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Espejo de los domingos

 

Pórtico Luna

Miren la pelotita y no pierdan ojo. La mano es más rápida que la vista.

Estamos en 1990. Supongamos que usted y yo hacemos una apuesta para imponer para imponer los zapatos de plataforma, o mejor aún, para lograr que retorne con fuerza la imagen Sonny Crockett que tanto lucía los planos de Corrupción en Miami, en particular el lucir trajes sin calcetines. Propongámonos, en general, intentar popularizar la práctica más peregrina, que nunca ha interesado a nadie y que estamos convencidos de que volverá a no interesar a nadie en un plazo medio-corto. Pongamos de moda, por ejemplo, jugar al pádel.

Es evidente que si usted y yo nos ponemos a jugar con raquetas en mitad de la gran vía o en la calle mayor no vamos a tener a la mañana siguiente una legión de seguidores. Ni siquiera despertaremos una mínima curiosidad por "lo que están haciendo estos pringados". La cosa cambia, claro, si la cosa se filma por profesionales, es montado por un realizador al que no le damos ningún crédito, y lo emitimos repetidamente en las pausas publicitarias cerrando las imágenes con una línea curva y puntiaguda que sirve como logotipo a una marca deportiva. En un momento pasamos de ser dos locos que hacen el ridículo en la vía pública a ser respetables símbolos del espíritu deportivo que luchan por popularizar una disciplina desconocida.

No pierdan la bolita de vista. Si las imágenes se emiten en un telediario, somos los minutos de la basura, el patético testimonio de las intenciones desquiciadas. Si las imágenes aparecen en las pausas publicitarias, y más si se cierran con un símbolo comercial, lejos de conseguir el desprecio a la naturaleza humana, obtienen una patina de respetabilidad. Esta cualidad se pierde si, por ejemplo, sustituimos la marca deportiva del cierre por una marca de conservas en aceite. Vuelve a mejorar si el logotipo final es el de una bebida refrescante. Cae en picado si la imagen final corresponde a una lejía que respeta los colores. No se si están viendo el juego de espejos.

Volvamos atrás y reconsideremos las personas que entran en plano. Dejémonos de ideas "vamos a aparecer nosotros" y contratemos a personas más efectivas para llevar el estandarte de nuestra causa. ¿A quiénes situamos como protagonistas?, es decir, ¿quién va a ser nuestro agente comercial? Haga una encuesta entre los que le rodean y verá que la alineación vendría a ser algo así: deportistas de prestigio, músicos populares, actores conocidos, conocidas modelos de pasarela, presentadores de televisión. En suma, carne de suplemento dominical.

La cosa cambia. Ya no estamos siguiendo las tendencias del pringado que se cruza con nosotros en la calle con unos zapatos de plataforma. Estamos siguiendo las tendencias del pringado que sale en portada este domingo en el periódico de turno. Un momento, dirán. Ese no es un pringado ¿verdad? No, cielos, es una persona de éxito. No como tú. Por muy bien que te encuentres.

"Si un gusano pudiera pensar, pensaría que no está tan mal". Basta una frase tan poco sólida como esta para mandar al garete cualquier defensa de un modo de vida no homologado. Debemos de vivir como dios manda, trabajando, produciendo, y no viviendo de la mujer como Jean Luc Godard. La única manera de mejorar a ojos de los compañeros de cortado es fardando de coche, fardando de casa y fardando de viajes, pero sin fardar. Hemos reducido la guerra a los mismos términos. O sea, hemos perdido.

El éxito, que es el eufemismo con el que aderezamos la receta, viene de una línea de convencimiento que se ha venido a llamar liberalismo norteamericano: el hombre hecho a sí mismo, la ascensión social, un automóvil reluciente, una casa sin vecinos. Y no hay nada que discutir. Si quieres ganar a baloncesto tienes que meter el balón por el aro más veces que tu adversario, si quieres que no te tomen por el pito del sereno tienes que tener la cuenta corriente en jugosos números negros. Si quieres otras reglas, cambia de deporte. Baloncesto está asociado a aro, éxito está hermanado con dinero.

El éxito, como tantas otras cosas, suele ser un truco visual. ¿Están siguiendo la bolita? La imagen es tan importante como la trayectoria. Un asesor de imagen no deja de ser un prestidigitador que contratamos para que lance palomas y pañuelos anudados cada vez que mostramos una imperfección. Los montajes de vídeo convierten a cualquier persona en irreal; seguro que han estado en algún festival que, visto en televisión, tenía un aspecto considerablemente más lúdico. Los montadores de vídeo se califican como manipuladores de emociones y no les falta razón. Todas las personas son ideales con la secuencia de planos correcta, igual que todo tiene un final feliz si detienes la cinta en el momento apropiado.

El éxito es el elemento crítico, es decir, el dinero es el elemento crítico de las tendencias. Los mecanismos de la envidia, que son los que hacen vender las revistas del corazón y las modernetas con los últimos muebles y aparatos de música. Y que son capaces de generar incongruencias como un presidente del gobierno poniendo de moda la práctica del pádel.

Lo interesante viene cuando haces saber que todo lo guay orbita, por su naturaleza, alrededor del dinero porque -aquí viene lo cómico- seguir el dinero no mola. "Ah no, yo seguir los criterios del dinero no. No soy de esos que llevan polos de cocodrilo y pantalones de corte. A mí no me veras jugando al pádel". Los mecanismos de las tendencias se ocultan a sí mismos en una cortina de humo propia. Espejos delante de espejos.

La bolita estaba a la derecha. ¿Otra partida?