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Crónicas finiseculares

 

Pórtico Luna


Reloj de humo (
vicio y metafísica)

Barcelona postolímpica; más o menos. Mayo agoniza; primera canícula del año.

El sol de sobremesa calienta un cuchitril desordenado. En el cuchitril, un camastro; y sobre el camastro, un servidor de ustedes, entregado con lascivia a mi vicio predilecto: mirar el techo.

En el techo no hay absolutamente nada, que conste; pero como consumo horas y horas mirándolo, pues siempre acabo viendo en él cientos de cosas. Hay muchas maneras de mirar un cuadro, un paisaje o una cara, pero sólo hay una forma de mirar al techo; no entraré pues en detalles, al respecto.

Este servidor de ustedes también fuma. Sí, estoy fumando, tendido y pasivo, sobre mi camastro sudado. Como en un experimento, se dilata el tiempo en mi conciencia; sintiendo el presente, casi hasta atraparlo. Inspiro y expiro, lento, paciente, pasmoso, como si alargara mi vida. Metódicamente, lleno los pulmones de pneuma vital; luego los vacío con largos y silenciosos suspiros. La respiración es mi único reloj. Inspiro y expiro... Cada quince o veinte veces le doy una calada al cigarro; cada cuarenta o cincuenta, parpadeo; cada diez mil, cambio ligeramente de posición.

El aliento marca los segundos; el cigarrillo, los minutos. Anuncio el cambio de hora con una leve mueca y saludo al nuevo día reorientando mi esqueleto. Entretanto, mis dos ojos, clavados en el yeso interminable y monótono.

Así paso la vida; así me deslizo, con parsimonia, sobre el fondo blanco y liso de un techo sin sombras ni arrugas. Inspiro y expiro...tic, tac...tic, tac... Detrás de un cigarro, otro cigarro; y luego otro más...

Hay muchos modos de inhalar el humo del tabaco, tantos, al menos, como maneras de entender la relación entre un hombre y un cigarro. Hay quien flirtea una temporada con la nicotina. Hay quien no puede soportarla. Hay también quien hace amistad duradera con ella. Y quienes en una noche loca echan una caladita al aire, sin ir más allá. Los hay que guardan con el tabaco una relación matrimonial, más o menos insoluble; gente cuya existencia está íntimamente ligada a un pitillo. Hay, incluso, a quien le resulta del todo punto imposible entender una relación entre él mismo y cualquier otra cosa, si no tiene un cigarro a mano. Su desdicha es tal, que hasta para plantearse dejar el tabaco, tienen que fumar. Un adicto es una persona casada con un cigarro. Está convencido de que uno se casa para siempre y de que ya no hay vuelta atrás. Por eso guarda hacia su amado una fidelidad inquebrantable. Si no se interpone un tercero, generalmente en forma de médico, el adicto vivirá un amor plenamente correspondido, pues el olor del tabaco no le abandonará ya hasta que, bajo tierra, la fetidez de su cuerpo corrupto solape el perfume de las esencias.

Pero es forzoso que un amor tan obsesivo condicione la relación de pareja. No aspira igual el marido fiel, que el amante promiscuo; el hombre experto, que el joven prematuro. Cada cuál fuma, tal y como ama. El fumador convulsivo, por ejemplo, que prende el cigarro con la sagrada llama del infierno y enloquece aspirando a una endiablada velocidad. Chupa y chupa, con todo el desespero que el vicio es capaz de producir en su débil alma. Antes de consumir medio pitillo, ahoga la brasa, oprimiéndola violentamente contra la opacidad del cenicero y a los dos o tres minutos repite miméticamente la operación, con idéntica y voraz ansia. Para el fumador de "pose", por contra, fumar es, ante todo, un gesto. Suele exagerar todos los movimientos relacionados directamente con esta práctica. Ensaya la manera de abrir las cajetillas, con mayor ahínco cuando se trata de una petaca; saca el cigarrillo con mucha exquisitez y tras alardear de encendedor, le pega fuego con gran despliegue de medios. Luego, lo exhibe un rato y lo inhala encerrando el humo en su boca y modulándola con grotescas muecas, para acabar ofreciendo a los presentes un espléndido número de humos de artificio. Finalmente, lo mata como mandan los cánones. Hace todas estas cosas con mucha clase, pero no sabe lo que es la clase.

