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Perdidos en el espacio

 

Pórtico Luna

Hola. Para empezar, ahí va una de esas afirmaciones que hacen estallar marcapasos: "2001, una odisea del espacio", es la película más importante de la historia del cine fantástico. Yo no sé si será la mejor o la peor, pero no me cabe la menor duda de que es la más importante. Todo lo demás que ha creado el cine dentro del marco de la ciencia ficción, antes y después, te remite directamente hasta 2001. Es como intentar comparar un buen solomillo con la guarnición de lechuga que te sirven al lado. Y no recuerdo ningún otro género fílmico (western, policiaco, melodrama, comedia...) donde esta afirmación pueda hacerse más rotunda y donde, desgraciadamente, siga existiendo tanta distancia entre el original y sus múltiples copias.

Más allá de que 2001 guste o no, que ese ya es otro tema, parece justo reconocer que con ella Kubrick consiguió no ya dignificar el género, si no más bien "normalizarlo", hacer que la gente dejara de saltarse "las de ciencia-ficción" cuando miraban la cartelera. Es más, Kubrick demostró que ciertos temas, de gran calado filosófico, podían ser estupendamente encauzados a través de un género con tantas posibilidades de abstracción como la ciencia ficción (algo que la literatura ya había descubierto hacía tiempo, como se puede comprobar recurriendo a cualquier novela de Dick, Heinlein, Clarke y compañía).

¿Y toda esta pedantería a que viene? Pues viene a que, de un tiempo a esta parte, la corriente de opinión mayoritaria viene diciendo que George Lucas es el "pope" de la ciencia ficción moderna, y que sin su concurso el género habría palmado hace décadas, de la misma forma que ha pasado con otros géneros ilustres, como el western o el musical. Y se quedan tan panchos. Pues no, queridos. De ninguna manera. Por supuesto que a todos nos gusta Star Wars, y que toda una generación de cinéfilos nos hemos pasado las tres últimas décadas masturbándonos mientras fantaseábamos que nos dábamos el pico con Carrie Fisher, y que nuestro padre era Darth Vader, pero ya está bien de cachondeo. Star Wars no sólo no salvó al género de ciencia-ficción, como se ha afirmado tan alegremente, si no que a la larga le ha hecho más daño que servicio.

Tal vez sería más correcto decir que Star Wars convirtió a la ciencia-ficción en un género muy rentable, pero a costa de hacer retroceder su evolución 20 años, y volverle a encasquetar los mismos patrones de siempre, precisamente los mismos que Kubrick había rechazado: buenos y malos de cartón, banalización de contenidos y argumentos de serie B (una serie "B" de gran presupuesto, eso sí), dirigidos exclusivamente a los espectadores en edad de reventarse granos. A Lucas lo que le gustaba, con lo que se había formado como cineasta, era con los seriales y los comics de Flash Gordon y Buck Rogers, y con el cine épico de John Ford y Kurosawa, más que con la cultura de la psicodelia y la especulación metafísica que estaban tan presentes en 2001 (a pesar de que él mismo, en su primera película, THX 1138, intentó emular sin demasiada fortuna el espíritu del film de Kubrick, quizás fascinado por su factura formal pero sin haberlo entendido un pimiento). Y eso está pero que muy bien. Sin embargo, lo que ya no está tan bien es toda la avalancha que se nos ha venido encima después.

De algún modo, sin proponérselo y sin firmar ningún papel, Lucas y Spielberg (acompañados de un fiel grupo de clónicos como Joe Dante o Robert Zemeckis), consiguieron la hegemonía del género, una especie de derechos en exclusiva para rodar cine fantástico de gran presupuesto. Recuerdo de esa época, que un amigo mío y yo separábamos las películas de cine fantástico en dos bloques: las de "la factoría" y "las otras". Las de "la factoría", por supuesto, eran Regreso al Futuro, E.T., Poltergeist y compañía. Se estrenaban una media de dos películas de este estilo al año, y parecían todas dirigidas por la misma persona (de hecho, detrás de cada una de ellas siempre andaban Lucas o Spielberg, ya fuera dirigiendo o en labores de producción). Además, flotaba en el ambiente la impresión general de que todo lo que se hiciera fuera de la sombra protectora de "la factoría", no era auténtico ni relevante, parecía algo marginal. Era como si todo el género fantástico les perteneciera (una perspectiva que desgraciadamente Lucas aún conserva, como ha demostrado en unas recientes declaraciones, en las que dijo que Peter Jackson no tenía la talla suficiente para rodar El Señor de los Anillos, simplemente porque el director neozelandés había rechazado contratar a la Industrial Light and Magic de Lucas para realizar los efectos especiales).

