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abril 2002

 

Pórtico Luna

Querido diario:

Soy Francisco van der Linden. Tú no. Sólo faltaría que fueras como yo. Evidentemente, yo tengo más atractivo sexual que tú y eso me reconforta. Lo que no me reconforta es lo de llamarte querido diario. Creo que a partir de ahora te voy a llamar querido van der Linden, como si fueras uno más en la familia. Van der Linden, para que los sepas, es un apellido holandés. Sí, sí, el país de los tulipanes, los molinos y el consumo permitido de la mayoría de drogas. Es un país feliz y equilibrado, pero mi padres decidieron venir a España. Supongo que por el clima. O por los molinos de viento. Tengo que reconocer que papá tenía una rara obsesión por los molinos, y como en Castilla - La Mancha había muchos, pues para él era un símbolo de hermandad cultural. El que era español era holandés, y el que era holandés podía ser perfectamente español. Un razonamiento típico de mi padre. Aunque mi madre siempre pensó que lo de los molinos era una coartada.

Mi padre, como yo, se dedicaba a la contabilidad. No es un trabajo que me apasione, pero no está mal si te gusta (como lo de ir asesinado gente por ahí y convertirse en un asesino en serie). Como es un trabajo mecánico y gris, no tienes con él una implicación emocional. Siempre me he preguntado qué se debe sentir en un trabajo en el que tienes que implicar tus emociones (como ser actor, creativo, director de cine o escritor, por ejemplo). Seguro que tendría úlcera de estómago. Y es que yo todo ese mundo del vivir de tu interior, y que los demás lo sepan, lo considero pornografía emocional. No se me interprete mal. De la misma manera que en mi familia somos una saga de grandes contables, también somos una saga de grandes pornógrafos, tanto en la rama masculina como en la femenina. No tengo nada en contra de la pornografía. Al revés, la necesito y ojalá que fuera gratuita. Y es que el sexo es un bien social al alcance de todos. Cada ciudad debería tener su propio barrio rojo subvencionado por el Ministerio de Educación y Cultura. Mis amigos saben que hablo muy en serio. Pero ¿la vida interior es también un bien social? No me gusta que los demás me enseñen su vida interior, prefiero su desnudez externa. Lo de ser capaz de expresar tu vida interior me parece una quimera, un gran ejercicio de frivolidad en el sentido negativo. En fin, que prefiero los pantalones cortos. Por lo menos, me recuerdan el Trópico.