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Asambleas y otras niñerías

 

Pórtico Luna

El mundo "alternativo" (odio esa palabra, está tan podrida como el sistema del que voy a hablar) sufre de una enfermedad infecciosa tan antiestética como el sarampión o la varicela y tan mortal como el S.I.D.A.

La asamblea.

Si ha acabado de tirarse de las rastas y de morder sus sandalias, entonces imagino que está en disposición de aguantar que le vomite un poco más sobre su pegatina digitalizada del Che. Si a la primera ha comprendido mi disgusto ante semejante sistema organizativo, entonces puede que también esté en disposición de unirse a mi vómito.

La asamblea, para quienes no estén en familiaridad con el asunto, es simplemente una reunión de personas unidas por un interés común. Lo que supuestamente la diferencia de otras reuniones, akelarres o tertulias, es que en ella todo el mundo puede opinar y se decide en grupo cada una de las decisiones a tomar.

Más de un adolescente, harto, harta, de que le digan qué tiene que hacer y cómo tiene que comportarse, estará ahora chillando de alegría.

Dirígete a una asamblea, alma de Dios, veremos cómo maduras de un guantazo en los morros. Te lo dará, sin duda, un viejo comunista o una progre desmelenada, que muy asambleariamente impone su criterio a base de chantaje generacional. O bien, uno de esos universitarios con camiseta a rayas, que tan asambleariamente, impone su criterio a base de dogmas políticos y eslóganes que ha aprendido de memoria, mientras se prepara para el día de mañana, haciendo vacaciones revolucionarias durante la época de exámenes.

Esta manía nuestra, tan humana, de otorgarle a las palabras una sarta de disfraces que nada tienen que ver con su originario significado, acaba pudriendo las ideas y lo que es peor, los cerebros.

La asamblea es una reunión de gentes que creen a pies juntillas, como una coral de catequesis, que lo alternativo es a su vez vegetariano e ignorante, cutre y retrógrado.

Pongamos un ejemplo: el temor a hablar del dinero.

Solamente una persona bien cuidada por sus progenitores y absolutamente respaldada económicamente, es capaz de sentir asco al hablar de dinero. Lo desprecian porque no lo necesitan.

Otro ejemplo: el autoengaño sobre la jerarquía.

Todas y cada una de las asambleas que he tenido la desgracia de visitar, tienen una jerarquía clara para mentes observadoras. Solamente una persona idiotizada por los panfletos, está tan ciega como para creer que su opinión efectivamente vale lo mismo que la del resto, incapaz de distinguir qué persona, con mejor o peor intención, está manipulando su empobrecida voluntad.

Todo esto me importaría un rábano si pudiera evitar encontrarme con estos rebaños. El problema es que, cuando se tiene el absurdo ideal de que el ser humano puede mejorar, no hay más remedio que ponerse a inventar alternativas, o a apoyarlas si se carece de potencial creativo. Y es ahí cuando hay que empezar a lidiar con sistemas organizativos, pues trabajar en grupo difícilmente es posible sin una organización.

La asamblea sería una buena idea si los seres humanos fuéramos conscientes y autosuficientes. Esto no es así ni remotamente, por muy penoso que resulte. La prueba está en que "asamblea" es ahora únicamente una palabra de moda y se usa para esconderse tras ella, para disimular un miedo atroz a apostar por el futuro, para amagar una falta de valentía demasiado grave que impide, para alegría de quienes siempre han gozado de poder, y para tristeza de quienes son capaces de distinguir los proyectos de la identidad, el crecimiento de verdaderas alternativas a lo ya instaurado.

En resumen, la Asamblea es la herramienta que utiliza la involución para tener maniatadas y en silencio, a las personas con ideas propias.

El consejito de belleza de hoy: reúnase como le parezca, pero nunca deje que un grupo de niñatos y niñatas que comen lechuga y que todavía no han aprendido a petarse los granos solitos, le desanime en su lucha individual por el progreso, la libertad, la justicia, la igualdad y la creación. Eso resultaría fatal para el cuidado del mundo.