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Tres propuestas

 

Pórtico Luna

Hoy os voy a hacer tres propuestas. Tres películas que no deberíais perderos. Tres óperas primas de tres directores que prometen. Tres películas de género fantástico (¿Que esperábais? ¿Tres comedias románticas?) que estoy seguro os encantarán. Pero, lamentablemente, también son tres películas que estoy seguro que la mayoría de vosotros jamás veréis. Porque no vais a poder encontrarlas en ninguna sesión golfa, ni en el Blockbuster de la esquina, ni las van a dar en el Plus. Yo las ví las tres en cine en su momento (en festivales ignotos, en pases a horas intempestivas y con la sala vacía), pero es que yo estoy muy enfermo; vosotros os lo vais a tener que currar en serio, vais a tener que sudar si queréis echarles el guante. Os lo pongo chungo, ya lo sé, pero es la única manera de que aprendáis.

¿Y a qué viene tanto empeño en culturizaros? Pues porque son tres películas que ponen de relieve lo mal que está el género en la superficie, y la cantidad de cosas interesantes que se mueven bajo la alfombra, en lugares donde nunca mira nadie, principalmente por pereza. Porque claro, es mucho más cómodo ir el día del espectador al multisalas de turno a ver la última tontería oscarizada, que ponerse a bucear en busca de propuestas arriesgadas, frescas y renovadoras, y que encima nos obliguen a desarrollar una opinión propia, sin la muleta de un crítico que nos diga lo que está bien y lo que está mal. Además, me produce desazón que estas tres películas (las he elegido casi al azar; hay muchos otros títulos que podrían haberme servido igual) caigan en el olvido sin que nadie les dedique ni siquiera un memento. Así que aquí estoy yo, dispuesto a poner las cosas en su sitio. Al fin y al cabo, para recomendaros mierdas como El Ataque de los Clones ya tenéis a todas las cadenas de televisión machacándoos 25 horas al día; no os hace falta otro vocero más.

 

Trees

En los bosques de un apacible parque natural, en el corazón de Estados Unidos, empiezan a producirse extrañas muertes. Varios excursionistas y lugareños aparecen descuartizados. Pronto, el guarda forestal de la zona descubre que se trata de un árbol asesino, un gran pino blanco (pinus strobus), que se mueve por el bosque atacando a sus víctimas cuando están solas e indefensas. El guarda forestal intenta cerrar el parque para evitar más muertes, pero el consejo del pueblo le advierte que la temporada de acampadas está a punto de comenzar, y no están dispuestos a quedarse sin el dinero que dejan los turistas. Finalmente, el guarda forestal decide contratar los servicios de un experimentado leñador, y de un botánico especializado en plantas devoradoras de hombres. Juntos se internan en el bosque en una camioneta, a la caza de la bestia conífera…

¿Les suena? ¿No? Ahora prueben a cambiar el árbol por un escualo gigante, el parque natural por las playas de Amity, la camioneta por una embarcación de pesca, y al guarda forestal, el leñador y el botánico por un sheriff, un pescador de tiburones y un oceanógrafo, respectivamente. ¿Y qué tenemos? Tenemos Tiburón, por supuesto. Porque eso, y no otra cosa, es Trees ("Árboles"). Pero ojo, que no estamos hablando de un remake o una adaptación del clásico de Spielberg, sino de una fotocopia plano por plano (literalmente), que utiliza el mismo guión, las mismas situaciones y los mismos diálogos como punto de partida (modificados donde era necesario, para hacer encajar la historia), pero rodada en video, con actores desconocidos, y con una cutrez total de medios. Lo cual, por supuesto, no le resta ni un ápice de gracia. Una película como Trees demuestra, entre otras cosas, que plagiar rara vez consigue resultados clónicos. Aunque repitas la misma historia, los mismos personajes y hasta la misma secuencia de planos, el resultado nunca será la misma película.

