer. ¿Acaso interesan los ensayos de las obras de teatro? La del diálogo actual es la política de la desesperación, la del único territorio que nos queda una vez que nos han acorralado. Tengo que seguir hablando y cada día hay trampas dialécticas que evitar. Estamos rodeados.

En el diario El País del 22 de junio de 2000, la portada nos anunciaba que la crónica de la remontada de la selección española de fútbol abarcaba las "Páginas 50 a 68". Imaginen el atentado, el magnicidio, la masacre más extrema y pregúntense si el tema ocuparía 18 páginas, o se reduciría a cuatro más editorial y columna de opinión. El gobierno ha declarado el fútbol como asunto de interés general. No hablen de injusticias sociales. No hablen sobre si es pertinente levantarse de madrugada para potenciar el beneficio de otros. No hablen. Parece que hace buen tiempo.

 

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>