Otra especie incluye fumadores casuales o primerizos, que no saben, ni quieren tragarse el humo. Fumar es para ellos algo extraordinario y por eso cuando fuman convierten ese acto en algo primordial. Mientras dura la combustión están continuamente pendientes de sus movimientos y cualquier cosa que estén realizando a la vez, pasa a un segundo plano. Hablen, escuchen, escriban o lean, jamás olvidan que están fumando. Como no están habituados a tener objetos entre los dedos, cogen el pitillo con extrema prudencia. Con poca o ninguna convicción, lo trasladan hasta la boca y mediante caladas timoratas le extraen la sustancia, casi sin querer.

Mucho más enriquecedor resulta el estudio del modo peculiar en que circulan los humos por el organismo de un fumador de pipa, sin echar en olvido a los consumidores de puros, otra variante del tabaco cuya gama abarca desde la hoja de habano enrollada, hasta el tarugo de papel relleno con virutas de fórmica.

Pero hay, sin embargo, quien fuma por placer, aspirando honda y pausadamente cada bocanada; que maneja a voluntad el humo para excitar sus papilas con las volátiles partículas de la combustión. El fumador de estirpe sabe como tratar el tóxico y embriagador jugo del buen tabaco, lo mueve por donde mejor se aprovecha, lo paladea, lo clasifica, lo exprime; juega con él.

A mí me gusta el tabaco. Fumar me ayuda a continuar sin torcer el paso. Utilizo el tabaco para medir el tiempo y distribuirlo a lo largo del día. Cada cigarro cumple su función: éste, la de acabar de despertarme; ése, la de acortar la mañana; aquél, la de completar el almuerzo; y así, hasta apurar el último pitillo, justo antes de perder la conciencia, ya de madrugada. Cuando fumo sé que existo.

Sigo leyendo en el techo. Parpadeo. Me molesta el sudor. Llevo mucho tiempo leyendo en el techo. O poco, ¿qué más da?. No ha pasado ni una hora, ni un minuto. Es un momento de mi vida. ¿Desaprovechado?. O todo lo contrario. No quiero contar su duración, no quiero leer ningún reloj, ni explorar mi mente, tan limitada, ni tampoco quiero organizarme. No quiero bucear en mi corazón, que es un reloj biológico como otro cualquiera...tic,tac...No quiero percibir mi existencia en el continuo temporal. Desearía pararla. Es imposible, pero al menos recreo la ilusión de un sucedáneo imaginario de eternidad. Y cuando esta paz inerte escapa a mi control, estreno un pitillo. Y fumo. Aspiro fuerte; fijo la mirada en el cilindro que arde. Situado en el espacio geométrico, la longitud del cilindro merma, instante a instante. Se consume, existe; dura. La vida del cigarro no es larga; no es corta. Es simplemente la suya. Sólo puedo considerar la vida del cigarro, con relación a mis propios parámetros. Me maravilla sentir el poder de acelerar su fin. Es un asombro contenido; sé que es pura ilusión. Puedo contar los minutos que ha durado la brasa, ¿pero cómo escapar a la subjetividad de esa apreciación?. Tres minutos y veintitrés segundos; muy bien, ¿y qué?. Veinticuatro horas, una mariposa; setenta y cinco años, un europeo medio. ¿Y qué? ... Tres minutos y veintitrés segundos... toda una eternidad. La vida del cigarro es eterna; es la suya, su vida, y no tiene otra; por eso es eterna. Dura tanto como vive. Delante y detrás no hay nada más que el vacío, y el vacío no puede afectarle. Tres minutos y poco más... Su brevedad es todo el tiempo del mundo.

He perdido la mirada en la totalidad blanca de la techumbre. ¿Se puede perder la mirada?.

La unidad cromática; la regularidad morfológica del techo: pura ilusión. Toda igual, sin adorno, sin detalles; una abstracción en blanco. Sin embargo, para mí aquella superficie es el marasmo. ¿Cómo encontraré allí la mirada perdida?. Imposible.

Sigo fumando. Vedme ahí, sobre la cama, sorbiendo nicotina y mirando estúpidamente el techo. Se diría que estoy aburrido. Pero no; estoy muerto. Muerto de asco, de hastío, de tedio. Mi cuerpo yace sin vida. Por que esto no es vida.

O cuando menos no lo parece.

fin