Según su director y guionista, Michael Pleckaitis, Trees más que una parodia es un homenaje, una prueba de admiración por uno de los mayores iconos del cine de los setenta. Y la verdad es que, como homenaje, es sumamente efectiva (igual que lo fue en su momento la tan fallida como incomprendida Psycho de Gus Van Sant, que también reproducía plano por plano la obra maestra de Hitchcock). Sus carencias (el formato de video, la música de organillo, los actores de tercera, los efectos especiales caseros…) ponen de relieve los logros del original. Principalmente, que Spielberg es un mago de la planificación y que Tiburón, por su sencillez expositiva, su ritmo narrativo, su dibujo de personajes y su potencia visual, es una cima absoluta del "fantastique", a la altura de clásicos indiscutibles como Los Pájaros o Nosferatu. Lo mejor del caso es que, al imitar miméticamente una obra maestra, Trees se contagia, y se convierte a su vez en una excelente película de serie Z, con unos diálogos, una dirección y un cuidado técnico (montaje, iluminación, sonido…) inusitadamente buenos para un producto de sus características.

Pero es que, además, Trees es tremendamente divertida. La mayoría de sus gags vienen propiciados por la comparación con el original (los gritos del sheriff de "salgan fuera del agua", son sustituídos aquí por "salgan fuera del bosque"; en vez de lanzar carnaza al agua para atraer al monstruo, esparcen abono fertilizante por el suelo; el duelo de cicatrices producidas por bestias marinas se convierte en un duelo de rasguños y urticarias producidas por plantas o por caerse en el bosque…). Lo mejor: la escena legendaria en la que el cazador de tiburones Quint explica su peripecia a bordo del barco de guerra que transportaba la bomba de Hiroshima, que fue torpedeado y hundido por los japoneses, y cuya tripulación fue devorada por los tiburones; en Trees, el leñador explica que estaba en Vietnam, a bordo de un avión que transportaba un árbol de navidad hasta su base, cuando el fuego antiaéreo vietcong los derribó sobre la jungla, donde fueron despedazados por los árboles. Surrealista, sí.

La buena acogida de Trees en Estados Unidos ha sido totalmente inesperada. Se editó directamente en video, y su éxito entre el fandom ha permitido estrenarla en algunas salas comerciales, e incluso pasearla por diversos festivales. En estos momentos, su sorprendido director ya tiene lista Trees II, la secuela. Bien hecho. Aunque por descontado, perdido el efecto sorpresa los resultados ya no serán iguales (principalmente, porque Tiburón 2 era muy mala, y no es digna de ningún homenaje).

 

I, Zombie

Entre los monstruos clásicos del cine de terror, el zombie siempre ha sido una especie de hermano pobre del vampiro; con similares problemas de higiene personal y parecidos hábitos alimenticios, pero sin nada de su pompa y su atractivo erótico, y desde luego sin una pizca de su dignidad (comer carne humana es menos poético que beber sangre). A pesar de resultar un mito fascinante, las películas que han tratado al zombie en su justa dimensión son escasas (así de memoria, me salen Yo Anduve con un Zombie, La Noche de los Muertos Vivientes y pare usted de contar). Sin embargo, recientemente ha aparecido una peliculita, pequeña, británica, independiente y oscura, dispuesta a dignificar este subgénero: I, Zombie, de Andrew Parkinson.

I, Zombie: The Chronicles of Pain (Yo, Zombie: Las Crónicas del Dolor), nos cuenta la triste historia de Mark, un botánico, un tipo normal y corriente, que está en el bosque recogiendo muestras de moho, cuando se topa con una casa abandonada. Allí encuentra el cuerpo de una mujer, aparentemente muerta y en avanzado estado de descomposición, pero que de repente le ataca, mordiéndole el cuello y huyendo. Mark intenta perseguirla, pero pronto cae inconsciente.... Tres semanas después, Sarah, la esposa de Mark, denuncia en la policía la desaparición de su marido. Sarah ignora que el motivo por el cual Mark no ha vuelto a casa es que la mujer moribunda era en realidad una zombie, y su mordisco le ha infectado a su vez a él, zombificándolo. Mark alquila un nuevo piso donde ocultarse del mundo exterior, y allí empieza a llevar un diario en el que deja testimonio de sus experiencias y reflexiones, a medida que su estado se va agravando, su cuerpo se va pudriendo, y su hambre de carne humana aumenta, hasta llevarle al asesinato.

