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Peligros televisivos

 

Pórtico Luna

Mirar la tele, y no vomitar, es un acto heroico reservado sólo para espíritus elevados que logran desconectar el ordenador cerebral para disponerse a oír y ver un montón de disparates, sandeces y otras pornografías. El otro día quise adherirme a ese batallón de esforzados que se apoltronan en el sillón de su casa y apantallan sus ojos sobre la caja tonta. La primera imagen que visualicé fue la de un visionario que decía hablar con las gallinas, y que éstas le ponían en contacto con el más allá. Cambié de canal, pues a mí me interesa el más acá que es donde se cuecen las habas, y donde los fantasmas hacen pupa de verdad. No gané con el cambio ya que un putón verbenero, medio en bolas, decía que le había hecho una felattio, vamos una mamada en rancio castellano, al mayordomo de la duquesa Declitoris, y que éste, entre estertor y jadeo, le había confesado ser hijo ilegítimo de un guardia civil que en sus ratos de ocio se lo montaba con el párroco del pueblo, mientras dudaba entre el celibato o el enculamiento. Joder como anda la historia, me dije para mis adentros. Cuando la moderadora del programa, con alto contenido sociológico, o por lo menos eso era lo que decía a cada rato, se disponía a dar la palabra a un tipo rarísimo que llevaba una escupidera como sombrero y que decía ser el espíritu de la lluvia, me decidí, de nuevo, a cambiar de ámbito de reflexión. El destino o el mando a distancia me condujeron a una entrevista-masaje. El presentador parecía conocer al invitado de toda la vida y lo tuteaba como si fuera un colega de la niñez rememorando cuando jugaban a las chapas. Le preguntaba por su infancia y si sus papás lo habían querido mucho, que si de pequeño lo llamaban Pichirri o Pocholito. De puntillas pasó el aguerrido entrevistador sobre el desfalco que el hijo de su madre había perpetrado en Hacienda o por su pasado de torturador. Tuve envidia, debo confesarlo, tal como tengo las cervicales un masaje televisivo de esas característica me hubiese dejado más flácido que un pene post-coitum.

El mando a distancia se convirtió en mis manos en un artilugio diabólico. Las escenas se sucedían a un ritmo vertiginoso. Miré por si el cigarrillo, que descansaba en el cenicero, tenía alguna sustancia psicotrópica que me hubiese afectado profundamente. Caí en una leve modorra de la cual desperté gracias al estallido de una bomba cerca del sofá. El teniente Jhon Cohones salvaba a los prisioneros americanos de los diablos amarillos, mientras con una máquina de coser rudimentaria se curaba una herida que tenía un feo aspecto. El mando cayó por los efectos de las nauseas que sentí en aquel momento glorioso. De la selva pasé, por arte de magia, a las serranías hispánicas donde un grupo de jóvenes —representativos de la sociedad española- practicaban el <<sálvese quién pueda>>, mientras pedaleaban sobre una bicicleta que hacía cosquillas en las partes innombrables a una cabra que balaba de gusto. Me pasaba lo que a Segismundo (un gilipollas que aparece en una obra de teatro) no sabía si estaba en un sueño o en la realidad. A lo lejos me ofrecían ser una estrella rutilante del karaoke mientras un marciano con pinta de bujarrón me bajaba los calzones hasta niveles prohibidos. Con las pocas fuerzas que me quedaban logré apagar el televisor que se tragó, como si de un sumidero se tratará, toda aquella catarata amenazadora de imágenes.

Me limpié el sudor, recogí las gafas del suelo, me palpé la entrepierna por si el marciano había llegado hasta el final, no encontré rastro del delito. Exhalé un suspiro profundo tras salir ileso de semejante aventura, y prometí por Snoopy que jamás volvería a encender aquel aparato diabólico.