De hecho, muchas de las mejores películas fantásticas de los ochenta, las que mostraron más riesgo o un tratamiento más complejo, y que no tenían nada que ver con los postulados de "la factoría", recibieron críticas controvertidas (como Blade Runner, a la que le costó horrores ganarse el marchamo de clásico), o fueron recibidas con frialdad por el público (como La Cosa, que tuvo la mala fortuna de estrenarse el mismo año que E.T.; un año en el que la gente sólo estaba para ver extraterrestres amistosos y políticamente correctos, como los propuestos por Spielberg).

Las líneas maestras de cualquier producto de "la factoría" son fácilmente reconocibles para cualquier aficionado, y algunas ya las he citado más arriba: influencias constantes de la serie B más clásica, nostalgia de la infancia (siempre hay niños de por medio, ya sea como protagonistas o como secundarios simpáticos), minimización de la violencia y el gore, exaltación de la familia como unidad inalienable (ahí están la indestructible familia de Poltergeist, o la "madre coraje" del protagonista de E.T.), y una especie de justicia poética moralista que acaba salvando los muebles al final de la historia (en Encuentros en la Tercera Fase los alienígenas se llevan de viaje al bueno de Richard Dreyfuss porque el chaval "se lo ha currao", en la saga de Indiana Jones las trampas y los efectos mágicos siempre acaban matando a los nazis, en Parque Jurásico los dinosaurios sólo parecen interesados en devorar a los personajes malvados y/o altamente idiotas...).

También llama la atención la presencia constante de referencias cruzadas entre todas las películas de la factoría: En E.T., durante la escena de Halloween, aparece un niño disfrazado de Yoda, en Indiana Jones y el Templo Maldito, toda la secuencia que abre el film tiene lugar en el "Club Obi Wan", tanto en E.T. como en Poltergeist, los niños tienen sus habitaciones repletas de muñecos, peluches y maquetas de Star Wars, en La Amenaza Fantasma, durante la reunión del Senado, podemos ver a un grupo de E.T.s en uno de los palcos... No cabe duda de que la mayoría de los filmes de "la factoría" se han convertido en iconos de la cultura pop, pero uno acaba por preguntarse si esto ha sido casual, o si papá Lucas y tiíto Spielberg nos han estado endosando el jarabe a cucharadas.

Y quiero hacer constar que yo me he divertido horrores con esas películas; con En Busca del Arca Perdida, Regreso al Futuro, Gremlins (una de mis favoritas), Poltergeist, Willow, Parque Jurásico... pero me he divertido igual o más con Alien, Blade Runner, Brazil, Doce Monos, Gattaca y todos los demás intentos de mirar más allá dentro del género, que han ido llegando con cuentagotas, y tras infinidad de problemas para abrirse paso en una coyuntura en la que las grandes productoras sólo parecen interesadas en encontrar "el nuevo Star Wars". Además, no hay que olvidar que merced a su dominio del mercado, que le permite la arrogancia de rodar lo que le da la gana, "la factoría" también nos ha legado espantos como "Cocoon", "Nuestros Maravillosos Aliados", "Los Goonies" (dios mío, aquel niño asiático que salía en todas era insoportable), "Always" o "Hook".

Sin embargo, Lucas y su factoría no son los únicos que merecen colgar de una horca por estos crímenes contra el buen gusto. Los fans, los fans tenemos muchísima culpa de lo que pasa. Durante los últimos 20 años, hemos ido rebajando paulatinamente el listón de exigencia hasta el punto de que, actualmente, pasamos por taquilla sin los menores complejos para clavarnos cualquier petardo que lleve el sello de "cine fantástico". Y muy infumable tiene que ser para que no salgamos contentos. Al cine fantástico actual ya sólo le exigimos lo mismo que al pornográfico: tomate. Queremos que haya tomate. Explosiones, tiros y persecuciones a mansalva. Lo demás es secundario. En el cine reciente, tenemos ejemplos a patadas de películas que apuntan buenas maneras, pero que a la media hora de metraje entran en barrena porque alguien inicia un tiroteo, y de repente parece que hayan despedido al guionista y lo hayan sustituido por un instructor de marines: Terminator 2, Matrix, El Sexto Día, Misión a Marte, Pitch Black, Species, Titán A.E. (cito de memoria y sin apenas esforzarme; la lista es larguísima)...

La buena salud de un género puede medirse por su capacidad para generar continuamente nuevos puntos de referencia. Algo que el cine fantástico, desde hace ya demasiado tiempo, solo consigue en lo que respecta a los departamentos de efectos especiales (y, para mayor sorna, resulta que las mejores películas fantásticas de los últimos años apenas tienen efectos especiales, como El Proyecto de la Bruja de Blair, Gattaca, Doce Monos o _). Me parece un síntoma preocupante que se reestrene en España el director's cut de El Exorcista y siga dejando en mantillas al 99% del cine de terror de la última década. O que la ciencia ficción, en pleno siglo XXI, siga mirando acomplejada hacia 2001, una película que se estrenó hace más de 30 años (y desde luego, mientras el supuesto relevo esté en manos de personajillos como Schwarzenegger o Jar Jar Binx, andamos apañaos).