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Perdidos en el pasado

 

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Entre los avances más espectaculares que anuncia la nueva era bio-tecnológica, hay uno que a mí me parece el más grande de todos: la  posibilidad de alargar el promedio de vida. Ningún otro logro me parece mayor recompensa a los esfuerzos realizados por nuestra especie.

Sin embargo, por raro que parezca, hasta para esto hay detractores. No hace mucho, leí en una publicación científica las declaraciones de un eminente doctor –cuyo nombre omitiré para evitar el escarnio innecesario– que venía a concluir que "una vida sin muerte carece de sentido y las ambiciones naturales del ser humano se satisfacen en una biografía que ronde los 80 años." Con todos los respetos, no puedo estar de acuerdo con el ilustre diplomado: si algo hay que carece de sentido para el humano es tenerse que morir; si hasta el día de hoy el ser humano se muere es porque no ha encontrado la manera de evitarlo, y no porque estirar la pata le parezca lo más sensato. Por otro parte, lamento en lo más hondo que a uno la vida se le presente lo bastante anodina como para tener suficiente con 80 años, por no mencionar que sobre las "ambiciones naturales" habría mucho que discutir. Si tuviéramos que ceñirnos a tales afirmaciones ¿qué sentido tendría entonces la medicina? Que sepamos, desde los tiempos de las cavernas han habido personajes dedicados a "curar", a evitar la muerte en la medida de sus posibles, hasta el punto de que hoy en día se mantiene con vida al que agoniza en su lecho de muerte aún contra su voluntad. No me digan ustedes que con el empeño que ha puesto el humano durante miles de años en mantenerse con vida no se merece, si no la inmortalidad, al menos cinco o seis siglos para no tenerse que morir con la sensación de que en esto de la vida le han estafado a uno.

No podrán convencerme. Por lo que a mí respecta, espero que se den prisa en encontrar algo que nos permita vivir tanto como queramos y que cada uno elija cuánta vida es capaz de soportar. Y, por supuesto, el que se quiera morir que se muera.