Mark, como científico, adopta al principio un tono racional y analítico para describir su situación ("Mi vida está organizada en torno a la necesidad de obtener comida" dice en una ocasión). Sin embargo, a medida que se va sintiendo más sólo y desesperado, que adquiere conciencia de estar perdiendo toda sombra de humanidad, los ataques de ira y las depresiones aumentan. Mark, además, tiene profundos remordimientos por sus asesinatos, e intenta resistir su voracidad de carne humana, pero cuando no se alimenta sufre fuertes dolores y convulsiones. Su zombificación es tratada en la película como una adicción degenerativa, con no pocos puntos de contacto con películas como El Hombre del Brazo de Oro, o Días sin Huella. De este modo, I, Zombie, lejos de limitarse a ser un filme de género (sustos, sangre y pus) se convierte en un estudio, en un tono cercano y casi documental, sobre la muerte (tanto física como social), y el olvido que conlleva, y también sobre la naturaleza del alma humana. Parece comúnmente aceptado que nuestra personalidad, todo lo que nos hace únicos, está en nuestro interior, pero ¿Qué queda realmente de nosotros cuando la carcasa que ocupamos se corrompe y pudre hasta convertirnos en un pellejo inútil? (aquí, las referencias al SIDA son evidentes). Esta segunda lectura, que cae sobre el espectador como un hachazo, es lo que hace de I, Zombie un filme atrevido, brillante y muy incómodo de ver.

I, Zombie, por supuesto, no renuncia a la parte gore de cualquier película de muertos vivientes que se precie (excelentes efectos de maquillaje, por cierto); pero en este caso, la casquería está perfectamente ceñida a la narración. En un momento dado, Mark se rompe la pierna, y solventa la situación con su maleta de bricolaje, clavando una traviesa de metal a su pierna mediante un taladro, como quien repara un armario. En otro momento sublime (lo digo en serio), vemos a Mark masturbarse frente a la foto de su esposa, intentando recuperar algo de su perdida humanidad. Sin embargo, su avanzado estado de putrefacción no resiste el "tira y afloja", y lo único que consigue es quedarse con la polla en la mano, gritando horrorizado. Esta escena, que en manos de cualquier otro director provocaría las carcajadas de la platea, en I, Zombie despierta un tremendo sentimiento de lástima por el protagonista.

La guinda de I, Zombie la pone uno de los finales más desoladores que ha dado el cine de terror desde La Semilla del Diablo. Pasa el tiempo y Sarah, la esposa, asume finalmente que su marido nunca volverá, y la vemos alejarse calle abajo, tras tirar a la basura la ropa y los efectos personales de Mark. Toda una vida, reducida de pronto a los pocos objetos que caben dentro de una bolsa de basura...

Nota: La segunda película de Andrew Parkinson, Dead Creatures, vuelve sobre el mismo tema. Esta vez los protagonistas son un trío de jóvenes zombies, que residen en los suburbios de una gran ciudad. Quienes la han visto dicen que es una mezcla imposible entre George A. Romero y Ken Loach. Habrá que estar atentos.

 

