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Guerra de asfalto

 

Pórtico Luna

Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. O eso dicen. O sea, que aquí los monos desnudos (como llama Harris a los seres humanos) poca cosa podemos hacer para esconder la evidencia de nuestra animalidad.

Bien podemos cubrirnos con sofisticadas vestimentas, rodearnos de las más modernas formas de la tecnología, levantar monumentos a la civilización y publicar sesudos tratados sobre nuestra supremacía en la Tierra, que de poco nos va a servir si tras de toda esa espectacular apariencia, permanecen los más elementales impulsos que compartimos con leones, serpientes, comadrejas y otros animalitos.

En la ruda, cruda y cruel selva de asfalto, donde los escaparates reflejan metafóricamente los más ridículos taparrabos con los que cubrir nuestras vergüenzas, el animal que somos alcanza su máxima plenitud bajo un disfraz tribal inventado para camuflarse entre alquitrán y ladrillo.

Los dientes afilados esperan al doblar la esquina. Cualquier día nos roban las ideas, nos deshacen lo andado, nos saltan a la yugular con tal de sobrevivir. Cualquier día se mean en nuestros zapatos.

La manada humana se agolpa en edificios de varias plantas y compite por su espacio en tumultuosa hora punta. El animalito se da codazos, se gruñe, aprovecha el menor descuido para lanzar su hueso al espacio...y la ley de la gravedad se encarga de que el hueso caiga sobre la cabeza del rival.

Ya me dirán ustedes qué consejito de belleza sirve para tal comportamiento. Ninguno de los monitos se salva, oiga. Ni usted ni yo...porque somos también ese animal que lucha con sangre en la boca.

Eso sí, hay maneras de parar los golpes...cuquísimas modalidades de chalecos salvavidas. Y formas de devolverlos...guantes de boxeo cuidadosamente diseñados por la desesperación. Pero soy del parecer que ambos complementos no son si no, nuevamente, otras formas de un taparrabos que , lejos de cumplir su función de traje de guerrilla, no hacen si no mostrar los puntos flacos que, créanme, un día, otro animal encontrará y devorará con sumo placer.

¿Qué podemos hacer con ese canibalismo carnavalero que nos anima desde lo más hondo a odiar, competir y machacar?...eso mismo me pregunto yo.

 Sin embargo, encuentro un truquito embellecedor para acabar esta columna, que si bien no eliminará en absoluto ese instinto agresivo que nos turba, tal vez pueda sanar algunas de nuestras heridas de guerra.

Así, el consejito de belleza de hoy: Mírese al espejo, que nunca está de más, e intente decidir con qué parte de su animal se queda. No dejará de serlo, y seguirán creciéndole, letales, los colmillos, pero al menos será su mordedura, honesta.