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Santa Bárbara y la perspectiva

 

Pórtico Luna

Decíamos en los orígenes de esta columna que es una conducta sana la de empezar a dar patadas a las cosas para ver si realmente se sostienen o son en realidad un decorado de cartón piedra. De hecho, se supone que la facultad de filosofía es un lugar en el que, lejos de tomar las hipótesis de los pensadores como axiomas, lo que se enseña es a recorrer el camino del pensamiento por la propia cuenta de cada uno; forma que, al parecer, no es la más apropiada para obtener una nota óptima en las asignaturas ("he estado pensando un buen rato y...").
De hecho, incluso las disciplinas más sólidas tienen una base que, de resultar frágil, obligaría a derrumbar toda la estructura. Incluso las matemáticas, que pasan por ser la disciplina más coherente y robusta desarrollada por el ser humano, tiene una serie de axiomas raiz de los que arranca todo el andamiaje y que dan pie a que uno más uno sean dos. Para ver si las matemáticas son o no de fiar, antes de invertir tiempo y esfuerzos en el acoso y derribo del teorema de Cauchy o de los polinomios de Legendre, debemos atacar a fondo esos axiomas raíz, sin miedo a descubrir que todo es mentira. De hecho cada vez que se ha descubierto una mentira la ciencia ha adelantado una barbaridad. El paso de las leyes de Maxwell -un brillante zapatazo al concepto que se tenía del electromagnetismo hasta ese momento- a la teoría de la relatividad así lo demuestra.
¿Cuáles son las bases de la sociedad? ¿Cuáles son los axiomas de la civilización? ¿Son lo suficientemente seguros como para aguantar unos cuantos envites? Una de las reflexiones más entretenidas que sobre este tema se han dado a finales del siglo veinte ha sido la película El Club de la Lucha, que en lugar de ser una disertación lenta y tediosa identificando los orígenes y desarrollos desde el medievo, es un largometraje brillantemente ejecutado con explosiones, persecuciones —incluso de uno mismo—, sexo, jabón y muebles del Ikea. Una cinta hiperactiva pero no alocada, en la que un personaje con la cara de Edward Norton se aparta de lo que la sociedad ha preparado para él hasta acabar alejándose de ella; y es gracias a este distanciamiento que podemos ver cosas que, de puro corriente, las damos por hechas. Igual que nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena y de la salud cuando nos falta, podemos ver la civilización cuando salimos de esa velocidad insoportable en la que nos mete y la observamos con cierta perspectiva.
En El Club de la Lucha se propone un grupo de personas que se reúnen a espaldas de la sociedad para olvidar las normas impuestas de forma tácita por la sociedad y liberar los instintos más básicos, en particular el de dar rienda suelta a la rabia a base de puñetazos con, eso si, la norma de parar en cuanto uno de ellos lo desee o se lesione. De hecho la persona que seguimos como protagonista es el icono de la sociedad actual: horario de 9 a 5, en un cubículo, rodeado de personas de conversación superficial, que tiene el dinero como escala para todas las cosas y que compra sus muebles en los grandes almacenes del diseño. El guionista nos lo presenta con tremenda brillantez, en particular cuando el personaje se pregunta por qué diablos sabe el nombre correcto de ciertos elementos de decoración.
La tesis de la película, un metraje con una cantidad considerable de matices en todos los aspectos, aparece condensada cuando Tyler Durden/Brad Pitt, coprotagonista -y nunca mejor dicho- de la cinta, les da deberes a los miembros del club de la lucha: "vais a salir y a empezar una pelea con una persona a la que no conozcais de nada. Vais a empezar la pelea..." —y aquí pone el énfasis de lo crucial— "...y vais a perder."
Y añade lo más interesante: "No es tan fácil como parece; la gente hará cualquier cosa con tal de evitar una pelea."
¿Es ese el axioma de la civilización?
Continúa...

Raúl Minchinela <abz@posta.unizar.es>