Karate a Muerte en Torremolinos

Torremolinos, verano del 2000. El doctor Malvedades ("un ser maligno... misterioso... argentino...", como le define uno de los protagonistas) llega a la tranquila ciudad de Torremolinos, escoltado por sus cuatro zombies ninjas (resucitados a partir de los cadáveres de los cuatro karatekas más temibles de la historia), dispuesto a despertar de lo más profundo de la costa malagueña al durmiente monstruo preternatural Jocántaro, una bestia ciclópea mitad pulpo mitad centollo, gracias a la cual Malvedades pretende convertirse en el amo del mundo. Para invocar a Jocántaro, necesita la sangre de cinco chavalitas recién desvirgadas, y sus ninjas zombies empiezan a peinar la localidad, secuestrando muchachas y arrancando la cabeza a todo el que se les ponga chulo. El alcalde intenta detener la ola de horror contratando los servicios de Chuck Lee, maestro de las artes marciales (que en su primer encuentro con los zombies ninjas es convertido en carne picada), y más tarde del profesor Orloff, parapsicólogo televisivo que recibe mensajes del más allá usando como canalizador un Simon (el juego ese de las lucecitas y los sonidos). Sin embargo, todos estos intentos fracasarán. Los únicos que saben la oscura verdad que se cierne sobre la apacible villa de Torremolinos, los auténticos héroes que cargarán con la responsabilidad de detener el apocalíptico plan del doctor Malvedades, son los miembros de la Hermandad de Surfistas Católicos, un grupo de jóvenes castos y célibes, que sortean las olas en sus tablas de surf en el nombre del señor.

Partiendo de este planteamiento desquiciado, Karate a Muerte en Torremolinos es una ametralladora de referencias y homenajes psicotrónicos: Bruce Lee, Karate Kid y el cine de artes marciales en general, la cultura de la telebasura, el cine de Jesús Franco (que tiene un corto papel como el impagable maestro Miyagi, que aparece del más allá para entrenar a los surfistas católicos en su lucha contra el mal, a cambio de que le pasen unas chinas), la cultura pop (banda sonora firmada por Jorge Explosion), los relatos de terrores cósmicos de H. P. Lovecraft, el espíritu Troma, las primeras películas de Peter Jackson (etapa Mal Gusto y Braindead), la caspa hispana y el landismo...

Porque, efectivamente, la película de Pedro Temboury chorrea caspa, pero "caspa inteligente" (incluso entre la caspa hay clases), sin caer en lo obvio y lo chusco; un tipo de caspa a la que bodrios como Torrente, Airbag, Año Mariano o La Mujer Más Fea del Mundo, jamás podrán aspirar (y es que no basta con sacar a José Luis Moreno, Espartaco Santoni o Luis Cuenca haciendo el ganso). Otro gran hallazgo de la película es el look deliberadamente cutre (Karate... no sólo reconoce sus estrecheces presupuestarias, sino que incluso saca partido cómico de ellas: el monstruo marino Jocántaro o el grupo de extraterrestres que aparecen por el morro al final de la película parecen fugados de Barrio Sésamo, mientras que la vestimenta del maestro Miyagi, con esa gorrita de mandarín de cartón con coleta postiza incluída, es un gag en sí misma). Técnicamente, aparte de algún encuadre original de cámara, la verdad es que Karate... no es gran cosa, pero tampoco lo pretende. Las interpretaciones están en ese nivel en el que, de tan malas y amateurs, resultan tronchantes. En cuanto al humor, por fortuna los chistes inteligentes, de diálogo, priman sobre el slapstick barato o la astracanada gratuita (cuando uno de los surfistas católicos confiesa haber invocado el espíritu del maestro Miyagi pidiendo ayuda, uno de sus compañeros exclama "¡¡pero que has hecho insensato... eso es apostasía!!" a lo que otro contesta "¡¡pero que dices hombre, eso es nemostesia!!").

Karate a Muerte en Torremolinos es una película entrañable, divertida, chiflada y carente de pretensiones; algo que no se puede decir precisamente del noventa por ciento de la producción nacional de largometrajes. Pedro Temboury parece seguro de que acabará encontrando una distribuidora dispuesta a estrenarla; en todo caso, eso será una anécdota sin importancia. Lo que tendría auténtico valor es que el público que va a ver cine español se dejara de aburridos telefilmes de lujo como Juana la Loca, de ridículos pastiches postmodernos como Hable con Ella, o de patéticas imitaciones de las slasher movies yanquis como Tuno Negro, y se decantara por Karate a Muerte en Torremolinos. Eso sí que sería la bomba...

 

Chema Pamundi y su Yeti