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Lo moderno

 

Pórtico Luna

Paseando por las calles y fijándome en los escaparates, entrando en los bares, visitando plazas, acudiendo a estrenos, convocatorias y otros eventos, preguntando a los transeúntes, viajando de metro en metro, de barrio a barrio.

Recorriendo en fin la ciudad, y dejándome caer en los recovecos en los que puedo meterme, he buscado lo moderno.

Lo moderno.

Por ahí me dijeron ser poseedores de lo moderno.

Me lo dijeron seres con patillas de los años sesenta, pancartas de los setenta o disfraces sacados del baúl de las remezclas, durante la fiesta de fin de milenio.

Me lo dijeron personas que saben mucho de eso: editores de revistas, modelos, gays, promotores de discoteca, dependientas y gentes de la pasarela y el posado, mientras investigaba los efectos de la cirugía plástica.

Me lo dijeron canciones que encontré como salidas de un club de élite universitaria, aderezadas con vestuarios vintage y costumizados, mientras buscaba un trozo de tela en Los Encantes.

Dijeron también poseer lo moderno, o haberlo poseído en algún momento, en una tertulia multigeneracional, desde varios flancos de la mesa.

Acabé haciéndome a la idea de que lo moderno es un escenario camp con pequeños platillos volantes a modo de guirnaldas, sobre el que toca la canción alternativa del verano, una banda formada por modelos frustradas pero monas y un coro de diseñadores gráficos con voces aflautadas.

O algo así.

Encontré que los libros están fuera de onda, a no ser que vengan reseñados por un artista del peinado, y que las corrientes de pensamiento eran aquellas que cerraban las puertas de un golpe.

Descubrí que lo moderno es una banda como las de las misses.

Incluso llegué a pensar que lo moderno era un ente moldeable al gusto del consumidor y que nunca se sabe cuando se está en lo cierto, o en lo moderno.

Comprobé que hay para quien lo moderno es una colección de discos o de zapatos, una sarta de palabras extrañas cosidas entre ellas por algunos coloquialismos, o un itinerario de bares y casas de amigos con nombres y apellidos.

Y di por terminada mi búsqueda cuando determiné que lo moderno nunca es moderno porque al materializarse, pasa inmediatamente a la página anterior, convirtiéndose en el más vanguardista de los pasados.

El consejito de belleza de hoy: evite en la medida de lo posible, poseer lo moderno. Es un engañoso tónico facial que se vende como rejuvenecedor, y al final acabará usted temiendo a los radicales libres.