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La opacidad de los gafapastas

 

Pórtico Luna

El concurso "¡Adelante, indigentes!" del que les hablaba la semana pasada lo vi en la exposición "Mundo TV" que organizó el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. La exposición, como se pueden imaginar, se quedaba bastante corta; para hacerse una idea imaginen una muestra titulada "mundo pintura" o "mundo escultura". Esperemos que con el tiempo se produzcan exposiciones centradas en el humor en televisión, las series de ficción, las programaciones infantiles o las grandes mentiras de los telediarios emitidos, que lo íbamos a pasar un rato bien.

Uno de los grandes aciertos de Mundo TV fue que, tras las salas con los habituales montajes de "mejores momentos" y "grandes sintonías", había una

zona final en la que se emitían integramente los cien programas que habían sido votados por críticos de todo el mundo como los mejores de la historia. Se emitían cinco cada día en monitores diferentes, y la programación, de cara a ofrecer los cien elegidos, cambiaba diariamente. Calculando a ojo, visité la exposición unas cuarenta veces.

En el último mes de exposición, la organización decidió proyectar los diez programas más votados en pantalla grande acompañándolos de una charla debate. Estaba interesado en particular por el concurso para los sin techo que nos ocupa, con objeto de saber la impresión que había causado sobre una muestra representativa del resto de asistentes. Tristemente, los asistentes a la sala, lejos de ser el espectador medio de televisión, entraban casi de pleno en la categoría de los gafapastas, una especie cuyo hábitat natural se encuentra en las salas de arte moderno y que no cejan en el empeño de traducirnos lo que el artista ha querido expresar con cada una de sus obras a pesar de que en apariencia solo sean lienzos monocromos o un centenar de coladores de café apilados en una esquina. Es habitual que el gafapasta le explique al propio artista lo que en realidad ha querido expresar, en ocasiones para enorme diversión del respetable.

Los gafapastas, que pueden acudir sin compañía a las galerías y museos, se aparean a base de interpretar en voz alta las obras del artista, un reclamo sonoro que el resto de especies identificamos como repugnante pero que los de su propia especie contestan sin dilación. Los gafapastas, que reciben su nombre por la habitual gruesa moldura de sus gafas -en ocasiones con lentes sin graduación-, pueden tener aspectos muy diferentes: desde el sobrio siniestrismo al hippismo recalcitrante pasando por neutras modas unisex o por revivalismos de los progres de los setenta, y ni siquiera es necesario que lleven gafas. No siempre es fácil identificar a un gafapasta por su aspecto, pero sus libres exclamaciones en busca de pareja o sus respuestas a las mismas los separan del resto de la asistencia.

Así pues, ante un público granado de gafapastas, se proyectó "¡Adelante, indigentes!". Cuando terminó la proyección, en una sala repleta de grandes videntes inasequibles al desaliento por incomprensible que sea la obra y capaz de ver ventajas incluso debajo de las piedras,... el público estaba indignado. Toma castaña. Los oráculos amateur del arte contemporáneo no sólo habían caído en la brillante maraña tejida por los responsables del programa sino que además eran incapaces de comprender qué había pasado. Sólo sabían que estaban indignadísimos, que no había derecho a humillar en público a los pobres, dejando entrever que lo único legítimo era destrozarlos legal y sistemáticamente, eso sí, fuera de plano.

Cuando, tras insistirles mucho, se les convenció de que era para fines didácticos, el espectáculo alcanzó cualidades surrealistas. Por un lado estaban los muy pagados de si mismos, muy sensibles a la poesía y a los trazos violentos sobre lienzo, que seguían viéndolo como un insulto personal. Y luego estaban los que, aceptando el éxito educativo y de impacto del programa, hacían notoria su opinión de que por ahí no se iba a ninguna parte. "Caracoles, que visión tienen", pensé, "sólo se ha dado un paso, confiesan que con ellos ha funcionado y ya tardan en juzgarlo como inviable". No había más bandos entre los amigos de coger el micrófono y compartir sus impresiones. Los que lo quemarían y los que pensaban que se quemaba por si solo.

El segundo bando -un paso evolutivo sobre el primero, que algo es algo-incidía en que este tipo de iniciativas acabarían por insensibilizar al público: ponían sobre la mesa un programa semanal donde noche tras noche mendigos concursarían por una casa y obtendrían como premio sistemáticamente un juego de mobiliario para el jardín. En otras palabras, no se enteraban de nada.

La segunda entrega del programa no serían tres mendigos a los que vamos zancadilleando mientras luchan por una casa. La segunda entrega sería otro ámbito de protesta -he aquí el punto importante, la protesta, y hay miles de temas- en el que las causas, los procesos y los efectos se expresarían de la misma manera. La segunda entrega nos mostraría tres gitanos luchando por un puesto de directivo en un banco. La tercera tres marroquíes luchando por documentación formalizada. La cuarta tres chicas que desean un aborto cuyo coste no pueden permitirse. Y seguiría indefinidamente. Mostrando cómo se zancadillea sin compasión. Exponiendo los datos y las acciones sin necesidad del tedioso formato documental.

¿No son ustedes felices y quieren espectáculo? Pues tomen espectáculo. E indígnense de poder verlo.